Alejandro Nava Tovar: filosofía del derecho y humanismo penal

Platicamos con Alejandro Nava Tovar sobre la importancia del estudio de la filosofía del derecho en el siglo XXI y sobre su trabajo sobre populismo punitivo.


¿Cómo llegó usted a la filosofía del derecho?

Alejandro Nava – Yo estudié derecho en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Unidad Azcapotzalco, hace ya muchos años. Cuando cursé la licenciatura, al mismo tiempo en otros lugares tomaba clases, como oyente, de sociología y de filosofía. Y siempre tuve la inquietud de estudiar algo que me ayudara a entender el derecho en sus expresiones más profundas. Sentí que la carrera de derecho me había dejado a deber algo. En ese sentido, empecé a acercarme a la obra de algunos filósofos latinoamericanos y europeos y me di cuenta de que había reflexiones que de cierta manera me atraían más que las reflexiones jurídicas. Y fue así como decidí estudiar una maestría en filosofía política y luego hacer mi doctorado en filosofía política. Terminé siendo un jurista extraviado en las aulas de filosofía. O más bien ahora soy un filósofo extraviado en el derecho.

Usted fue alumno de Enrique Dussel. ¿Cómo fue esa experiencia? 

Alejandro Nava – Muy interesante en varios sentidos. Cuando yo estudiaba derecho escuché sobre la obra de Enrique Dussel y una de las razones que me llevaron a estudiar filosofía en la uam Iztapalapa fue que entre sus docentes estaba él. Tuve el impulso por estudiar filosofía latinoamericana, por saber qué decían los teóricos latinoamericanos; en ese sentido me dio mucho gusto conocer al profesor Dussel. Tomé sus dos cursos. Yo creo que todos los compañeros de esa época estamos muy emocionados por haberlo conocido, independientemente de que coincidiéramos o no con sus postulados. Había debates muy ricos. Algo me dejó él: cuando empecé a escribir mis últimos libros, siempre pienso no sólo el derecho sino también la filosofía política desde América Latina. En ese sentido, puedo decir que soy un deudor espiritual de Enrique Dussel: intento pensar con los teóricos europeos los problemas latinoamericanos, pero también procuro tener un pensamiento original.

En este navegar entre derecho y filosofía política, ¿por qué estudiar filosofía en el siglo xxi?

Alejandro Nava – Esta pregunta nos lleva a las entrañas de la filosofía. Hay muchas formas de entender la filosofía, pues existen muchas corrientes de pensamiento y muchos autores. Independientemente de eso, si algo tiene la filosofía es la reflexividad. En el siglo XXI, las reflexiones que llevamos a cabo sobre nuestra existencia —porque no todo se reduce a la filosofía política o al derecho—, sobre cómo comprendemos a los demás, sobre nuestra realidad, tiene que estar mediada por un conocimiento profundo, sin caer en la arrogancia del gran filósofo. Estamos en un mundo en el que, hoy más que nunca, surgen ciertas interrogantes. Estamos, por decirlo así, en un mundo en el que nunca antes habíamos tenido más acceso al conocimiento y a tantos dogmatismos e identitarismos políticos, en el que nunca antes habíamos tenido este océano de información y nunca antes habíamos estado encerrados en nuestras propias cajas de resonancia.

Nos falta reflexividad. En ese sentido, estudiar filosofía en el siglo xxi es un compromiso con ir más allá de lo que dicta la zona de confort o la corrección política. La filosofía tiene que incomodar al mundo y a nosotros mismos; tiene que ser una reflexión que nos haga pensar nuestra propia existencia y la de los demás. Hoy más que nunca es necesario volver al núcleo duro de la reflexión filosófica para pensar en transformar el mundo.

¿Cómo se vinculan el derecho y la filosofía?

