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Incels en México: cuando la frustración digital cruza al terreno penal

incel

El 22 de septiembre de 2025, el nombre de Lex Ashton dejó de ser el de un joven universitario cualquiera para convertirse en sinónimo de alarma social. Armado con un cuchillo, ingresó al Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Sur de la UNAM, privó de la vida a un estudiante de 16 años, lesionó a un trabajador y, al intentar huir, terminó cayendo de un edificio. Más allá de la tragedia inmediata, el caso nos obliga a mirar un fenómeno que parecía lejano y ahora golpea con crudeza en México: la ideología incel. Irving Arellano Regino escribe al respecto.


¿Qué significa ser incel?

La palabra incel proviene del inglés involuntary celibate (“célibe involuntario”). Se refiere a hombres —en su mayoría jóvenes— que se consideran incapaces de mantener relaciones sexuales o afectivas a pesar de desearlas. En principio, fue un término neutro en foros de apoyo de los años noventa, pero en la última década mutó en comunidades digitales que cultivan frustración, misoginia y, en algunos casos, violencia.

Dentro de ese lenguaje aparecen los Chads (hombres atractivos y exitosos), las Stacys (mujeres deseadas), las foids (forma despectiva de nombrar a las mujeres) y los brocels (término que utilizan entre los propios incels para referir camaradería). Lo que parece un simple argot es, en realidad, una narrativa que reduce la vida a un sistema de privilegios biológicos y resentimiento.

Del foro al acto violento

Las investigaciones alrededor de Ashton revelaron publicaciones en redes donde hablaba de nunca haber recibido amor de una mujer, del privilegio de los Chads y de las foids que nunca lo voltearon a ver. Ese discurso no es casual: replica con exactitud los códigos incel. Lo preocupante es que lo que parecía solo un espacio digital de catarsis se transformó en un acto violento en un plantel universitario.

Desde la criminología, esto puede explicarse con varios lentes. Merton, con su teoría de la tensión social, advertía que cuando las metas culturalmente aceptadas (éxito, pareja, reconocimiento) son inalcanzables, los jóvenes pueden optar por vías desviadas. Sutherland, con la teoría de la asociación diferencial, sostenía que la conducta criminal se aprende en interacción con otros: en este caso, los foros en línea. Y Sunstein ha demostrado cómo la polarización grupal en internet lleva a posiciones cada vez más extremas.

Influencers y referentes: ¿un antídoto o una trampa?

En México, nombres como El Temach aparecen en las conversaciones sobre masculinidades. Sus videos no son incel, pero sí llegan al mismo público: jóvenes en busca de respuestas frente al rechazo, la soledad o la falta de autoestima. Para algunos, estos discursos son una alternativa menos destructiva que la ideología incel: en vez de resignación, se predica “trabaja en ti, mejórate, gana estatus”. Pero para otros, refuerzan la idea de que el valor de un hombre depende de su capacidad de conquistar mujeres, perpetuando roles tradicionales sin ofrecer salidas reales.

El que estos creadores sean nombrados como referentes muestra algo esencial: los jóvenes buscan explicaciones y modelos en un mundo que no siempre se los ofrece en casa, en la escuela o en las instituciones.

Una amenaza global

El caso del CCH Sur no es aislado. En Canadá y Estados Unidos, varios ataques han sido cometidos por hombres que se identificaban como incels. El FBI incluso ha catalogado este movimiento como una forma de extremismo violento. Que un hecho así ocurra en México demuestra que la ideología viaja sin fronteras y encuentra eco en realidades locales: la precariedad emocional, la falta de referentes masculinos positivos y la impunidad frente a discursos de odio en redes.

¿De quién es la responsabilidad?

Como abogado penalista y profesor, sostengo que la responsabilidad es compartida:

Prevención y soluciones

En el corto plazo, la tarea es detectar focos de riesgo, intervenir en comunidades digitales y ofrecer atención psicológica temprana.

En el largo plazo, se requiere una reforma educativa que incluya perspectiva de género y educación emocional, políticas públicas que atiendan desigualdades sociales, y la construcción de referentes masculinos distintos: hombres que puedan hablar de vulnerabilidad, de empatía y de afecto sin ser ridiculizados.

Epílogo

El caso de Lex Ashton en el CCH Sur es un espejo doloroso. Nos muestra que el derecho penal no puede permanecer ajeno a fenómenos incubados en internet, que la criminología tiene mucho que aportar al análisis de estos discursos de odio, y que, como sociedad, debemos preguntarnos qué estamos haciendo para que un joven encuentre en un foro de incels, y no en su familia, escuela o comunidad, la explicación de su dolor.

Porque si no respondemos a tiempo, los foros digitales seguirán incubando violencias que, tarde o temprano, cruzarán la pantalla y tocarán la vida real.

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