Jesús Silva-Herzog Márquez: claridad del lenguaje


Sabemos que usted es un abogado que trabaja en la Academia Mexicana de la Lengua. ¿Cuál es la importancia de la participación de los abogados en esa institución? 

Jesús Silva-Herzog – La gran riqueza de la Academia parte de su capacidad de ir atrayendo los distintos vocabularios, los diversos lenguajes, que se usan en nuestro país en diferentes ámbitos. El que pueda recoger la voz de los poetas, de los novelistas, de los dramaturgos, de los científicos, de los antropólogos. La voz de quienes se han entrenado en el estudio de las leyes es, pues, desde luego, también muy importante. Aquí estamos en un espacio donde la palabra no solamente designa y nombra el mundo, sino que también es una acción pública. El decreto no es solamente una expresión, sino una forma de cambiar la realidad en el momento en que se designan estos mandatos.

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¿Qué están haciendo los abogados en la Academia? 

Jesús Silva-Herzog – Aportan su perspectiva. Una de las labores más importantes de la Academia, a mi juicio, es  tener oídos para saber cómo se emplea el idioma español en nuestro país; la percepción de los juristas que están representados en la Academia es un aporte muy valioso, pues es un registro de la manera en que se habla en nuestro país, de lo que se alega en los tribunales, de lo que se legisla en las asambleas… 

El lenguaje técnico del derecho debería ser más entendible. ¿Cuáles son las reflexiones que están teniendo en la Academia sobre este tema? 

Jesús Silva-Herzog – Uno de los programas más importantes de la Academia tiene que ver con la contribución a un lenguaje claro. En particular, el lenguaje de los abogados suele ser terriblemente enredado, muy barroco. Que sea tan especializado hace que resulte incomprensible. Éste es uno de los problemas más serios en el mundo de la justicia en nuestro país, desde el momento en que ese lenguaje no es de los ciudadanos, sino al que solamente tienen acceso los especialistas, pues aleja a la justicia de la calle y la convierte en patrimonio exclusivo de unos cuantos. Hacer más clara la expresión jurídica tiene propósitos democráticos.

¿Hay algo en lo que se esté trabajando concretamente en la Academia? 

Jesús Silva-Herzog – Tenmos un programa del lenguaje claro en conjunto con otras academias de la Asociación de Academias de la Lengua. 

A propósito de la conversación que tuvimos hace dos años sobre su libro Andar y ver, recuerdo ese ejercicio de sumergirse en la cultura y en la vida cotidiana para observar la realidad. Esta realidad se transforma mucho más rápido que las leyes. En ese sentido, hay un horizonte cultural que va cambiando de manera natural, así como otros elementos, como la tecnología, la inteligencia artificial, las ideologías, en general, que manifiestan una exigencia con respecto al uso del lenguaje y presentan un desafío para las abogacías que parecen no moverse tan rápido. ¿Cómo observa este panorama? 

Jesús Silva-Herzog – Es un punto muy importante. No se puede pensar que el lenguaje es un tesoro que no se debe tocar, que debe estar en una vitrina, y que hay unos vigilantes que le están dando de manotazos a quienes quieren modificar el uso de las palabras y que desean impedir que lleguen expresiones de fuera. El lenguaje es una sustancia viva y creo que resulta difícil encontrar un momento histórico como el actual en el que haya habido un cambio tan intenso y veloz en la manera en que nos comunicamos. 

Toca a la Academia Mexicana de la Lengua ser receptiva de la manera en que se habla hoy español en nuestro país. No se trata de legislar cómo se debe hablar, ni de actuar como un policía de las palabras para reprender a quien las usa incorrectamente, sino –fundamentalmente— de dejar constancia acerca de cómo, a lo largo del tiempo, a lo largo de la historia, en un espacio determinado, la gente se comunica, recrea su idioma y lo vivifica, pues modificándolo así lo hace propio, le concede precisión; así se conecta con el mundo, con el presente. Toca a la Academia, reitero, esta escucha de lo que está sucediendo, de lo que se está diciendo. 

En el mundo del derecho suele haber mucho rigor con el lenguaje. ¿De qué manera esto ha alejado o acercado a las abogacías de la sociedad?

Jesús Silva-Herzog – Toda profesión genera un vocabulario propio. Astrónomos, matemáticos, ingenieros, economistas… necesariamente tienen un vocabulario que se va conociendo a través del estudio de sus áreas del conocimiento; lo mismo sucede con el derecho. Sin embargo, como dices tú, en ocasiones lo que encontramos en el discurso jurídico es una manera, casi una estrategia, de apartarse de la gente, de recrear un lenguaje que no es comprensible, que necesita un traductor, que requiere a alguien que haga comprensible lo que se está diciendo. Me parece que ésta es una tarea de la profesión jurídica que es realmente urgente, porque necesitamos una ciudadanía que fundamentalmente entienda sus derechos, que conozca cuál es el espacio de normas que lo cuidan y definen sus deberes en el seno a la comunidad. Tener un lenguaje accesible, comunicarnos con claridad, es una manera de fortificar la ciudadanía. 

La sociedad está reclamando que se le explique con claridad el derecho. Usted ya nos habló del esfuerzo de clarificar el lenguaje. ¿Qué considera usted que sería una palabra justa?

Jesús Silva-Herzog – La búsqueda de la justicia también es una exigencia de entendimiento. No puede haber justicia ahí donde no podemos comprendernos, donde no podemos tener un espacio común. Y ese espacio común no solamente es un fenómeno físico en el que podamos encontrarnos, como un parque, una calle, un mercado, sino, sobre todo, es un espacio verbal, de comunicación, en en el que lo que uno transmita otro lo comprenda y lo identifique (y pueda estar de acuerdo o en desacuerdo). Yo creo que en ese sentido la palabra es el gran instrumento de la justicia.

¿Por qué las abogacías deberían voltear a ver el trabajo de la Academia?

Jesús Silva-Herzog – La claridad es una fórmula de la generosidad. Uno es generoso en la medida en que busca ser comprendido, y no lo es cuando pretende lanzar una palabra indescifrable para que el otro se aleje y se intimide con quien la expresa.

La Academia Mexicana de la Lengua contribuye a que no sólo se busque la precisión y la claridad, sino a que se goce el lenguaje. Cuando uno se asoma a los trabajos de la Academia puede descubrir el deleite de la vitaliad de las expresiones y de las palabras, así como la atracción que hay en la búsqueda de nuevas fórmulas de comunicación, lo que en las palabras hay de ancestral y de fresquísimo. La Academia no es un instructor malhumorado que regaña a los otros porque no se comportan verbalmente como deberían hacerlo, sino quien comparte una invitación al disfrute de lo que nos hace personas, que es hablar, escuchar y comunicar.

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