Alejandro Nava – Se vinculan de muchas maneras. Cuando estudié filosofía me di cuenta de que la filosofía política tiene ciertas características estructurales que me permitieron pensar el derecho de distintas maneras. Es decir, en derecho a veces nos adscribimos a ciertas escuelas de derecho, pero la filosofía es mucho más amplia. La filosofía debate mucho más entre ciertas corrientes: la atracción analítica, la atracción continental. Y yo, cuando llego a la filosofía, a la filosofía pura, me doy cuenta cómo muchos de estos debates que tenemos en derecho, frente a estos debates que hay, por ejemplo, en filosofía política, filosofía moral, filosofía social, son debates que se ven desde una perspectiva más rica, más amplia. Y cuando llevo a cabo mis reflexiones jurídicas digo: me hace falta leer esto, me hace falta pensar lo otro, e intento vincular el derecho con la filosofía. Es decir, a veces creo que soy un filósofo extraviado en las aulas del derecho, pero creo que la filosofía me ha servido para pensar los fundamentos del derecho de una manera diferente de como la ven ciertos colegas que se casan con una sola escuela o con una forma de pensamiento, y a veces persisten en ciertos argumentos un poco cerrados. A mí siempre me ha gustado ver, por ejemplo, la tradición de la filosofía analítica, la teoría crítica, la tradición europea, pero también el pensamiento latinoamericano. A mí me gusta pensar la filosofía no desde un mapa geográfico; me gusta verla universalmente.

¿Se puede distinguir a la filosofía en general de la filosofía del derecho? 

Alejandro Nava – Sí, por supuesto. La filosofía del derecho está conectada con áreas centrales de la filosofía, la epistemología, la ética, la ontología. Pero la filosofía es mucho más amplia; los filósofos del derecho a veces se quedan solamente en normas, decisiones judiciales, en enderezar una crítica al derecho —muchas veces cargada de ciertos sesgos—. Yo lo veo en los debates en filosofía, cuando se enfrentan kantianos contra hegelianos, marxistas contra todos. Hay una amplitud de ideas donde se reconoce la importancia del pensamiento; por ejemplo, no podríamos pensar muchas críticas de Marx sin la crítica a la economía política de Hegel; ni podríamos pensar a Hegel sin Fichte o Kant. A veces, en el derecho las reflexiones son superestrictas, cortadas, limitadas a un autor e inmoralizan a los demás.

La filosofía permite ver las cosas desde una perspectiva más amplia y, sobre todo, con una perspectiva menos personal y más combativa en cuanto a las ideas. 

¿Usted se adscribe a alguna corriente filosófica?

Alejandro Nava – Esa es una pregunta que me lleva a pensar en toda mi trayectoria. Yo me adscribo al pensamiento crítico. La teoría crítica y el idealismo alemán han influido mucho en mí. Por un lado, el surgimiento de la intersubjetividad, de la libertad moderna, me llevó a estudiar a filósofos clásicos como Fichte o Kant; al mismo tiempo, el problema de la libertad social me llevó a estudiar a Hegel. El gran problema de cómo la libertad social se vuelve patológica en el mundo moderno me llevó al estudio del idealismo alemán; las críticas a la insuficiencia de Hegel me llevaron a estudiar a Marx —la respuesta marxista al diagnóstico que hizo Hegel—, y de ahí a la teoría crítica y a la Escuela de Frankfurt.

En ese sentido, cuando estudié con Robert Alexy encontré muchas cosas similares en cuanto al proyecto alexiano, que bebe de la tradición analítica y de la escuela crítica (por ejemplo, la ética del discurso de Habermas y Apel).

En ese sentido, me siento muy identificado con todos esos autores, pensando siempre desde América Latina. 

¿Sirve este pensamiento crítico y la filosofía jurídica en general para el ejercicio del derecho?

Alejandro Nava – Definitivamente sí. Tenemos dos problemas en el derecho: a veces los teóricos estamos en el cielo de los conceptos jurídicos, como decía el gran jurista alemán Jhering; pero las personas que se encuentran en la práctica jurídica desdeñan la teoría.

En mis clases de argumentación siempre digo que la lógica, la retórica y el pensamiento crítico son necesarios. Cuando una persona juzgadora analiza una prueba tiene que recurrir a ciertos procesos cognitivos que lo llevan a la reflexión filosófica (¿cómo saber si un conjunto de inferencias es suficiente para decir que algo realmente pasó?, ¿cómo entender un dilema ético si no recurro a la filosofía?). Hay casos difíciles en los que el juez se enfrenta a un dilema muy fuerte, dilema que puede entenderse y estructurarse mejor a través de la filosofía.

