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José López-Portillo Romano: tres crisis

López-Portillo


¿Qué lo impulsa a publicar Tres crisis: nacionalismo, neoliberalismo y era tecnoeconómica en esta coyuntura nacional?

López-Portillo – La primera razón —muy personal— es que, después de 20 años de la muerte de mi padre, decidí que había llegado el momento de documentar objetivamente lo que realmente sucedió en las décadas de 1970 y 1980, porque —la segunda razón— tuve acceso privilegiado a archivos presidenciales inéditos: actas de gabinete económico, entrevistas con actores clave, tanto de los presidentes Echeverría, López Portillo y De la Madrid, como de secretarios de Estado y líderes empresariales. Asimismo, desde luego, mi propia experiencia como testigo en esos hechos es fundamental.

Algo importarte es que lo que digo está respaldado con estos documentos. Buena parte del material resulta de mi investigación doctoral en Oxford, bajo la dirección de Lawrence Whitehead, que es uno de los grandes mexicanólogos. Esto proporcionó el contrapeso académico necesario para garantizar la objetividad e mi trabajo. 

La tercera razón es la urgencia actual. México está en un momento paradigmático crítico —la transición tecnoeconómica a la que me refiero en mi obra— y no podemos permitirnos repetir los errores del pasado esta vez.

En el libro usted señala que las crisis mexicanas no son inevitables, sino resultado de decisiones políticas mal alineadas. Si tuviera que identificar una sola constante institucional que explique las tres crisis a que se refiere, ¿cuál sería y por qué?

López-Portillo – La razón principal de las crisis es la cerrazón al diálogo y a la apertura. La incapacidad que hemos tenido de estudiar con rigor las crisis y las circunstancias, tanto internacionales como nacionales, y responder a ello con una estrategia previa antes de que la crisis nos devore, nos tome desprevenidos y nos imponga sus propios resultados.

Ese es el sentido principal del libro.

Uno. Tenemos que encontrar una estrategia. No lo hicimos en el pasado. La crisis de 1982 obedeció a que teníamos una serie de contextos externos que pensábamos que eran permanentes y continuos y una idea de que con ese contexto las medidas que se estaban implementando internamente iban a prevalecer, dar resultados y mantener la estabilidad y la viabilidad. No ocurrió así.

Dos. La entrada al neoliberalismo fue a golpe de crisis. No estaba calculada, concebida ni prevista ni siquiera la ruta hacia el neoliberalismo. Se trató, durante el periodo de Miguel de la Madrid —lo documento con gran detalle, con sus propios archivos—, de una serie de políticas monetaristas y ortodoxas que erraron una y otra vez y no pudieron estabilizar al país. Fue desde fuera, a través del Plan Brady y, más adelante, del Consenso de Washington, que se conformó la idea del neoliberalismo como lo conocemos ahora. Por supuesto, se había tratado de reducir el Estado, de privatizar, de abrir la economía al exterior, pero todo esto era resultado de la misma crisis que se vivía.

Luego el neoliberalismo se topó con su propia crisis. Primero, en la de 1994-1995, que, a diferencia de la nacionalización de la banca, se trató de la nacionalización del endeudamiento privado que salvó a la banca. Y luego la de 2008, que fue una crisis global que le pegó internamente al neoliberalismo mexicano que no pudo alcanzar los resultados que había prometido; no se sostuvo sólo por sus propias virtudes sino porque había heredado un país energética, agrícola y educativamente robusto, con infraestructura, y no se pudo sostener tampoco porque no había implantado una política de liberalización comercial ajustada a una industrialización y a una protección del desarrollo interno. Y luego la Cuarta Transformación surgió con su propia ideología justificada, legitimada en las elecciones, sin duda, pero que no está considerando que eso no basta para enfrentar la crisis actual.

Todo esto conforma una visión en la que el conocimiento riguroso, el diálogo y la elaboración de una estrategia y de una gobernanza efectivas son indispensables para lo que viene.

