La música latina como forma de resistencia cultural frente al poder estadounidense

Franchezka Calzada describe cómo la música latina pasó de ser despreciada por la industria estadounidense a convertirse en una fuerza política capaz de incomodar, visibilizar identidades y disputar narrativas de poder.


A lo largo de la historia, la música ha sido un lenguaje de identidad, memoria y resistencia. En el caso latinoamericano, sus ritmos se han convertido en territorios de dignidad y rebelión frente a la hegemonía cultural y política de Estados Unidos. Desde los corridos de la migración mexicana hasta el reguetón puertorriqueño, la música latina ha levantado la voz ante el colonialismo, la xenofobia y la exclusión.

Durante el gobierno de Donald Trump (2017-2021 y 2024-actualidad) se intensificó un discurso xenófobo que legitimó la persecución de migrantes latinoamericanos. El muro fronterizo, las redadas del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas y la separación de familias fueron expresiones concretas de una política que criminalizó la existencia latina. Ante esto, artistas de toda la región (como Bad Bunny, Residente y Los Tigres del Norte) transformaron su arte en una forma de resistencia política y cultural.

Hoy, en un contexto donde las deportaciones y los discursos antiinmigrantes resurgen con fuerza, las y los artistas latinos construyen trincheras sonoras que reafirman su pertenencia. En esta lucha se entrelazan tres geografías profundamente marcadas por la historia del imperio: México, Puerto Rico y Cuba, tres territorios que, desde su música, resisten la subordinación cultural y política impuesta desde el país del norte que se autodenomina “la tierra de los sueños”.

La música como territorio político

La música latina no es sólo entretenimiento: es una narrativa colectiva que nace desde la pobreza, el desarraigo y la racialización. Sus raíces afrodescendientes (la percusión africana, el son cubano, la salsa neoyorquina o el reguetón caribeño) durante décadas fueron despreciadas por las élites y por la industria cultural estadounidense. Sin embargo, precisamente desde ese margen ha brotado una fuerza política innegable.

En Estados Unidos, las y los latinos representan cerca de 20 por ciento de la población total (unos 68 millones de personas en 2024, según el Pew Research Center).1 Aunque 68 por ciento nacieron en territorio estadounidense, 32 por ciento son migrantes y casi una cuarta parte se identifica como afrolatina. Estas cifras revelan que la música latina no proviene de un lugar homogéneo, sino de un mosaico cultural marcado por la migración, el racismo y la memoria colonial.

A través de los sonidos, los cuerpos latinos reclaman su lugar en un país que los consume mientras los margina. La música, entonces, se convierte en una frontera simbólica, un espacio donde se cuestiona el dominio de una cultura que intenta apropiarse del ritmo, pero no del origen.

Puerto Rico: independencia, identidad y protesta

Puerto Rico representa uno de los casos más evidentes de resistencia cultural frente a Estados Unidos. La isla, aún bajo el estatus de “Estado Libre Asociado”, vive una relación colonial maquillada de autonomía. Desde la música, artistas como Residente y Calle 13 han denunciado esa dependencia con una claridad política que trasciende fronteras.

En canciones como “Latinoamérica” o “Querido fbi”, Residente nombra el colonialismo y reivindica la identidad del sur global: “Soy lo que dejaron, soy toda la sobra de lo que se robaron”.2 Esa frase resume una resistencia desde la herida: convertir el despojo en fuerza creativa.

El 4 de julio de 2025, Bad Bunny lanzó el video oficial de la canción “Nueva Yol”, que abre su álbum Debí tirar más fotos. El videoclip retrata la vida puertorriqueña en Nueva York: fiestas de quinceañeras, calles latinas, escenas cotidianas de migrantes y una fuerte carga simbólica. Destaca el momento en que suena, generada por inteligencia artificial, la voz del presidente Donald Trump diciendo: “I made a mistake… I want to apologise to the immigrants in America… This country is nothing without the immigrants — without Mexicans, Dominicans, Puerto Ricans, Colombians, Venezuelans, Cubans”.3

Este gesto dirige directamente la pieza hacia una crítica a la política migratoria de Estados Unidos: la invisibilización de las comunidades latinas y su papel como pilares de la sociedad estadounidense.

