Karla Micheel Salas Ramírez: ejercer el derecho con enfoque feminista


¿Qué significa para ti ejercer el derecho desde un enfoque feminista en un sistema que durante tanto tiempo no tomaba en cuenta a las mujeres? 

Karla Salas – El derecho y el ejercicio del derecho es una herramienta que le permite acceder a la justicia a las mujeres, a las niñas y a otras poblaciones que históricamente se encuentran en condiciones de vulnerabilidad. Veo como un compromiso para mí y para las mujeres que me han antecedido y para las que me sucederán, transformar este derecho que ha sido un instrumento del sistema patriarcal que siempre ha justificado y ha permitido la opresión de las mujeres. Creo firmemente, como abogada, como feminista, como defensora de los derechos humanos, que el derecho puede ser una herramienta de transformación de nuestras realidades, un mecanismo para que las mujeres accedamos a la justicia, y al goce y el ejercicio de todos nuestros derechos humanos.

El derecho opera, como mencionaste, bajo ciertos parámetros patriarcales y coloniales. ¿Qué implica en la práctica litigar desde una perspectiva feminista, sin que el sistema la absorba o la neutralice?

Karla Salas – Para mí ha sido un dilema y ha sido muy complicado, porque desde nuestra formación, incluso desde las ciencias sociales, nos dijeron que teníamos que marcar un límite, ser objetivas cuando escuchamos a una víctima —a la que ni siquiera veíamos como víctima; en la facultad te dicen que es una relación cliente-profesionista—, porque tienes que ser imparcial al escuchar, por ejemplo, una historia y simplemente, a partir de la información que te proporciona esa historia, hacer una clasificación legal. Básicamente se trataba de eso y de trazar una ruta jurídica. 

A mí eso siempre me generó un problema: ¿cómo, al escuchar historias de años y años de lucha, de impunidad, de injusticia, se mantiene la objetividad o la neutralidad? ¿Cómo no indignarse o enojarse? Para mí era imposible no hacerlo. Por eso me decían que no tenía madera para ser abogada ni para dedicarme al derecho penal, porque por cualquier cosa se me acongojaba el corazón; para mí eso siempre fue un dilema. De pronto, en mi búsqueda de respuestas a eso que no encajaba con la forma en que me habían enseñado el derecho y cómo tenía que ejercerlo, descubrí a muchas profesoras y a muchos profesores que me decían que, por supuesto, era posible tener empatía y que era necesario indignarse, porque una no tiene atole en las venas. En este proceso encontré el feminismo y los derechos humanos, dos temas que me han proporcionado otra perspectiva de las cosas. 

Desde una posición feminista y como defensora de los derechos humanos era preciso no ver a las personas como clientes, pues éstos son personas con derechos, a las cuales una puede acompañar en su proceso. Creo firmemente que, a pesar de lo revictimizante que es en sí mismo el sistema, también puede ser un mecanismo de empoderamiento. Cuando las víctimas escuchan una sentencia por medio de la cual se les da la razón —cuando el feminicida ha tenido una sentencia, o cuando una mujer recupera su libertad, por ejemplo—, sabiendo que siempre la tuvieron, eso se traduce en una justicia palpable.

El principio que debe regir la labor desde el feminismo y desde los derechos humanos tiene que ver con la centralidad de las víctimas y de sus necesidades, con la búsqueda de justicia y con el ejercicio de sus derechos. A nivel personal, pienso que tenemos que asumir y comprometernos con  la justicia. Muchos casos que he acompañado desde hace décadas, desafortunadamente no son expedientes que, por la impunidad que prevalece en el sistema, puedan resolverse en seis meses o en un año. Este trabajo y esta lucha es larga y de resistencia, siempre con la convicción de que nos asiste la razón y de que la justicia está de nuestro lado.

¿Cuál consideras que sigue siendo el principal aporte de la sentencia de Campo Algodonero, caso que acompañaste en defensa de los derechos de las mujeres?

Karla Salas – En mi vida profesional, Campo Algodonero fue un parteaguas, aunque la vida me ha colocado en el acompañamiento de otros casos que también han llegado a la Corte Interamericana, como el de Digna Ochoa y el de Lilia Alejandra García Andrade.

Me gusta mucho retomar las palabras de quien fuera la presidenta del tribunal en ese momento, porque confluyeron muchos aspectos en el proceso de Campo Algodonero. Fue esencial el convencimiento de quienes estábamos acompañando a las familias, no sólo porque estábamos seguras de que la justicia estaba de nuestro lado, sino también de que defendíamos una posición feminista y la conformación del tribunal.