Así, la filosofía nos sirve para el ejercicio profesional, para cuestiones éticas, para cuestiones epistemológicas sobre la prueba y para cuestiones sobre los fundamentos del derecho. El litigante que va a los tribunales a presentar un argumento, a defender a una persona, tiene que vincularse con ciertos procesos de reflexión que lo llevan a pensar determinados temas de una forma filosófica. 

En la filosofía tenemos que hacer más explícitas las formas implícitas en las que la filosofía se presenta en el derecho.

¿Qué opina de la inclusión de teóricos europeos en la integración de decisiones judiciales?

Alejandro Nava – Bien, siempre y cuando se haga una recepción crítica. Tenemos dos problemas. Uno, el tema de las sucursales europeas; otro, la idea de que no requerimos de los europeos. Respecto de este último hay que decir que existen cuestiones que ellos han pensado desde antes y que nos sirven para pensar mejor al derecho. Si alguien me dijera que quiere hacer pensamiento latinoamericano, y por prescinde de Marx, de Hegel, de Hobbes, habría un problema, pues nos quedaríamos sin reflexiones útiles; lo mismo ocurriría si alguien quisiera hacer feminismo haciendo a un lado a todas las mujeres europeas por “ser blancas”.

Sobre el pensamiento de esos grandes autores podemos pensar problemas latinoamericanos de una forma original. Yo, por ejemplo, leo a Alexy, a Ferrajoli, a Dworkin, pero también los pienso desde mi contexto. Se corre el riesgo siempre de caer en esas perspectivas en las cuales lo europeo no sirve. Tenemos que reconocer lo bueno que tiene el pensamiento europeo y adaptarlo a las condiciones latinoamericanas, o criticarlo, pero, primero, conociéndolo.

Si algo aprendí en filosofía que no aprendí en derecho es que para criticar a un autor primero hay que conocerlo. A veces está presente la idea de que no hay que leer a ciertos autores. Eso en filosofía está mal; ¿por qué en derecho tiene que estar bien? En derecho hay muchas descalificaciones que no tienen un trasfondo basado en el conocimiento, sino en cuestiones ideológicas o moralistas.

¿Cómo ve el panorama de la filosofía jurídica en el siglo xxi mexicano?

Alejandro Nava – Tendríamos que hacer un análisis detallado. Yo veo un Estado en cierto modo saludable, en el sentido de que hay una corriente hegemónica, una corriente analítica. También hay una corriente normativa, y asimismo hay una corriente crítica que reacciona frente a las corrientes tradicionales. Yo siempre he considerado que mantengo un diálogo con las corrientes, porque de nuevo, a mí, así como no me gusta leer filosofía con mapas geográficos, tampoco me gusta pensar al derecho desde un mapa o de un autor. A mí me gusta leer teoría crítica, teoría latinoamericana, pero también reconozco la importancia de ciertas teorías analíticas para comprender determinados conceptos. Soy un autor vinculado a un pensamiento crítico, universalista, y en ese sentido, cuando veo ciertas corrientes, identifico muchos puntos en común. Alguien puede rechazar el universalismo: que diga públicamente si está a favor de la tortura contra las personas o a favor de la discriminación contra las mujeres; ahí todos los relativistas se quedan callados: ¿quién justificaría la transfobia o la homofobia públicamente? “Es que el decolonialismo…” No, ser decolonial no justifica golpear a una mujer. Y cuando pongo esos temas sobre la mesa entonces algunas personas responden que hay ciertas cosas con las que están de acuerdo. ¿Quién va a justificar el genocidio en Gaza en la actualidad? Hay temas en los que todas las corrientes podríamos reconocer mínimos morales. ¿Quién va a decir: “Es que soy decolonial y lo que está pasando en Gaza es una visión que no me corresponde analizar”? Por el contrario, deberían tener un juicio sobre el tema y reconocer lo que está mal ahí. Es por eso que en cierto sentido debato con otras corrientes pues a mí me gusta analizar esos problemas desde diversas perspectivas.

