Carina Gómez Fröde fue designada presidenta del Tribunal Universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México, siendo la primera mujer en ocupar ese cargo. La transformación adminstrativa y la llegada de una visión más restaurativa impactan a la justicia en la jurisdicción universitaria. Adriana Venegas Plasencia platica con ella al respecto.
¿Quién es la doctora Carina Gómez Fröde?
Soy hija de Cipriano Gómez Lara, un procesalista muy reconocido que falleció hace 20 años. Yo no quería ser procesalista, porque luego uno no quiere ser como su papá, sino tomar otro camino. La primera clase que impartí en derecho fue sobre teoría política, lo que siempre quise, aunque mi papá siempre me dijo que eso no tenía nada de jurídico.
Estudié derecho porque siempre he tenido la ilusión de cambiar el mundo. Yo estudié en una preparatoria con profesores chilenos y argentinos exiliados que me enseñaron mucha filosofía y me transmitieron la idea de la transformación, de cambiar las percepciones cerradas y rígidas de los abogados.
Mi padre era de los procesalistas duros que pensaban que la única solución para resolver cualquier controversia era el proceso jurisdiccional. Cuando no podía dar clase, me pedía que lo sustituyera; las primeras veces que lo hice me costó muchísimo trabajo, por la dificultad de algunos temas, como las teorías de la acción procesal. Había que estudiar, explicar a los alemanes, contrastarlos con los italianos… Todo eso a mí me costaba muchísimo trabajo. Quería dar una clase muy diferente. Después de eso me fui al Instituto Tecnológico Autónomo de México, gracias a José Ramón Cossío. Ahí impartí teoría del Estado y teoría política; luego, por recomendación de mi papá, teoría general del proceso. Posteriormente regresé a la Facultad de Derecho. Entonces era abogada postulante y desde que salí de la licenciatura empecé a tomar las riendas del despacho que había fundado mi papá con otros abogados, quienes, por ocupar puestos públicos, no podían atenderlo. Fui abogada postulante durante 30 años.
Así empecé a dar clases de derecho procesal familiar, de derecho procesal civil, de teoría general del proceso y medios alternativos de solución de controversias. Estos medios chocaban un poco con lo procesalista, rudo y rígido. Fue, para mí, la experiencia más maravillosa saber que todas las controversias podían ser resueltas de manera civilizada y en un ambiente de paz. Así se me abrió un panorama —conocía el arbitraje— porque durante siete años fui directora de Arbitraje Médico. Sin embargo, me desilusioné porque la gente y los abogados no creían ni confiaban en el arbitraje.
Humberto Briseño Sierra, un gran procesalista, que siempre optaba por el arbitraje, decía que los que le apuestan al arbitraje tienen un espíritu más elevado porque saben que aunque pierdan en el laudo arbitral, lo van a cumplir, porque se han sometido a una forma diferente de resolver su controversia.
Usted mencionó que cuando entró a la licenciatura lo hizo un poco con la ilusión de cambiar el mundo. ¿Esa aspiración cambió en el transcurso de su carrera como estudiante en la Facultad de Derecho?
No, no cambió. Una siempre debe tener la idea utópica de que es posible vivir en armonía, en paz. Más en estos tiempos. El problema es que —lo veo en el tribunal— hay más conflictos, y más violencia, sobre todo violencia sexual, en niveles de preparatoria y de CCH, por ejemplo. Es impresionante. Estoy preocupada porque he visto muchos conflictos y muchas sentencias de diversos tribunales colegiados que ordena al Tribunal Universitario modificar sus resoluciones porque fueron resueltas sin atender protocolos que valoraran a las adolescencias. Esto es, olvidaron que también existe un interés superior en la adolescencia. Son casi niños y niñas, sin ninguna educación sexual. Lo que necesitamos para ellos es educación, educación y educación, y capacitación en legislación universitaria.
La suya deber ser una labor maravillosa y gratificante.