Bad Bunny atraviesa la frontera cultural del imperio al poner la bandera puertorriqueña sobre la Estatua de la Libertad, haciendo alusión a la protesta de 1977 en la que se exigía la independencia de Puerto Rico y la liberación de presos políticos puertorriqueños.

Su relevancia se amplió con su elección como figura central del espectáculo del Super Bowl LX Halftime Show (8 de febrero de 2026). El anuncio generó un intenso debate político-cultural en Estados Unidos: una encuesta de Quinnipiac University mostró que 74 por ciento de los demócratas aprobó su participación, frente a sólo 16 por ciento de los republicanos.

Poco después surgieron campañas de boicot: según The Times of India, simpatizantes del movimiento Make America Great Again amenazaron con no ver el evento, pues acusaban al show de “promover lo woke” y “dar espacio a la música en español”. El propio Trump calificó la decisión como “absolutamente ridícula”. En redes sociales abundaron comentarios racistas, clasistas y xenofóbicos como “él no es americano” o “¿por qué canta en español?”. Estas reacciones demuestran que lo que resiste no es sólo la música, sino la visibilidad de las culturas subordinadas. Al mismo tiempo, Bad Bunny se posicionó como un modelo de orgullo latino, migrante y puertorriqueño, capaz de insertarse en la cultura global y reclamar su lugar.

En canciones como “El apagón” o “dtmf”, el artista cuestiona la gentrificación de la isla y el despojo turístico, defendiendo la independencia cultural de Puerto Rico y el derecho de su pueblo a habitar su territorio y evidenciando el control que Estados Unidos ejerce sobre ese país.

México: la clase obrera migrante y la memoria del norte

Históricamente, México ha sido el rostro más visible de la migración hacia Estados Unidos. Millones de trabajadores cruzaron la frontera buscando sobrevivir, dejando atrás su tierra pero no su voz. Los Tigres del Norte son la referencia obligada para entender cómo la música norteña —el corrido— narra la experiencia migratoria. Desde los años setenta del siglo XX se consolidaron como “cronistas” del éxodo mexicano hacia el norte, con canciones que funcionan a la vez como himnos comunitarios y como testimonios sociales.

Uno de sus himnos más contundentes es “Somos más americanos” (2001), en el que el grupo confronta directamente la narrativa xenófoba estadounidense: “Ya me gritaron mil veces, que me regrese a mi tierra, porque aquí no quepo yo./Quiero recordarle al gringo, yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó./América nació libre, el hombre la dividió”.4

Este corrido no busca aceptación ni integración, sino restitución histórica. Recuerda que gran parte del territorio estadounidense fue México (California, Texas, Nuevo México, Nevada, Utah, Arizona, Colorado), que la migración no es invasión, sino retorno. En un país que criminaliza al migrante, la canción resitúa la identidad desde la memoria. En este sentido, la canción es parte fundamental de la memoria cultural de la clase trabajadora migrante. No es sólo música: es testimonio vivo de quienes cruzaron el desierto, de quienes enviaron remesas, de quienes construyeron futuro mientras vivían con el miedo permanente de la deportación.

Durante los años de la administración Trump —marcados por redadas masivas, separación de familias, detenciones sin debido proceso y discursos que llamaban “criminales” a los latinos— este himno adquirió un nuevo peso político. Volvió a escucharse en marchas, caravanas y protestas en Los Ángeles, en Chicago y en Nueva York. Reapareció porque recordaba lo esencial: la resistencia latina no sólo se expresa en las calles, sino también a través de su música, que cuestiona el poder con una mezcla de dignidad, memoria y rabia contenida.