¿Considera que México ha sido históricamente más vulnerable por errores de diseño institucional o por la incapacidad política de ejecutar ajustes graduales cuando no eran posibles?

López-Portillo – Las dos cosas se tropiezan unas con otras. La falta de instituciones orilló a errores personales o de gabinete y el propio sistema priista dio lugar a fallas internas en la toma de decisiones, debido a sus mentiras, a su falta de información, a la debilidad de sus procesos de instrumentación; lo mismo que ocurrió en los gobiernos tanto de Echeverría y López Portillo, como de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas, así como de los sucesivos.

Yo documento cómo se trastocó la información del gobierno de mi padre, lo mismo que con la del gobierno de Miguel de la Madrid: errores institucionales llevaron a errores de decisión. Y esto sigue y sigue a lo largo de todos los gobiernos. Parece que no entendemos la lección. 

Respecto de la crisis de 1976 a 1982, ¿Cómo explicaría la crisis de 1976 a 1982 a una generación de nuevos economistas quienes no les tocó vivirla?

López-Portillo – El modelo de desarrollo estabilizador, que formaba parte del nacionalismo económico con un tipo de política económica determinado, enfrentó su agotamiento con la crisis de 1968, que reveló fracturas profundas en el sistema político y económico. En el político, falta de democracia. En el económico, falta de justicia social. Los gobiernos de Echeverría y López Portillo intentaron mantener el proyecto revolucionario con crecimiento, justicia social y rectoría del Estado, segúnlo sostuvieron. La crisis de 1982, de la deuda, por su parte, detonó el colapso del modelo nacionalista, que finalmente llevó a la nacionalización de la banca, la cual fue un punto de inflexión histórico. Y, finalmente, las falsas narrativas que surgieron de allí, de que el nacionalismo había sido corrupto, abusivo y despilfarrador, simplemente fueron unas historietas para justificar lo que vino después. En algunas cosas había razón, pero los hechos se caricaturizaron y se simplificaron.

¿Cómo leo planteamos esos hechos a los jóvenes de  hoy? Para ellos lo que pasó en 1982 es un tema lejanísimo y ni siquiera tienen idea del mundo que se vivía entonces. Y, por lo tanto, no tampoco tienen idea de por qué se tomaron ciertas decisiones. Vivíamos la Guerra Fría, el Estado rector estaba justificado, la economía mixta estaba plenamente justificada y legitimada y el sistema priista existía en un ámbito cuestionado por el movimiento de 1968, pero existía y prevalecía y prevaleció hasta recientemente. Lo que yo les sugeriría a los jóvenes es que se remonten a aquellas épocas y piense que el mundo que ellos perciben hoy no existía. El mundo estaba dividido entre comunistas y capitalistas. México era un país de los que proponían una economía de mercado bajo la rectoría del Estado y de los que exigían que el Estado fuera más activo en el crecimiento. Entonces la sociedad estaba igualmente dividida como ahora.

Un Estado rector ya no es viable, ni económica ni políticamente. En el ámbito legal, nuestros acuerdos internacionales ya no aceptan un Estado con esas características. Sin embargo, existen varios gobiernos —no solamente el mexicanao— que al parecer quieren volver a ese modelo. ¿Qué opina de eso?

El nacionalismo económico que murió en 1982 no se puede regenerar porque el régimen político era completamente distinto. La Revolución mexicana creó, poco a poco, instituciones o sistemas como el corporativismo; un partido que no era un partido político, sino más bien un pacto político —el Partido Revolucionario Institucional (pri)— en el que todos participaban y todos tenían un lugar: los empresarios tenían acceso a los secretarios y al presidente, las clases medias, igualmente; los movimientos obreros y los movimientos campesinos, todos tenían cabida e, inclusive, un papel, una posición; prevalecía la apertura del sistema político, de la legislación, de las gubernaturas.

Ese mundo ya no existe. Y un modelo semiautoritario que se podía ejercer por las características del pri, tampoco existe. El presidencialismo sí continúa como una especie de cesarismo democrático, pero eso tampoco existe. Entonces, cualquier comparación que se haga, con la que se insinúe que se quiere regresar a la forma de hacer política como se hacía en la década de 1970, está equivocada y es simplista e ingenua. 