La filosofía del derecho en México tiene cosas por mejorar. Una de ellas, vincular más las reflexiones de la filosofía del derecho con la filosofía en general, para tener mejores fundamentos y aprender un poco del quehacer filosófico, donde hay mayor apertura a las ideas y donde los estudiosos están menos casados con escuelas y hay debates más reflexivos que en derecho —donde nadie tiene la razón salvo uno mismo—. La filosofía del derecho en México tendría que acercarse a la filosofía y a la sociología en cuanto a la profundidad de las lecturas y la forma de reflexionar en la esfera pública.

Usted tradujo a Stanley Paulson sobre el trabajo de Radbruch; ha traducido a Robert Alexy y ha hecho un trabajo importante sobre Hegel. ¿Por qué volver a estos autores?

Alejandro Nava – Hay autores clásicos. ¿Qué es lo que hace a un clásico? Número uno: lo que dijeron en su tiempo fue importante y lo que dijeron en ese momento todavía tiene vigencia hoy. ¿Por qué traducir a estos autores? Pienso en Radbruch, a quien citaste. Gustav Radbruch, después de la Segunda Guerra Mundial, desarrolló una serie de ideas que criticaban al derecho extremadamente injusto. Ahora que veo los reels en Instagram sobre lo que está pasando en Israel me pregunto si acaso el pensamiento de Radbruch no está vigente; cuando un derecho es extremadamente cruel, se puede criticar si pertenece a la naturaleza del derecho. Cuando Radbruch cuestionó cómo ciertos operadores del sistema jurídico nazi obedecieron órdenes y mataron a personas, cuestiono si acaso el pensamiento de Radbruch no nos serviría para criticar la crueldad de lo que está pasando en Israel y para criticar la crueldad de las leyes antiinmigrantes de Trump. Pienso que esos autores nos dan herramientas. Claro, podríamos criticar esos sucesos con base en otras otras teorías, pero al menos desde la filosofía del derecho la crítica al derecho extremadamente injusto de Radbruch sirve para criticar eso.

¿Por qué traducir a Hegel? Hegel proporcionó un muy elocuente y sistemático diagnóstico de la modernidad. Autores como Marx y Dussel han bebido de Hegel. La crítica que hace Hegel a la sociedad civil sirve para reflexionar acerca de problemas del presente, como la desigualdad económica, la pobreza, la colonización; todos temas que Hegel ya vislumbraba y sobre los que escribió en 1820 y 1821. A 200 años, esos problemas nos siguen acosando.

¿Por qué traducir a un autor como Alexy? Es un autor que ha reflexionado sobre los derechos humanos y los ha vinculado a una filosofía moral, como la ética del discurso. Eso sirve para pensar el tema de la dignidad de las personas. Cuando Alexy dice afirma los derechos humanos se fundamentan en la naturaleza del ser humano y ese ser humano tiene un mínimo de dignidad, esa dignidad teóricamente me sirve para pensar por qué ninguna mujer tiene que sufrir violencia.

Son teorías que sirven para pensar. La filosofía del derecho se conecta con problemas institucionales y sirve para criticar las grandes injusticias que estamos viendo en estos inicios del siglo xxi.

El populismo punitivo abarca una parte importante de su trabajo. ¿Qué podemos entender por populismo punitivo?

Alejandro Nava – Cuando escribí Populismo punitivo. Crítica del discurso penal moderno (Inacipe, 2021), estaba encerrado en mi casa por la pandemia. En ese entonces descubrí cómo muchos temas penales comenzaron a tener repercusión en las redes sociales; es decir, muchos temas sociales empezaron a tener una carga penal.

Cuando pensé en el populismo punitivo ensayé una definición: un discurso político que busca obtener réditos electorales a partir del tema de las penas, como elevarlas o encerrar a más personas a la cárcel. 