Me siento muy honrada y muy feliz con mi profesión. No fue tan fácil porque llegué ante la Comisión de Legislación Universitaria con una propuesta de aplicar justicia restaurativa, lo que implica saber pedir perdón y valorar una disculpa. Hay mucha gente que todavía no entiende el valor de esas virtudes y que quiere castigar incluso sin que el castigado se dé cuenta del daño que ha provocado en su víctima.
Vale preguntarse cuántos profesores de derecho penal imparten justicia restaurativa. Hay teorías abolicionistas que pugnan por la eliminación de las cárceles porque no sirven sino para generar más violencia y más criminalidad. Nos hemos dado cuenta, a la luz de las experiencias en Sudáfrica, después del apartheid, que la conciliación y la reconciliación que hubo en el país sudafricano fueron maravillosas, incluso en crímenes horrorosos. Por otra parte, hay muchos ejemplos de justicia restaurativa en Canadá, donde las personas que están condenadas a prisión se enfrentan con las víctimas y tienen sesiones de mediación, catárticas, a través de las cuales logran perdonarse. Pero eso no lo entienden muchas personas que, a fuerzas, quieren llevar a la hoguera a todos los criminales.
¿Como estudiante, académica, investigadora, jefa de la División de Estudios de Posgrado de la Universidad Nacional Autónoma de México ha experimentado algún abuso o injusticia?
Sí he sufrido muchas injusticias como profesora. También mucha discriminación. Sobre todo cuando me dediqué al derecho procesal. Ese ámbito del derecho suele ser muy masculino y hay profesores que se sienten amenazados cuando llega alguien con nuevas ideas. Cuando yo sugerí la idea de enseñar con algunos recursos del cine recibí muchísimas críticas y desprecios y mucha discriminación. Incluso alguna vez supe de un profesor que habló muy mal de mí en el salón o que integró a algunos alumnos a mi clase sin avisarme siquiera. Sí, padecí cuestiones así, o sea, francas groserías a mi persona. Sin embargo nunca me atreví a recurrir al Tribunal Universitario, porque algunos profesores argumentaban que aquéllos sólo ejercían su libertad de cátedra. Yo nunca he creído que la libertad de cátedra deba servir para ofender a tus colegas. Y siempre he pensado que debemos vivir en armonía y ser más solidarios, aunque he tenido experiencias que me han desilusionado terriblemente. Por ejemplo, el año antepasado coordine un libro en relación con las mujeres docentes de la Facultad de Derecho. Logré reunir a 51 profesoras, pero me faltaron 100, de las 150 que impartimos clases. Muchas de ellas, no obstante que sostienen el discurso de la sororidad, para nada son solidarias y algunas, incluso, adoptan actitudes machistas.
¿Para lograr incluirse se masculinizan?
Sí, se masculinizan, tú lo has dicho. Es vergonzoso, pues falta solidaridad entre las mujeres. Salimos a marchar el 8 de marzo de todos los años. Yo salgo a marchar también con mis hijas, al rato quizás con mis nietas, porque ya tengo dos nietas, aunque todavía están chiquitas, pero seguramente pronto también marcharán. Mientras haya desigualdades, mientras haya violencia, debemos seguir marchando.
¿Por qué es importante que los estudiantes conozcan el Tribunal Universitario?
Muchos universitarios no saben que existe un Tribunal Universitario. Necesitamos hacer mucha difusión, para lo cual pretendo organizar talleres y seminarios, sobre todo a propósito de los 80 años que el tribunal cumplirá en 2026.
Dicho tribunal siempre había sido presidido por el decano del consejo técnico de la facultad. Era un cargo honorífico y, quizás por eso, no se le ponía tanta atención. Ahora estoy obligada, como funcionaria universitaria, a ir todos los días a arropar a los abogados con formación procesal. Con la admisión de las pruebas, por ejemplo, hay que tener mucho cuidado.