Los Tigres del Norte con este tema no buscaron suavizar la tensión: la confrontaron. Y esa confrontación es profundamente latinoamericana. “Somos más americanos” funciona como un acto de descolonización histórica y emocional: toma la palabra “americano” y la devuelve al pueblo que la merece, porque le fue robada. Esa violencia estatal es el telón de fondo de los nuevos corridos fronterizos: historias de supervivencia y denuncia, que colocan la vida obrera en el centro del relato, con la que muchas familias migrantes indocumentadas se sienten identificadas.

Espacios de resistencia: la comunidad afro/latina

En ciudades como Nueva York, Los Ángeles o Miami, los clubes de salsa, bachata o reggaeton se transforman en refugios culturales. En estos espacios, la comunidad migrante (en especial la afro/latina) crea identidad, comunidad y orgullo frente a la discriminación.

Bailar se vuelve una forma de resistencia: ocupar el espacio público con cuerpos que el racismo intenta invisibilizar. El baile se convierte en un territorio en el que el español, el spanglish, lo pocho y los ritmos del Caribe desafían la homogeneidad racista estadounidense, impuesta casi como mandato sobre las personas latinas desde la propia música.

Estos lugares, muchas veces marginales y criminalizados, también son archivos vivos de la migración. Ahí se mezclan generaciones, países y lenguajes que gritan colectivamente: “Aquí estamos, luchando y resistiendo” desde lo que se les enseñó en su tierra.

Conclusión

La música latina ha demostrado que resistir no siempre implica levantar un arma; a veces basta un tambor, una rima o un son. Pero esa resistencia no surge en el vacío: nace de una historia de exclusión, racismo estructural y políticas que criminalizan la existencia del “otro”. En Estados Unidos ser joven, latino y migrante sigue siendo una identidad atravesada por la sospecha, el estigma y el desprecio institucional.

Durante los años más duros del trumpismo (y ahora, ante su retorno político) se consolidó una cultura del miedo: redadas, deportaciones, detenciones prolongadas, niños separados de sus familias. Esa violencia se materializa también en el lenguaje. Los discursos de odio en medios y redes, el uso de términos como alien o illegal, la estigmatización del español como idioma de “segunda”, son parte de una pedagogía del desprecio que enseña a temer al migrante.

Ante esto, la juventud latina responde con la creatividad, la colectividad y la música. En el trap, el corrido, la salsa urbana, el reggaeton o el hip-hop bilingüe, las nuevas generaciones tejen comunidad, desafían fronteras y reafirman una identidad que no pide permiso para existir. Cada ritmo es un acto de memoria: un recordatorio de que los hijos y las hijas de migrantes también son parte de la historia que Estados Unidos intenta negar.

La xenofobia que enfrentan no sólo proviene del Estado, sino también del entorno cotidiano: escuelas donde se burlan de su acento, trabajos donde se les paga menos, barrios donde la policía los detiene “por sospechosos” (generalmente por el color de piel). Sin embargo, la música ha permitido que muchas de estas juventudes conviertan el dolor en relato, la exclusión en arte y la marginación en orgullo. En festivales, redes sociales o espacios independientes, los jóvenes latinos están reconstruyendo la idea de América: no como una nación blanca y cerrada, sino como un territorio robado, plural, mestizo, sonoro. 

Desde una mirada de derechos humanos, es imposible separar la violencia simbólica de la violencia estructural. El racismo cultural es una forma de violencia que limita el acceso a la educación, a la salud, al empleo y a la participación política. Negar el valor cultural de la música latina equivale, también, a negar la humanidad de quienes la crean.

Por eso, cuando Bad Bunny ondea la bandera puertorriqueña sobre la Estatua de la Libertad o cuando Los Tigres del Norte cantan sobre el migrante que “tiene oro pero vive encerrado”,5 lo que emerge no es sólo arte: es memoria colectiva, es denuncia, es dignidad. La música se convierte en un espacio de reparación simbólica donde los pueblos desplazados se reconocen, se abrazan y se saben vivos.

