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Cabo de miedo: un abogado en peligro

Cabo de miedo

Jaime Vázquez reconstruye la tensión de Cabo de miedo, donde un abogado enfrenta el acoso implacable de un exconvicto sediento de venganza.


“Hola, señor abogado, ¿se acuerda de mí?”, pregunta Max Cady a Sam Bowden después de sorprenderlo en la calle y quitarle las llaves del coche para impedirle que se aleje.

Ahí está Cady, el lioso villano vestido de blanco, al comienzo de la película, avanzando con paso decidido por las calles hasta el edificio de los juzgados en Savannah, Georgia. Procesa una idea fija que le da vueltas en la mente: la venganza. Acaba de salir de prisión; ahora es un ex convicto al que Bowden, por su testimonio condenatorio, llevó a la cárcel en un juicio por violación. Ahí está Cady, amenazante, con su sonrisa irónica, asomado por la ventana del coche.

Son las escenas iniciales de Cabo de miedo (Cape Fear), película que dirigió J. Lee Thompson en 1962.

Basada en Los verdugos (The Executioners), novela escrita por John D. MacDonald, publicada en 1958 y adaptada al cine por James R. Webb, Cabo de miedo iba a ser dirigida por Alfred Hitchcock. Los trazos originales de Hitchcock y la música compuesta para la cinta por Bernard Herrmann, le dan a esta producción un toque especial al estilo del “maestro del suspenso”, que Thompson asimiló y llevó a buen puerto.

Thompson había sustituido ya en 1961 a Alexander Mackendrick, el director designado para la realización de Los cañones de Navarone, que contaba con un gran reparto en el que destacaba Gregory Peck. De nueva cuenta, con Gregory Peck como el abogado Bowden, Thompson toma las riendas y encuentra en Robert Mitchum al perfecto intérprete del malvado Cady, un delincuente que se obsesiona con la venganza y que es capaz de todo para destruir el equilibro de Bowden y de su familia: Peggy, la esposa (Polly Bergen), y Nancy, la hija adolescente (Lori Martin).

Con los años, la película se transformó en un referente del género del suspenso, aderezado con el toque del mundo de la abogacía. Peck es ahora un recto abogado que puede concederse algunas licencias extrajudiciales, muy distinto a su personaje de Atticus Finch, el impecable abogado al que dio vida en Matar a un ruiseñor (1962, Robert Mulligan), sobre la novela de Harper Lee.

Martin Scorsese, fanático de Cabo de miedo, llevó a la pantalla en 1991 su versión, con guión de Wesley Strick y con las actuaciones de Nick Nolte como Bowden, Robert de Niro como Cady, Jessica Lange como la esposa y Juliette Lewis como la hija adolescente. Originalmente, el proyecto era de Steven Spielberg, pero la fortuna tuvo otros planes. Aparecen también aquí, en breves papeles, Gregory Peck y Robert Mitchum, un homenaje a los actores que construyeron en 1962, en la versión original, un clásico del cine.

Scorsese le añadió violencia, un final distinto y le imprimió a Cady un perfil de psicópata que aterraría a Robert Mitchum.

La versión de Thompson es menos estridente y más pausada. Proyecta en la pantalla la sombra negra, el lado escuro de la justicia: la venganza. 

Bowden y Cady son dos fuerzas sociales que se oponen. Uno es la representación de la justicia, el abogado que lleva una vida recta hasta que su opuesto, el delincuente, lo acorrala para exigirle la reparación de un daño, los años en la cárcel, el haber sido objeto del peso de la ley. Pero Cady sale de la cárcel y camina por las calles en un día soleado.

Así comienza la historia. Con su veraniega ropa blanca, Cady se acerca al representante de la ley y le pregunta: “Hola, señor abogado, ¿se acuerda de mí?”

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