Si México hubiera contado entonces con reglas fiscales, con reglas económicas contracíclicas creíbles, ¿habría evitado la crisis o su problema era estructuralmente más profundo?

López-Portillo – Sí, sin duda. Sin embargo, no podemos ver con los ojos del presidente por qué tomó ciertas  decisiones. Y lo que sucedió antes tenemos que verlo con los ojos de quienes vivieron esa época. En el mundo posteror a 1968, cuando se buscaba legitimar lo que restaba del nacionalismo económico, la oportunidad que se presentaba de aprovechar los recursos que tenía México y los recursos externos —como el crédito internacional— para crecer rápidamente, generar empleos y redistribuir la riqueza a través de una mayor productividad los beneficios del desarrollo, era una situación que estaba plenamente justificada, y no nada más por el Estado rector, sino por todos los actores sociales nacionales y extranjeros. Los empresarios estaban de acuerdo con un crecimiento acelerado, con cierto grado de estabilidad.

El desarrollo estabilizador también había muerto. Pero los empresarios estaban de acuerdo con el crecimiento —la alianza para la producción de López Portillo fue muy bien recibida—. Asimismo, los actores políticos estaban de acuerdo con la reforma política y con la Ley de Amnistía que permitían la participación de todos los actores políticos sociales mexicanos, en particular de los movimientos de izquierda —incluido el comunismo—, y la posibilidad de recibir apoyo para generar una infraestructura sólida en México era también bienvenida. Los bancos internacionales y los gobiernos extranjeros estaban apoyando a México; hacían fila para prestarle recursos económicos a México. Si aquéllos hubieran sabido que era inviable esa estrategia económica, no le hubieran prestado. Pero le prestaban masivamente no sólo al sector público, sino también al sector privado, que aumentó su deuda cinco veces, de 1977 a 1981-1982, y esa deuda privada, que creó parte de la tormenta perfecta que se gestó en esa época, fue absorbida por el Estado cuando nacionalizó la banca.

Entonces, lo que se veía entonces como una política económica viable, después de que los precios del petróleo se duplicaran a mediados de 1981 y las tasas de interés internacionales aumentaran, como efecto de la estrategia de la Reserva de Estados Unidos, de 5 a 22 por ciento, volvieron inviable ese modelo. Alguna vez dijo López Portillo que él era responsable del timón, no de la tormenta, y alguien le contestó que no, que también lo era de la tormenta. Pero eso no fue cierto, porque la tormenta se gestó en muy buena parte por factores externos sobre los cuales México no tenía ningún control. Lo que sí es cierto es que las decisiones que tomó México fueron un detonante de la gravedad de la crisis que resultó.

Imagínese usted que tiene la oportunidad de producir algo en su pueblo y pide dinero prestado para hacerlo e invierte para explotar lo que tiene con la finalidad de beneficiar a su familia y a su comunidad. Y cuando le prestan y empieza a explotarlo y todo le sale muy bien, de repente cambian los términos porque a sus deudores les deja de interesar lo que se iba a producir y lo que le han prestado se lo cobran cuatro veces más alto. ¿Qué hace? Si ya va a la mitad del camino ¿lo termina o no? ¿Qué hacer para resolver ese dilema? Declararse en bancarrota para no pagar. Pero entonces quien cambia los términos le vuelve a prestar un poco para que ustede sobreviva. Eso es más o menos lo que nos pasó en esa época

¿Qué fue lo más difícil, intelectual y políticamente, para escribir Tres crisis

López-Portillo – Transmitir la idea de que buscar la verdad requiere un enorme esfuerzo, no sólo intelectual y físico, sino también de honestidad. Las narrativas caricaturescas falsas, como las que se promulgaron del neoliberalismo respecto del nacionalismo, y las que ahora se divulgan de la Cuarta Transformación en relación con el neoliberalismo, y viceversa, no le sirven a México. Más bien le hacen daño. Eso fue lo más difícil, como reto intelectual: transmitir la idea de que hay que desmontar esas narrativas simplistas y falsas, y de que tenemos que los mexicnaos tenemos que unirnos, dialogar abiertamente entre todos, sin preconcepciones, para enfrentar lo que viene: una crisis global mucho más poderosa y profunda que las que hemos vivido con anterioridad.