En un mundo donde los muros se levantan más rápido que los puentes, los ritmos del sur nos recuerdan que la identidad no se puede deportar. La juventud latina, lejos de ser una amenaza, encarna procesos propios de creación, resistencia y comunidad: un futuro que no espera validación estatal y que se sostiene desde la movilidad, la mezcla y la potencia de sus propias historias.

Porque resistir también es crear arte. Porque la música, esa que atraviesa fronteras, clases y lenguas, seguirá sonando mientras exista injusticia.

Podría interesarte: «Narcocultura y doble moral: música, clase y hegemonía cultural en los corridos contemporáneos»

Residente, “Latinoamérica” (2011)

“Soy lo que dejaron,

soy toda la sobra de lo que se robaron.

Un pueblo escondido en la cima,

 mi piel es de cuero, por eso aguanta cualquier clima.”

Los Tigres del Norte, “Somos más americanos” (1984)

“Ellos pintaron la raya para que yo la brincara, y me llaman invasor.

Es un error bien marcado, nos quitaron ocho estados. ¿Quién es aquí el invasor?

Soy extranjero en mi tierra y no vengo a darles guerra, soy hombre trabajador.”

Bad Bunny, “Lo que le pasó a Hawái” (2025)

“Quieren quitarme el río y también la playa.

Quieren el barrio mío y que tus hijos se vayan.

No suelte la bandera ni olvide el lelolai

que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái ”

Fuentes

Pew Research Center (2024, septiembre 27). Facts on Hispanics and Latinos in the United States, en https://www.pewresearch.org/fact-tank/2024/09/27/facts-on-hispanics-and-latinos-in-the-united-states/.

Bad Bunny (2025, julio 4). NuevaYol . YouTube, en https://www.youtube.com/watch?v=.

Rolling Stone (2025, julio 4). Bad Bunny Blends Politics and Party in “NuevaYol”, en https://www.rollingstone.com/music/music-news/bad-bunny-nuevayol-video-1235379098.

Harper’s Bazaar (2025, julio 5). Bad Bunny’s “NuevaYol” Music Video is a Love Letter to the Latin Diaspora, en https://www.harpersbazaar.com/culture/art-books-music/a65300686/bad-bunny-nuevayol-music-video/.

People en Español (2025, julio 5). Bad Bunny Takes Shots at Trump in Music Video for “NuevaYol”, en https://people.com/bad-bunny-takes-shots-at-trump-in-music-video-for-nuevayol-11766911.

Reddit (2025, octubre). nfl Boss Stands by Bad Bunny and Won’t Change Halftime Performer, en https://www.reddit.com/r/Music/comments/1odfvcg/nfl_boss_stands_by_bad_bunny_and_wont_change/

The Washington Post (2025, octubre 27). Poll: Americans Split on Bad Bunny’s Super Bowl Halftime Show, en https://www.washingtonpost.com/politics/2025/10/27/bad-bunny-halftime-poll/.The Times of India (2025, octubre 29). #BoycottingBadBunny Trends as maga Supporters Threaten to Skip Super Bowl 2026 Halftime Show, en https://timesofindia.indiatimes.com/sports/nfl/news/boycotting-bad-bunny-trends-as-maga-supporters-threaten-to-skip-super-bowl-2026-halftime-show/articleshow/124220436.cms.

Notas:
  1. Facts about U.S. Latinos for Hispanic Heritage Month | Pew Research Center.[]
  2. Latinoamérica | Residente.[]
  3. NuevaYol | Bad Bunny, 2025.[]
  4. Somos más americanos | Los Tigres del Norte, 2001.[]
  5. La jaula de oro | Los Tigres del Norte, 2001.[]

Newsletter

Recibe contenidos e información adicional en tu bandeja de entrada.

Jorge Alfredo Domínguez Martínez: Combatividad y espíritu de justicia

Originario de la Ciudad de México, donde nació en 1941, Jorge Alfredo Domínguez Martínez ha ejercido la docencia en el área del derecho civil...