Muchos teóricos estamos de acuerdo en que el populismo punitivo no resuelve nada. Y está basado en estereotipos clasistas, racistas y misóginos sobre la víctima, sobre los delincuentes —invito a que busquen en Google los nombres Kevin y Brian y entenderán a qué me refiero—. Lo que me interesaba cuando escribí esa obra era entender que el populismo punitivo —al que entiendo más allá del populismo penal; es decir, entiendo que está vinculado con el ámbito penal, pero también ahora tiene una influencia de las redes sociales, una influencia social, porque a veces decimos que el populismo punitivo es algo que hacen los legisladores; sí, pero es insuficiente— es una tendencia en el derecho que intenta resolver todos los problemas sociales mediante el derecho penal, aun cuando el derecho penal no ha resuelto ningún problema. Pero también esta nueva forma de populismo posee legitimidad social. Y lo constatamos ahora en las redes sociales. Hay una contribución importante de este libro pues señala cómo ahora las redes sociales amplifican estas exigencias de que se resuelva todo con normas penales, lo que, me parece, nos lleva a una sociedad punitiva y moralizante.

¿Qué implicaciones tiene esto para el sistema jurídico? 

Alejandro Nava – Cuando escribí ese libro algunas personas me preguntaban qué había bebido para decir lo que decía. Ahora que es 2025, me gustaría preguntarles a esas mismas personas qué vivieron ellas que no ven ahora. El tema de Fofo Márquez, por ejemplo: vemos cómo la presión social afectó tanto la proporcionalidad de la pena como el debido proceso.

Tenemos tanto coraje y tanto resentimiento ante las injusticias que ahora queremos resolver todo linchando, funando o exigiendo mayores penas para el prójimo. La sociedad se ha vuelto mucho más violenta y esto da pie a denuncias falsas y a linchamientos sin comprensión del debido proceso. Muchas personas dicen que el debido proceso es una institución occidental. ¿Qué pasó con el sociólogo Boaventura de Sousa cuando lo acusaron de acoso? Él mismo pidió que se le respetara el debido proceso. Hay una contradicción ahí. ¿Sí es importante o no el debido proceso? Funar, cancelar, exigir penas es algo placentero, sobre todo para las almas bellas de internet que buscan presentarse de ese modo a través de esas acciones. Pero el día que una de esas personas es cancelada, acusa de violenta a la sociedad. Hemos visto cómo muchos grupos y personas que tienen una tendencia progresista y han utilizado el punitivismo en las redes sociales para sus demandas, el día en que ese mismo punitivismo se les ha volteado ya no quieren saber nada sobre la sociedad violenta y linchadora. Hay una serie de contradicciones que tenemos que resolver.

Mi libro es una apuesta por un humanismo penal, en contraposición a las tendencias moralistas represivas en las que sancionar, funar, no perdonar, son formas de poder de ciertos grupos, altamente adictivas e intoxicantes.

¿Podría hablarnos sobre su propuesta de humanización?

Alejandro Nava – De cara a la continuación de este libro con otro, yo pienso que el siglo XXI ha mostrado grandes avances en términos morales. Temas como el feminismo y nuestro rechazo (al menos público) al racismo y al clasismo, nos han demostrado un aspecto muy positivo. Ahora que hablamos de la cultura de la cancelación, o lo woke, nos percatamos de que ahora las nuevas generaciones son más conscientes de las desigualdades sociales y estructurales; vemos, por ejemplo, repudio (al menos en la esfera pública) al machismo —como el del Temach y otros engendros horribles—; pero también corremos el riesgo de caer en un argumento moralizante mediante el cual a las personas que no son parte del grupo almas bellas se les tenga que destruir en las redes sociales. Esto genera tendencias autoritarias que no contribuyen nada a pensar en una sociedad mejor. 

Cuando pensamos en los grandes avances morales que ha habido los reconocemos. No podemos irnos al extremo de caer en tendencias autoritarias, porque luego el péndulo se puede revertir.

Desde lo que observó durante la pandemia y hasta lo que ocurre a la fecha en México, en términos de populismo punitivo, ¿qué están haciendo las autoridades y las instituciones públicas?

