Luciana Wainer: el otro lado de la criminalización del aborto en México

Platicamos con la periodista Luciana Wainer acerca de su libro Fortuito: el otro lado de la criminalización del aborto en México, una investigación que nos aproxima a la las historias de las víctimas del sistema jurídico mexicano y donde se asoman las complejidades a las que se enfrenta el esfuerzo por descriminalizar el aborto en México, desde el acceso a las historias y la información detrás de cada caso, hasta la forma en la que el entramado jurídico logra codificar en categorías intocables su rechazo cultural a este fenómeno al que suele extirpar de su contexto.


Luciana Wainer

Soy feminista, soy una periodista argentina que vive en México hace muchos años, que ha realizado casi toda su carrera aquí, y me especializo y tengo un compromiso particular con los derechos de las mujeres, en general, y los derechos sexuales y reproductivos en particular. 

Has trabajado una importante investigación para acercarnos a lo complejo que es el fenómeno de la criminalización del aborto en México, desde anets, incluso, de que entre en el marco legal. ¿Dónde localizas que empieza este proceso? 

Luciana Wainer – Empieza y termina en lo cultural. Evidentemente lo jurídico está profundamente relacionado, pero sí hay una criminalización que empieza mucho antes, desde el entorno más cercano (la comunidad) y después en otros entornos (por ejemplo, el de salud); está comprobado que la mayoría de denunciadas por el delito de aborto o por cualquier otro delito relacionado, contra mujeres que han tenido un aborto fortuito o autogenerado, normalmente vienen del entorno médico, del personal de la salud.

Esto es muy interesante porque estas denuncias a veces son con dolo, pero otras son con desconocimiento de las leyes y de todos los avances que ha habido –médicos o médicas piensan, en ocasiones, que si no reportan a las autoridades están siendo cómplices de un delito–. Todo esto hace que una mujer pueda terminar en la cárcel después de una emergencia obstétrica, de un parto fortuito, de un parto prematuro, de un aborto espontáneo o de un aborto autogenerado. 

Si nos remontamos más atrás, podemos hablar incluso de la falta de educación sexual en las escuelas, del tabú que todavía pesa sobre el cuerpo de las mujeres, sobre nuestros cuerpos. Eso, por supuesto, está relacionado con la criminalización del aborto; en realidad es casi una criminalización del cuerpo de las mujeres. Ahí empiezo mi texto. De alguna manera nuestros cuerpos son juzgados, las leyes caen sobre ellos y pareciera que no nos pertenecen. 

Esa concepción antecede a las leyes y cualquier tipo de marco regulatorio, y tiene que ver con lo cultural, con lo patriarcal. Por eso cuando hablamos de lo patriarcal nos referimos a un sistema, porque es transversal a todos los temas (no solo tiene que ver con el aborto, o con la violencia de género, o con la violencia sexual); es un sistema que opera en todos los ámbitos de nuestra vida.

Parte, entonces, de lo cultural y desde ahí es donde se hacen las leyes con las que terminamos  perdiendo siempre las mujeres.

Me gustaría abundar sobre esta noción del cuerpo como territorio que han abordado múltiples feminismos; el cuerpo como ese espacio que está en una disputa de la que no participan necesariamente las mujeres. ¿Cómo dimensionar un cuerpo como territorio? ¿Cómo esa concepción impacta a la forma en la que se está concibiendo el aborto como un delito?

Luciana Wainer – Es un tema vastísimo. En principio, la autonomía corporal debería ser uno de los primeros objetivos. Durante las olas del feminismo, el cuerpo ha estado presente constantemente, aunque no siempre como el eje de la discusión. Cuando se convierte en eje, empiezan a salir muchísimas cosas. Eso me pasó con el libro. 

Empecé a investigar con la idea de tocar el tema de la violencia física en contra de las mujeres; el tema se colaba por todos lados. Inevitablemente estas mujeres no solamente habían sido víctimas del Estado que las había criminalizado, sino también de otras formas de violencia: sexual, física, institucional, dentro de su propia comunidad, a partir de estereotipos o de prejuicios en contextos muy distintos. 

Al final hay una columna vertebral que tiene que ver con la objetivación de la mujer y de nuestro cuerpo. Ahora se ha escrito mucho sobre eso; cuando hay una violación, por ejemplo, no solamente se trata de una agresión de un individuo a otro, sino de un mensaje de poder entre hombres, en el que la mujer queda relegada como un objeto –la objetivación de su cuerpo para mandar mensajes a otros hombres y la sociedad–. Esto pasa mucho en el entramado jurídico: no son solo acciones concretas que se realizan en contra de una persona –de una mujer en este caso–, sino que hay mensaje que se manda y un símbolo que se construye a partir de eso –complejo, interesante e indignante a la vez–: las sentencias contra estas mujeres son ejemplares y comunican a las demás lo que le pasa a quienes no siguen el mandato de la maternidad.