La Corte Interamericana, a pesar de ser un tribunal de derechos humanos, estaba conformada por muy pocas mujeres. La presidenta, la doctora Cecilia Medina, una referente para muchas abogadas a nivel internacional, invirtió la justicia internacional a favor de las mujeres, en contra de la violencia sexual, en pro de visibilizar la violencia de género y, por supuesto, los feminicidios, pues presidió de manera extraordinaria el tribunal y también fue artífice de la integración de la Comisión Interamericana con abogadas brillantes, quienes desde ese espacio habían estado pugnando por la incorporación de la perspectiva de género. 

Cuando a Cecilia Medina le preguntaron por qué hacía tanto alarde por el caso de Campo Algodonero, respondió que históricamente las mujeres habíamos tenido derechos, pero 1) no sabíamos que los teníamos y 2) tampoco habían sido reconocidos. Esa es la gracia de la sentencia: teníamos derechos que no habían sido materializados. Hasta ahora, lo que ha implicado para México y para América Latina la sentencia de Campo Algodonero es que logró sentar en el banquillo de los acusados al Estado mexicano para responsabilizarlo por la falta de prevención, de investigación y de sanción de casos de violencia en contra de las mujeres, específicamente cuando se trataba de feminicidios.

A nivel internacional y a nivel nacional había una línea entre lo que le tocaba al Estado y lo que no. La violencia en contra de las mujeres había sido considerada como algo del ámbito privado. En el marco justo del litigio internacional de Campo Algodonero hubo varias declaraciones de altas autoridades —fiscales y gobernadores— que decían: “¿Cómo no las van a matar si salen a la calle?” Un subprocurador de la Procuraduría General de la República, encargado de resolver ese tipo de casos, de elaborar los informes —los cuales fueron presentados por el presidente de la República—, salió diciendo que en Ciudad Juárez no había feminicidios y que a las mujeres las mataban sus esposos (esa frase estuvo en los titulares de los periódicos). Esta clase de comentarios refleja cómo la violencia contra las mujeres no se asumía como una violación a los derechos humanos, y que, con la línea trazada entre lo público y lo privado, las autoridades asumían que lo privado no les correspondía, pues el ejercicio del poder público lo habían cedido en los domicilios a los maridos.

Campo Algodonero le recordó al Estado que tiene un papel rector y que su obligación es el cumplimiento de lo establecido en la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres. El cambio cultural también es una obligación del Estado que no puede utilizar el machismo como justificación frente a la violencia en contra de las mujeres.

Otra de las grandes aportaciones que tuvo esta sentencia, que en principio era para las familias, fue la posibilidad de que frente a ese tribunal se sintieran escuchadas. Algo que dijo en su declaración la madre de Esmeralda, una de las víctimas, fue que en la época en que desapareció su hija también le habían robado la camioneta a la esposa del alcalde de Ciudad Juárez y éste apareció en la televisión pública diciendo que daba 24 horas para que le devolvieran la camioneta apareciera, y se la devolvieron. En contraste, Irma afirma que cuando desapareció su hija, nadie movió un dedo para buscarla. Tal vez si las autoridades hubieran actuado inmediatamente la hubieran encontrado con vida. Su narración fue muy potente. La falta de escucha es constante cuando hablamos de las víctimas de violencia. Tenemos autoridades indolentes, autoridades que simplemente reducen a las víctimas a un expediente. El proceso ante la Corte significó un primer paso para este proceso en el acceso a la justicia. 

Pero lamentablemente la justitica no se ha materializado. Al final, Campo Algodonero, a pesar de que es un referente a nivel internacional, dado que es la primera sentencia en responsabilizar a un Estado por la violencia en contra de las mujeres, no se ha traducido en la sanción de los responsables, aunque ha tenido un impacto simbólico y ha contribuido a transformar el sistema jurídico mexicano y, en general, el de América Latina. No fue para Esmeralda, Laura y Claudia, pero ha servido para que otras mujeres no pasen por lo que ellas pasaron.

¿Qué papel juegan los sistemas internacionales de derechos humanos en la transformación de los sistemas de justicia locales?

Karla Salas – El derecho internacional de los derechos humanos ha sido clave en la transformación cuando hablamos de los derechos humanos de las mujeres. Sin ese referente internacional, Estados como el mexicano no hubiesen incorporado nuevos mecanismos, ni se hubiera reconocido la violencia contra las mujeres, no sólo como una violación a los derechos humanos, sino como un delito. Las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos han generado mecanismos como las fiscalías especializadas, las medidas de protección y los centros de justicia para las mujeres.