Tenemos una gran tarea que hacer: sesiones en las que podamos discutir los casos, por ejemplo. Yo presidía ese tipo de sesiones en la Comisión Nacional de Arbitraje Médico. Todos los miércoles nos reuníamos para escuchar al ponente de un caso médico. Los médicos están acostumbrados a discutir sus casos médicos para alcanzar el consenso en una decisión clínica. Y aquí tenemos que hacer lo mismo: crear consensos en el tribunal, que está integrado por una vocal del Instituto de Investigaciones Jurídicas, un vocal de Aragón y un vocal de Acatlán, además de dos vocalías expertas en equidad de género. Entonces, todos, todos tenemos que estar de acuerdo en las resoluciones que se tomen en esas sesiones. Y a veces eso no va a ser fácil, porque tenemos la facultad de amonestar o suspender a un alumno que ha incurrido en un acto ilícito, e incluso de expulsarlo. La expulsión es el máximo castigo y obviamente no sólo lastima al alumno, que muchas veces es víctima de sus propias circunstancias; también lastima a su familia, que quizás hizo un esfuerzo para que ese chico entrara a la universidad. Y el hecho de suspenderlo, o de expulsarlo, pues implica orillarlo a que cometa acciones ilegales en la sociedad, en vez de darle la oportunidad de que siga estudiando.
¿Habrá programas de prevención?
Tendremos que implementar programas de prevención conjuntamente con todas las entidades de la UNAM. Tenemos que revisar cómo hacerlo con base en la educación, para que los chicos sepan que no pueden introducir bebidas alcohólicas y que no pueden drogarse ni vender estupefacientes en las instalaciones universitarias.
En su toma de protesta dijo que para que la justicia universitaria sea integral debe incluir una perspectiva de género, con el fin de proteger con mayor vigor a las mujeres y a los grupos históricamente vulnerables. ¿Cómo se va a evaluar la materialización de esos paradigmas
A través de nuestras resoluciones. Así como decía la ministra Norma Lucía Piña Hernández: “Yo hablo a través de mis sentencias”, también el tribunal tendrá que hablar a través de sus resoluciones, que deberán ser convincentes, justas y equitativas, y que puedan ser difundidas a toda la comunidad. Yo creo que ése es el mejor ejemplo que podemos dar de un tribunal equitativo.
Hay muchas fuerzas que piden su desaparición, por considerarlo de corte inquisitorial.
Uno de mis anhelos más grandes es resolver con equidad, justicia y de manera convincente. Había muchas sentencias de colegiados en materia administrativa que ordenaban que las resoluciones de este tribunal quedaran sin efectos por no haber tomado en cuenta el protocolo para juzgar con equidad a la adolescencia, que es muy específico y muy especial. Necesitamos estos nuevos criterios para introducirlos en las resoluciones.
El contexto nacional que se escucha, se lee y se vive día con día, es desalentador ¿Qué acciones tomaría el Tribunal Universitario para que en el seno de la comunidad universitaria se desarticulen los discursos de odio, división, discriminación, violencia e impunidad y se fomente una comunidad respetuosa y tolerante?
El respeto, la armonía y la paz son valores que hemos perdido. No sé por qué razón. El civismo ya no importa, pero necesitamos recuperarlo de alguna manera. No sé si le corresponda al tribunal atender todo eso, pero indiscutiblemente pondrá su granito de arena. La cultura de la paz es una oportunidad maravillosa para que lo intentemos.
Como la presidenta de este órgano colegiado, ¿qué mensaje compartiría sobre la justicia impartida por la UNAM a través de su Tribunal Universitario?
Pues que confíen en nosotros, pues trataremos de convencerlos de que cada caso que se revise en nuestro tribunal será visto con muchísima congruencia, con la inteligencia suficiente por parte de las vocalías especializadas y de las vocalías permanentes. Y que vamos a tener casos muy difíciles de resolver, pero que pondremos nuestro mejor esfuerzo para resolverlos de la mejor manera posible.

