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El guardagujas, de Juan José Arreola: acceso a la justicia laboral

Guardagujas

Eduardo Huinaque transforma el viaje incierto de El guardagujas en una metáfora del sistema laboral mexicano: un tren que promete justicia, pero se extravía en sus propias vías.


El guardagujas (1952), cuento fantástico del escritor mexicano Juan José Arreola incluido en Confabulario, es considerado uno de los mejores del siglo xx. La narración se construye a través de un diálogo entre un forastero (viajero) y un viejo guardagujas (persona encargada del manejo de las agujas realizan los cambios de vía de los ferrocarriles).

Este diálogo inicia con la llegada precipitada del viajero a una desierta estación de tren, en la que se encuentra a un viejo guardagujas a quien le pregunta si el tren de esa hora ha partido. Desafortunadamente, el viajero, más que una respuesta de aquel hombre, es cuestionado por él: “¿Lleva usted poco tiempo en este país?” El viajero le responde que ha adquirido un boleto para salir inmediatamente hacia la Estación T, lugar donde necesita estar al día siguiente. En respuesta, el viejo guardagujas le dice algo más desconcertante: “Se ve que usted ignora las cosas por completo”, y le recomienda que busque alojamiento. El viajero, reacio a las indicaciones del viejo, insiste en que necesita salir de inmediato hacia la Estación T.

El guardagujas, apiadándose de la suerte del viajero. le da el siguiente informe: “Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho ya grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado” (Arreola, 1999).

En adelante, el diálogo del cuento se centra en la explicación del funcionamiento real del sistema ferroviario de ese país y en la necesidad del forastero de llegar a T, algo que él ve como una tarea sencilla, pues ya ha comprado el boleto de viaje, único requisito para abordar el tren. Sin embargo, conforme el viejo guardagujas le explica, el viajero entiende que el asunto no es tan sencillo y que, incluso, parece imposible que pueda lograr su propósito.

El cuento de Arreola, como se advierte, permite varias lecturas, lo que ha dado lugar a que diversos autores relacionen la metáfora del tren con la vida, el existencialismo, el derecho, entre otros tópicos. En esta reflexión, me permitiré relacionarla con el acceso a la justicia en materia laboral, por ser este lugar del derecho en el que me desenvuelvo. Con el cuento como herramienta, vi una buena oportunidad para explicarlo o, como le dice el viejo guardagujas al forastero, para dar informes sobre ello.

Como en el país de El guardagujas, el nuestro es famoso por sus leyes, incluida la Constitución (una de las primeras constituciones sociales del mundo, en la que se incluyeron el derecho a la educación laica y gratuita, y los derechos laborales y de propiedad sobre la tierra). También ha habido grandes iniciativas y reformas en lo que se refiere al reconocimiento y la garantía de los derechos humanos, que abarcan no sólo a las mayorías, sino también a las minorías —los pueblos y las comunidades indígenas, la comunidad lgbt+, las mujeres, los grupos en situación de vulnerabilidad, los migrantes, entre otros—. No obstante, hace falta que las instituciones cumplan con las indicaciones (normas) contenidas en la Constitución, en los tratados en las leyes, y que las apliquen de manera efectiva. Por su parte, los forasteros (ciudadanos) aceptan las irregularidades de la inaplicabilidad de las leyes, por no tener otra opción. De igual modo, hay quienes su patriotismo (o su fanatismo) les impide expresar cualquier tipo de crítica al sistema legal.

Ahora, ¿cómo explica El guardagujas el acceso a la justicia?

Así como el forastero ha adquirido el derecho para abordar el tren y llegar a la Estación T con la compra de un boleto de viaje, las personas —por el simple hecho de serlo— han adquirido un paquete de derechos que les permiten acceder a la justicia. En materia laboral, por ejemplo, los trabajadores están protegidos contra despidos injustificados o contra acoso laboral, para obtener una pensión ya sea de invalidez, por cesantía o por jubilación, o. en caso de muerte del trabajador o la trabajadora, sus beneficiarios (hijos, hijas, esposos, esposas, concubinas o concubinas, entre otros) pueden obtener la devolución de los ahorros la persona finada. Pero, aun con toda esa red de normas, lo que parece una tarea sencilla —acceder a la justicia— se convierte en una misión imposible. 