Hablemos sobre la crisis de 1994-1995. A 30 años del Fobaproa, ¿cree usted que México aprendió la lección sobre riesgo moral y socialización de pérdidas?

López-Portillo – Lo que se hizo nuestro país se normalizó. Se pudo haber renacionalizado la banca, como se hizo en 1982. En el caso de 1994 se nacionalizó el endeudamiento. En los dos casos se buscó salvar al sistema financiero, tanto nacional como internacional. La deuda de 1994, sin el rescate del Fobaproa, hubiera colapsado al sistema mexicano. Lo hubiera remontado a la Edad de Piedra y el sistema internacional también hubiera tenido una crisis muy fuerte, como ocurrió a nivel mundial en 2008 en los países desarrollados.

Pero no aprendimos las lecciones de 1982 porque teníamos prejuicios muy arraigados. El neoliberalismo, todavía 20 años después, le seguía echando la culpa de la crisis a los desgraciados nacionalistas y a las debilidades de México. Alemania, 10 años después de la Segunda Guerra Mundial, se había recuperado y se volvió una economía viable. Japón lo hizo después de 15 años. No puede ser que en 15 o 20 años de políticas neoliberales no se pueda sacar al país adelante. Eso es absurdo.

Todas esas narrativas tienen que ser desmontadas y desacreditadas. Tenemos que pasar de ser niños y adolescentes con mentes infantiles, a ser adultos con una madurez probada para dialogar y tratar de entendernos entre nosotros msmos porque lo que viene, repito, es algo muy grave. Por eso necesitamos construir una nueva gobernanza, en la que participen el gobierno, los empresarios, un mercado eficiente, los académicos, los innovadores y la sociedad civil para forjar un México que pueda aprovechar las enormes ventajas que está ofreciendo la tecnoeconomía y evitar los riesgos catastróficos, y hasta existenciales, que representa ese modelo. 

Tenemos que dialogar. Eso es lo que ustedes, como abogados, están haciendo: abriendo el diálogo. Pero los neoliberales, los nacionalistas, los de la Cuarta Transformación, los socialistas, tenemos que sentarnos a dialogar y definir cómo vamos a forjar esa nueva gobernanza, porque no tenemos una política industrial, no tenemos una política educativa, ni tenemos una política de innovación. Todo eso lo abordo en mi libro. 

Cuando escribe sobre el estancamiento estructural, afirma que la actual no es una crisis de crecimiento explosiva sino una crisis de crecimiento silenciosa. ¿Esa es una trampa? 

López-Portillo – Es una trampa de falta de entendimiento, de conocimiento y de gran incertidumbre respecto de cómo se están reconformando las fuerzas geopolíticas y geoeconómicas internacionales. El mundo globalizado que conocíamos está desapareciendo. El mundo que tiende hacia la democratización también está desapareciendo. Lo mismo que el mundo del desarrollo y de la inclusión. Ahora estamos enfrentados un nuevo régimen, iliberal —en el sentido de que no es liberal—, en el que la geopolítica y la geoeconomía están fortaleciendo la asociación entre los grandes conglomerados de la tecnología digital y las grandes corporaciones y los políticos (los cuales constituyen una nueva oligarquía), con la fuerte presencia del crimen organizado en muchos países y el rompimiento de la tendencia hacia la democracia; inclusive la social. 

Esto propicia lo que algunos califican como autoritarismo competitivo, un modelo que desde el poder político y económico gesta la autocensura, la indignación, el castigo a quienes se oponen al mandato de esas fuerzas superconcentradas y a las ventajas que tienen algunos actores porque poseen sistemas de innovación, de educación, de infraestructura y de transparencia que no tiene el resto del mundo.