Alejandro Nava – Vamos por un mal camino, porque todos los políticos de izquierda y de derecha se han dado cuenta de la influencia que tiene el uso desmedido de las emociones en las redes sociales, en contraposición con la racionalidad de las instituciones. Muchas de esas emociones son punitivas y orillan a justificar cuestiones injustificables desde los puntos de vista jurídico y moral.

Los políticos ven en las redes sociales que las personas quieren sangre y condenas; es decir, identifican a una sociedad insegura y entonces desarrollan un discurso securitario, de mano dura. Esa mano dura suele aplicarse, históricamente, a los pobres; se usa el discurso social para castigar, y con mayor fuerza a los pobres.

Independientemente del Estado que tengamos, en general hay una mano invisible para los mercados y un puño de hierro para los pobres, como dice Foucault. En América Latina no estamos atacando el problema de fondo que existe sobre la extrema desigualdad económica. Intentamos hacer que el derecho penal resuelva todos los problemas. Es curioso cómo todos los grupos progresistas terminan cayendo en las trampas del punitivismo (feminismo, derechos de los animales, grupos que quieren reivindicar ciertas causas sociales). El punitivismo es atractivo porque da la sensación de seguridad pues se castiga al prójimo y sirve como una especie de retribución moral. 

Sin embargo esta no es la respuesta adecuada a los conflictos sociales. Hay problemas de desigualdad social en América Latina que tenemos que atacar de fondo. Encerrar a los pobres en la cárcel, sancionar a las personas o lincharlas no es la solución. Pero en América Latina esta tendencia va en aumento.

En ese sentido, estamos fallando con las políticas públicas de combate al crimen. Cada tercer día vemos una mala noticia; siempre sale un lord o una lady. Todos queremos muerte, muerte, muerte, tanto de redes sociales, como muerte física de esa persona; queremos amenazarla y hacerle lo peor. Yo me pregunto si esto no está sacando lo peor de nosotros.

Creo que en este momento tengo la claridad para decirlo: los seres humanos no estábamos preparados para las redes sociales: no estábamos preparados para mostrar públicamente nuestras emociones y descubrir cómo los demás se volvían nuestros propios panópticos morales. Las redes sociales nos han orillado a que mostremos nuestra bella alma en internet castigando, sancionando y destruyendo al prójimo. No vamos por buen camino y la política criminal, que se basa en ese tipo de punciones, nos va a llevar al autoritarismo.

¿Cómo contrarrestarlo? ¿Cuál es la responsabilidad de la abogacía?

Alejandro Nava – Como soy profesor de tiempo completo y tengo cierta estabilidad y algún tiempo de ocio, durante las noches pienso cómo revertir esa lógica. Es muy complicado, porque no tenemos la madurez suficiente para pensar con más calma las cosas. Antes de reaccionar al sentimiento, hay que pensar bien cuáles son las opciones, y analizar si en realidad la persona cometió aquello por lo que se le acusa.

Las redes sociales crean adicción a las malas noticias; mientras más negativa sea la noticia, es peor para la situación pero es mejor para mi cerebro. Las malas noticias hacen pensar en cárcel, sanciones, destrucción, muerte. En primer lugar, tenemos que reflexionar con base en la filosofía si la cultura de la cancelación y si el punitivismo en el derecho sirven para algo, o determinar para qué han servido. En segundo lugar, desde el derecho podemos hacer mucho si somos capaces de hablarle a la sociedad y decirle por qué estas tendencias no son una solución a sus problemas; esto implica que le hablemos con un lenguaje accesible, que seamos autocríticos para identificar por qué la gente se ha alejado del derecho y desconfía de los jueces y los abogados? Esta es una labor pendiente del nuevo gobierno: hacer que el derecho sea para la sociedad.

Solamente si le hacemos ver a la sociedad que lo que generan las malas noticias, las mayores penas, la justificación del autoritarismo, podremos revertir esta lógica. Desde el derecho se puede hacer algo. Desde nuestra trinchera podemos propiciar un cambio, pero tenemos que apostar por un humanismo en todos los sentidos, acompañado de políticas públicas para combatir la desigualdad social, la violencia contra las mujeres, el clasismo y el racismo, que están encarnados en todos y cada una de los mexicanos.

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