Lo anterior lo explica y lo previene Arreola: “En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea”. En el caso de México, podemos afirmar que hay instituciones (jurisdiccionales y no jurisdiccionales) que la ciudadanía puede utilizar para acceder a la justicia, pero, dada la realidad de las instituciones, si alguien pretende iniciar un proceso debe estar consciente de que es muy probable que no sea conducido directamente a la justicia que anhela.

Más adelante en el cuento arreoliano el guardagujas le advierte al viajero que los trenes “emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes”. Esta situación es igual a la se suscita en la práctica del derecho, pues quienes la experimentan saben que un juicio puede tardar muchos años en resolverse, transformando —para mal en la mayoría de los casos— la vida de las personas. Esta afirmación puede ejemplificarse con las juntas federales de conciliación y Arbitraje, pertenecientes al viejo sistema laboral, pero que siguen en funciones hasta en tanto concluyan sus asuntos, y en cuyas oficinas hay juicios que datan de 2002; lo cual quiere decir que hay personas tratando de acceder a la justicia desde hace 23 años —el guardagujas diría que llevan 23 años de viaje—. Y es imposible que la vida de las personas no sufra transformaciones en ese periodo: muchas que iniciaron su juicio ante las juntas federales han fallecido en el trayecto, lo que ha ocasionado que sus familiares activen figuras jurídicas como “sustitución procesal” para continuar con el proceso que sus padres, sus hermanos, sus esposas, sus concubinos o sus hijos han emprendido. Como el viaje es tan largo, es muy frecuente el recurso a la “sustitución procesal de la sustitución procesal”; esto es, que una persona sustituya al primer sustituto procesal por haber fallecido también éste. Esto tampoco le es ajeno a Arreola: “Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio”.

El autor del cuento también dedica unas líneas a los tipos de pasajeros del tren: de primera y de segunda. Los primeros viajan en la parte cómoda de los convoyes, y los segundos lo hacen en vagones no aptos en los que “simplemente padecen los golpes [provocados por el movimiento del tren] con resignación”. Lo mismo sucede en el derecho: hay quienes acceden a una justicia pronta y expedita, y quienes padecen toda clase de vicisitudes del sistema. Sin embargo, como dice Arreola, algunas veces todos resultan afectados: “Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles; allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido”.

Por último, el viejo guardagujas le advierte al forastero que, al ignorar el sistema, debe redoblar sus precauciones al iniciar su viaje, pues los trenes viajan llenos de espías, el camino se llena de tentaciones y se está expuesto a caer en la trampa de un espejismo: “Le indica que las ventanillas de los trenes están provistas de dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros a través de aparatos que hacen creer, a quien los mira, que el tren esté en marcha, aun cuando éste permanece detenido durante semanas enteras. Todo eso es producto de la empresa propietaria de los trenes para disminuir la ansiedad de los viajeros y anular sus sensaciones durante el camino. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber a dónde van ni de dónde vienen”.

Esta última advertencia sugiere, desde el derecho y el acceso a la justicia, una interpretación delicada que, por diversos motivos, dejaré a cargo de quienes hayan llegado a esta altura de la lectura. 

Para finalizar este breve análisis retomo la siguiente pregunta del viajero: “¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado? [llegar a la Estación T]”, cuestionamiento común que las personas formulan cuando buscan acceder a la justicia. A la luz del sistema de justicia actual, no queda más que responder como el viejecillo guardagujas: “Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T… Viaje usted lleno de fe”. Esta respuesta, que no debe ser mal entendida por la persona lectora, se presenta para animar a quien emprenda un proceso judicial, pues muchos lógicamente creen que, como existen instituciones y leyes, el viaje será corto, cómodo y sin obstáculos —y puede ser el caso o puede ser que no lo sea—. Además, quienes experimentan en la práctica el derecho saben bien que ni con todas las herramientas, el conocimiento y la experiencia se puede prever el resultado de un proceso judicial en un sistema de justicia cuyo funcionamiento es incierto e impreciso, y en ocasiones arbitrario y misterioso.

El cuento de Arreola, aun después de medio siglo de haber sido escrito, sigue ofreciendo varias lecturas para quienes se acercan a su contenido. Éste es sólo el intento de una de esas lecturas en torno de las instituciones de la justicia laboral en México.

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