¿Qué significa desarrollo? Es como una semilla. La semilla se desarrolla, tiene el potencial de hacerlo, y, en las condiciones adecuadas, se convierte en una planta o en un árbol. Esta idea que desde Truman se extiende al resto del orbe, genera un mundo en el que hay países desarrollados —los que ya alcanzaron un cierto nivel industrial— y otros que están en desarrollo. Todas las teorías sobre le tema, como el nacionalismo económico, son producto de esa idea. Tenemos que proteger a nuestra industria para que se desarrolle y para que eventualmente sea competitiva. Ahora todas estas ideas están desapareciendo. Ya nadie está creyendo que la gran mayoría de los países pueda desarrollarse y alcanzar el nivel económico de las naciones poderosas. El mundo nos impone la tecnología y la información, así como las condiciones que provienen del exterior, sin nuestra participación. Nosotros no podemos hacer nada ante esa coyuntura La inteligencia artificial nos va a dominar de una manera o de otra, alterando todas nuestras actividades económicas. Tarde o temprano, la automatización nos va a afectar, bajemos los salarios cuando los bajemos, y las nuevas tecnologías van a arrasar con todos nuestros sistemas, y no solamente van a afectar a los obreros de cuello azul, sino también a los de cuello blanco.

En fin, enfrentamos una vorágine de cambios que no entendemos a plenitud y, en consecuencia, no estamos reaccionando a ellos estratégicamente.

¿Podría explicarnos cuál es el principal cuello de botella de nuestro país en cuanto a crecimiento?

López-Portillo – El cuello de botella está en la productividad, en la inversión pública, en el sistema fiscal, en el capital humano… No se puede generar mayor igualdad social y mayores oportunidades para el pueblo de México sin crecimiento. ¿Qué es lo que no poseen las estrategias actuales? Desde el neoliberalismo se abandonó la política industria; se desmanteló la banca de desarrollo; la inversión en educación ha sido insuficiente y de baja calidad y la investigación quedó estancada: representa de 0.3 a 0.4 por ciento del producto interno bruto, comparado con 10 veces más que el de Israel, Singapur y Corea del Sur, y con tres veces más que el de China; la inversión extranjera directa no ha generado transferencias de tecnología; la apertura, el proteccionismo y el t-mec no están protegiendo a las industrias nacientes de México; la infraestructura tecnológica es deficiente —¿dónde están las telecomunicaciones para garantizar internet de alta calidad?—, y el Estado de derecho es sumamente débil. 

Esas son las cosas que no se hicieron. Y lo que necesitamos en la era tecnoeconómica es un Estado emprendedor que sepa, junto con empresarios, académicos y la sociedad —una alianza estratégica entre estos actores—, generar un desarrollo sostenible, activo en la innovación y no sólo regulador de pasivos; gente con educación de clase mundial en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas; soberanía tecnológica; una política industrial inteligente; el aprendizaje de modelos exitosos globales, y diversificación política

México tiene muchas fortalezas. Pose una posición geográfica privilegiada, un bono demográfico que persiste, con una población joven increíblemente inteligente, con una cultura de la creatividad y la solución de problemas, con un gran potencial de capital humano, y con la posibilidad de formar un talento extraordinario. En el t-mec, que ahora está a punto de negociarse, tenemos la oportunidad de lograr una integración inteligente en las cadenas de valor estadounidense y, en general, del mundo.

Pero para lograr lo anterior, los mexicanos tenemos que ponernos de acuerdo, el cual no puede surgir sólo de un lado de la balanza ideológica. Todos tenemos que participar; todos debemos sentirnos apoyados y no discriminados ni amenazados por un autoritarismo competitivo como el que describí antes.

¿Cómo va a afectar la inteligencia artificial la relación de los trabajadores en los modelos económicos?