Es decir, si no fuera por los estándares internacionales, el Estado mexicano prácticamente no hubiese reconocido el derecho a una vida libre de violencia que tenemos las mujeres. La transformación a nivel del marco normativo y también institucional derivada de los sistemas de justicia internacionales ha permitido que más mujeres accedan al poder.

El feminismo suele verse obligado a dialogar con instituciones que históricamente han sido hostiles e indiferentes hacia las mujeres y otros grupos en situación de vulnerabilidad. ¿Cómo se sostiene una agenda de derechos humanos en un sistema que ofrece tan pocas condiciones para que prospere?

Karla Salas – Los movimientos feministas, si algo tienen en común, es que son profundamente pacíficos y transformadores. El feminismo nunca ha cobrado la vida de nadie.

“De aquí no nos vamos”, afirmamos siempre: cuando vamos con distintas autoridades, ya sea para solicitar la instalación de computadoras en los penales —para que las mujeres tomen clases de computación—, el presupuesto para la implementación de la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia o los recursos para financiar los refugios, o bien cuando hemos participado en los procesos para el desarrollo del tipo penal de feminicidio, las modificaciones a los delitos relacionados con la violencia sexual y la paridad. 

En todos estos procesos hay un común denominador: un grupo fundamentalmente de hombres —aunque a veces participan algunas mujeres— que decide y se opone a nuestras visiones de igualdad y disparidad. Nuestros interlocutores siempre quieren romper el diálogo; les es mucho más fácil decir que nos pusimos intransigentes, que no aceptamos un acuerdo, que se rompió la mesa y que no se pudo continuar con las páticas. Malú Michel, una de mis grandes maestras, me dijo: “Recuerda que aquí somos insistencialistas. Vamos a seguir insistiendo, por eso de aquí no nos vamos”. Tal vez no podamos avanzar todo lo que queremos, pero iremos pasito a pasito. Así hemos logrado una gran transformación. Con esta convicción argumentamos y dialogamos.

Algo fundamental en nuestra lucha son las manifestaciones. Hay una gran cantidad de gente que se rasga las vestiduras —cuando nos acusan por daños a los monumentos, por ejemplo—y buscan criminalizar el movimiento feminista. Insisto en que estos movimientos son profundamente pacíficos. A final de cuentas, cuando se grafitean algunos monumentos durante ese tipo de protestas, se restauran —nada que no se pueda arreglar con agua, jabón y algún otro material— y no pasa nada. Pero, sin duda, la movilización social que han encabezado muchas jóvenes ha obligado a las autoridades a sentarse a dialogar.

Este gran movimiento ha conseguido que la violencia contra las mujeres pase de estar en la nota roja a estar en la agenda del Estado. Ésta es una de las grandes transformaciones que hemos logrado. Antes, si a las mujeres las asesinaban o las violaban, sus casos eran publicados en periódicos como Alarma! y generalmente se les responsabilizaba por la violencia que habían sufrido. Hoy estamos en la agenda pública y se asume que éste es un tema que le toca al Estado. No digo que no haya autoridades que minimizan esa forma violencia o que incluso buscan responsabilizar a las víctimas de padecerla, pero ya hay consecuencias: cuando un fiscal o una alta autoridad lo hace, hay una respuesta social y de muchas instituciones que los deslegitiman.

¿Qué ha significado para ti ejercer la abogacía feminista en un entorno en el que se castiga a quienes alzan la voz? 

Karla Salas – Esta no es una experiencia individual. Sobre todo quienes nos dedicamos al derecho penal, nos enfrentamos a un sistema muy hostil con policías y con quienes imparten justicia. Nunca es fácil. Me ha tocado que simplemente me callan hasta enfrentar actos tan simbólicos como que se dirijan a mí como señora cuando a los compañeros abogados que me acompañan se refieren como licenciados o maestros, o que me pregunten por mi cédula. En nuestro contexto esas son formas de decir que una no opine.

El hecho de que yo haya decidido dedicarme a la defensa de los derechos humanos de las mujeres, con una posición abierta y claramente feminista, me ha redituado la amistad de muchas compañeras. Recibo mucho cariño y reconocimiento que, al final, me hace sentir que no estoy sola. En este caminar, he ayudado a conformar redes de abogadas feministas. Ese acto de tejer redes nos hace sentir muy poderosas; un sentimiento inigualable que también acompaña a las víctimas; pues implica un poder de acompañamiento que busca justicia. No siempre se logra o una tarda mucho en llegar a ella, pero siempre la perseguimos con la convicción de que la lucha será hasta el final.

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