Jaime Vázquez perfila a Cormac McCarthy como un autor que convirtió la experiencia errante en obra sólida, capaz de pasar de la novela al guion cinematográfico sin suavizar su mirada sobre el crimen, el destino y la brutalidad humana. ¿Qué pierde y qué gana la palabra al filmarse?
Cormac McCarthy publicó en 1965 su primera novela, El guardián del vergel. La había enviado a Random House porque era la única casa editorial de la que escuchó hablar. McCarthy tenía 32 años cuando apareció su libro y tiempo atrás había cambiado su nombre de nacimiento, Charles, por el de Cormac Ulfada, el legendario Barba Larga, rey de Irlanda, que gobernó durante 40 años en la segunda centuria de la historia y que murió por asfixia al tragar una espina de salmón.
Miembro de la fuerza aérea estadounidense, viajante, locutor de radio, guionista de cine, McCarthy escribió, publicó, obtuvo premios y construyó obsesivamente la que hoy es una de las obras más importantes de la literatura del siglo xx.
Sus libros Todos los hermosos caballos, No es país para viejos, La carretera, The Sunset Limited e Hijo de Dios se convirtieron en apreciadas películas.
McCarthy, admirador de William Faulkner, Mark Twain y Herman Melville, escribió una historia para el cine que logró vender para que iniciara el rodaje en julio de 2012 en locaciones de Londres, Alicante, Navarra y El Paso.
El reconocido director Ridley Scott tomó el guión de la producción, El abogado del crimen (The Counselor), que se estrenó en noviembre de 2015 en México.
Scott integró el reparto con grandes estrellas.
La película nos lleva al momento decisivo, el puntual instante, en el que el consejero (Michael Fassbender), abogado de reconocidos personajes del crimen y el narcotráfico, acepta participar en un jugoso ilícito de tráfico de drogas de Ciudad Juárez a Chicago, con dos capos, Reiner (Javier Bardem) y Westray (Brad Pitt).
El camión contenedor de aguas residuales que lleva cocaína es el inicio de la trama. Un vehículo que transporta droga y cadáveres.
En este filme asistimos a la conversión del abogado en delincuente. “¿Por qué lo haces?”, pregunta Reiner. “Por ambición”, le contesta Westray Reiner concluye: “Siempre he pensado que saber de leyes es como tener licencia para robar, y que tú no le habías sacado mucho provecho”.
En este universo de perfectas realidades delincuenciales y mundos prescindibles están Malkina (Cameron Díaz), una bella y pulcra máquina de ambición y crueldad, y Laura (Penélope Cruz), la trágica novia del abogado.
Así, en ese coro de voces, en ese choque de realidades, respira la obra de McCarthy como un alegato sobre las consecuencias de las decisiones personales, las secuelas que dejan los límites morales y éticos rebasados y los costos de tomar caminos erróneos.
El abogado deberá pagar con su propio dolor. “No se trata de caer, abogado, sino de lo que arrastras contigo en la caída”, sentencia uno de los delincuentes, con la sabiduría de su oscura experiencia.
En su desesperación, el abogado tratará de solucionarlo todo; acudirá a un Jefe (Rubén Blades), el capo inaccesible, a una llamada telefónica que, con metáforas y citas de Antonio Machado, le pondrá al abogado sobre la mesa la profunda capacidad del delincuente, su irrenunciable derecho a eliminar lo que le estorba, a castigar severamente, a nombrar la justicia a su manera, con desapariciones y balas. Todo castigo es ejemplar.El abogado del crimen, el consultor que tuvo ambición, con las leyes en su cabeza, se queda con las manos vacías.