López-Portillo – He trabajado sobre este tema durante los últimos 20 años en la Universidad de Oxford y en otras partes. He sido asesor del secretario general de la Organización de las Naciones Unidas en el ámbito de la ciencia, la tecnología y la innovación. Y he trabajado en cuestiones de inteligencia artificial; soy miembro de varias organizaciones internacionales, en las que he participado en la elaboración del informe sobre seguridad e inteligencia artificial, el más ambicioso, profundo y completo que se ha generado en el mundo.

Mi percepción del avance de la inteligencia artificial y su impacto en la vida cotidiana en el mediano y largo plazos en México y en todo el mundo es que es contundente y absoluto. Es decir, no hay nada que lo detenga. Hay una carrera geopolítica por la supremacía de la inteligencia artificial y las tecnologías que derivan de ella; por la preeminencia de las grandes corporaciones digitales que las dominan, y por los sistemas de innovación y educativos. Lo que quiero decir con esto es que la aceleración tecnológica y de la inteligencia artificial es exponencial. Mientras tanto, nuestra gobernanza, nuestro avance institucional, es lineal. ¿Qué significa lo anterior? Que nuestra capacidad de adaptación también se acorta exponencialmente. Yo no lo veo a 10 años ni a 20 años. Yo lo veo en cinco años. En ese periodo, los países que no se hayan posicionado en estos términos habrán perdido su oportunidad. Eventualmente, si el mundo se recompone y no se autodestruye, de alguna manera dichos países se incorporarán a la carrera, pero por lo pronto habrán perdido su posición de ventaja. Y me refiero especialmente a México.

¿Cómo se puede mantener un sistema político estable con una sociedad —y una geografía— dividida? Quizá con la represión o con un sistema autoritario —primero digital y luego tecnológico—. No intuyo otra forma, porque la primera función de cualquier régimen político es su supervivencia, su estabilidad, su perpetuación. Y lo anterior es lo que van a hacer todos los regímenes que estén a cargo de México y de muchos otros países para sobrevivir.

Ese es mi temor: la tendencia, en este ambiente iliberal, hacia un autoritarismo competitivo que conduzca a un autoritarismo digital y a un totalitarismo tecnológico. Me preocupa que no estemos reaccionando ante la coyuntura actusl Pero, por otra parte, hay oportunidades extraordinarias: resolver problemas de salud, de educación, de cultura, de movilidad, de seguridad, por ejmeplo. Todo eso está ahí a nuestro alcance. Tenemos que hacer lo necesario para que ésta sea nuestra realidad y no la otra: la de los  riesgos existenciales.

Cuando Tres crisis sea leído dentro de 20 años, ¿qué le gustaría que los juristas y los economistas hayan entendido mejor sobre el papel del Estado mexicano actual?

López-Portillo – Que el Estado mexicano supo, por primera vez, después de muchas crisis, estudiar con rigor lo que ha ocurrió en el pasado y responder con seguridad y eficacia a los retos que enfrentaba el país, el cual no permitió que la crisis externa y las condiciones internas lo desbordaran y lo obligaran a responder caóticamente, con gran incertidumbre y con un oneroso costo social. Ojalá este libro contribuya a abrir el diálogo y la participación de todos.

Para mi propósito, no sólo he escrito este libro, sino que también estoy haciendo muchas otras cosas —en la Organización de las Naciones Unidas, y también en México, con diversas fundaciones— para alcanzar lo que estoy proponiendo. Yo voy a seguir luchando hasta el final de mis días para evitar que el destino de mi país sea un fracaso y para garantizar que aproveche todas las oportunidades que se le presentan en la actualidad. 

¿Cuál sería el error institucional que México no debe volver a cometer? 

López-Portillo – Primero, la rigidez, la ignorancia acerca de lo que está sucediendo, la indiferencia, la descalificación, la ideologización, la discriminación; segundo, la incapacidad de forjar una gobernanza altamente adaptativa. Esos son los dos riesgos que ningún funcionario público, ningún empresario, ningún intelectual, ningún líder social, pueden permitir que pasen. Esta vez no. Esta vez la advertencia sí va en serio.

Puedes encontrar el libro Tres crisis, aquí.

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