En ese sentido, el cuerpo está presente constantemente, el cuerpo es el inicio. En todos los casos hay violencia: violencia sexual que produce el embarazo, luego vienen la emergencia obstétrica, el parto fortuito y la criminalización; o violencia física que produce la pérdida del embarazo que criminaliza a las mujeres.

El cuerpo siempre ha sido este primer territorio, y sobre éste se terminan generando guerras donde nosotras casi no participamos. Hay disputas y leyes que lo transgreden. Las mujeres vivimos antes que nada la violencia en el cuerpo. Nuestras primeras experiencias de violencia siempre son corporales (un tocamiento indebido en el transporte público, por ejemplo); es el primer contacto que tenemos con esa violencia. Luego podemos estudiar, discutir, teorizar, investigar la violencia, pero está ahí primero.  Si los hombres preguntan a las mujeres a su alrededor a qué edad fue la primera vez que transgredieron su cuerpo –porque no se trata de si le pasó o no, sino a qué edad le ocurrió–, normalmente escuchará que fue durante la adolescencia o incluso la infancia. De ahí parte nuestra experiencia con la violencia y esta sensación de que nuestro cuerpo nos pertenece, pero no tanto.

Puedes encontrar la obra de Luciana Wainer, Fortuito: el otro lado de la criminalización del aborto en México, a través de este enlace.

Desde esta concepción cultural donde el cuerpo de la mujer está en disputa, ¿cómo se empiezan a manifestar estas violencias en el aparato de justicia (fiscalías y tribunales)?

Luciana Wainer – Lo primero tiene que ver con la concepción de que si no se denuncia a una mujer que probablemente tuvo un aborto autogenerado, se está cometiendo un delito. Ahí hay un factor cultural clarísimo que influye en su círculo inmediato (porque normalmente son mujeres que están en un hospital, una clínica o un centro de salud). En este sentido, el factor cultural opera primero dentro del personal de la salud.

Ahora bien, cuando entra el sistema de justicia en juego, primero se da una revictimización. En muchos casos, las mujeres que acaban de tener una emergencia obstétrica –en la que casi pierden la vida, y donde pierden muchísima sangre– y que están hospitalizadas, son esposadas a su camilla dentro del hospital. Hay casos muy específicos con características particulares. Por ejemplo, pienso en Aurelia, una mujer indígena de la sierra de Guerrero que no hablaba español, a quien esposaron las autoridades cuando llegaron al hospital. No había traductor ni ningún tipo de mediación cuando la atormentaron con preguntas hasta declarar que algo –sin saber qué– había hecho. Así hay muchísimos casos con irregularidades que empiezan desde el minuto cero y terminan hasta la sentencia. 

Esta concepción cultural que hemos comentado se traduce en el ministerio público y en los abogados que la defienden. Muchas de ellas cuentan que en un inicio se abre una carpeta de investigación por el delito de aborto, pero que luego el delito se reclasifica a homicidio en razón de parentesco, homicidio calificado o filicidio; y la persona defensora no dice absolutamente nada y ellas en ese momento no se enteran y terminan entendiendo lo que ocurrido en esa reclasificación muchísimos años después. Evidentemente, son mujeres que no habían tenido ningún tipo de contacto con el sistema de justicia.

Partiendo de esa base, todos los actores que participan en este proceso jurídico, están insertos en el mismo sistema patriarcal que todos nosotros, los prejuicios y la violencia en contra de las mujeres del sistema cultural influye sobre ellos. Pienso, por ejemplo, en uno de los jueces que dice en algún momento: “bueno, ni un perro hace lo que tú hiciste”; o en una de las juezas que tenía sentados a los padres de la acusada, que en realidad era una víctima de violencia sexual que quedó embarazada y tuvo una emergencia obstétrica donde perdió el producto, y que estaba siendo juzgada por homicidio: los padres no hablaban español y estaban sentados, según ellos, ayudando a su hija durante el juicio, pero lo que en realidad estaba pasando es que estaban utilizando su testimonio para inculpar a su hija como si fueran víctimas indirectas del “homicidio”. 

Los cinco casos centrales retratados en el libro son de mujeres que están en situación de pobreza que han sido víctimas de otros delitos que tienen algún tipo de vulneración en su entorno y que llegan ante la justicia absolutamente vulnerables, en una desigualdad de condiciones brutal. La violencia en contra de estas mujeres y la concepción patriarcal sobre su cuerpo opera en todos los pasos porque lo primero que hace el Estado es fallar en la atención de salud. En todos estos casos estamos hablando de emergencias obstétricas; es decir, de emergencias de salud donde el Estado debió haber intervenido para brindarle a estas mujeres salud que es un derecho. Y no solamente no ocurre eso sino que además hay una criminalización y una revictimización.

Algo que me pareció interesante –sin ser abogada, sino periodista– es que cuando leía los expedientes de estos de estos casos, no estaba la voz de las mujeres, la voz de la única persona que había estado durante la emergencia obstétrica; los hechos estaban reconstruidos a partir de alguien más, que no había estado –por ser un hecho tan íntimo, lo primero que pasa normalmente es que estas mujeres van al baño o van a la letrina–; la reconstrucción de lo ocurrido está hecha a partir de personas que no estaban: del que escuchó, del policía que llegó, de la persona que marcó al 911 o a las autoridades; la voz de la mujer está completamente invisibilizada desde el minuto uno. A veces le toman su testimonio muchísimos días después. Cómo se podía reconstruir una escena sin la voz de la única persona que estaba presente. Eso se ve en las sentencias.

Pienso en Susana, una mujer que tuvo un embarazo deseado con su pareja, y que una noche fue brutalmente golpeada hasta perder el producto de ese embarazo –y casi su propia vida–. Fue sentenciada por homicidio a 45 años de prisión; estuvo 20 años sin ver a sus otros hijos hasta que salió por una ley de amnistía local. Las mismas personas que supuestamente defienden una vida por nacer, no defienden a los niños vivos que están en la casa, que tienen una vida, que van al colegio y que terminan trabajando dentro de la escuela para poder mantener la defensa legal de su madre o que pueda comprar algo dentro de prisión. 

Son mujeres que quedan completamente invisibilizadas, nadie sabe de ellas y solo podemos acceder a sus casos si las conocemos y nos cuentan lo que les pasó; las estadísticas las presentan como mujeres homicidas.

En relación con este tipo de casos, los hechos se reconstruyen desde afuera, no desde la voz ni la experiencia de quien los vivió. Aunado a ello, la perspectiva cultural de las abogacías termina por impactar la forma en la que defienden o no un caso y la forma en la que lo categorizan. Esto impacta en cómo lo presentan los medios de comunciacaión. Hay un marco cultural, jurídico y social donde se cuadra la descripción y la construcción del relato. En esa construcción, el aparato de justicia tiene un rol en la reconfiguración del delito y su forma de ser perseguido y penado. ¿Cómo has descubierto que se dan estos delitos relacionados con el –pero no categorizados como– aborto? ¿Cuáles son?

Luciana Wainer – Llego a esto a través de las colectivas feministas, de los grupos de activistas y de las mujeres defensoras que acompañan este tipo de casos. En realidad, lo que quería hacer originalmente era una especie de mapeo sobre la criminalización del aborto pensando propiamente en ese delito, pero cuando empecé a pedir cifras a las instituciones, me respondieron que había muy pocas y que había más hombres sentenciados que mujeres –por ejemplo, el personal de la salud que realizó el aborto–. Se me hizo muy raro teniendo en mente la narrativa de las autoridades de que se trataba de un delito existente pero en desuso –a pesar de que las carpetas de investigación se siguieran abriendo1

Había algo de esa información que estaba recibiendo –o de esa falta de información– que no me hacía sentido. En alguna de las conversaciones que tuve con Verónica Cruz, la directora de la colectiva Las Libres, una organización que ha trabajado muchísimo con este tema, me dijo que no tenía personas sentenciadas por el delito de aborto, pero sí por homicidio en razón de parentesco, por homicidio de doloso y por infanticidio. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Me explicó que las autoridades estaban abriendo carpetas de investigación por esos delitos: homicidio doloso, homicidio en razón de parentesco, infanticidio, filicidio; cuando se trataba de pérdidas gestacionales, de emergencias obstétricas, de partos fortuitos, de partos prematuros o incluso de algún aborto autogenerado. Esa información me impactó, no podía creer lo que me dijo, por lo que tuve que seguir investigando. Al principio pensé que era un caso aislado, un surrealismo jurídico perdido en el país, y no sabía si podíamos hablar de una actitud generalizada pero sí sistemática –porque hay casos en todas las entidades–.

El lenguaje es fundamental porque tipifica el delito, y también configura la forma en la que nos acercamos a este fenómeno. Los medios de comunicación en muchas ocasiones son un factor clave a la hora de configurar la forma en la que nos vamos a acercar al fenómeno. Si una afina la vista o la escucha, nos encontraremos constantemente con titulares de este tipo: “Madre asesina a su hijo”. Pero si leemos la nota, veremos que en muchos de esos casos las mujeres no sabían que estaban embarazadas y que tuvieron una emergencia obstétrica en un lugar público. Me cruzo con este tipo de titulares todo el tiempo. Y si nos adentramos en los hechos, que ni siquiera sabemos si son exactamente como se narran –sino lo que se sabe o la versión que las autoridades han dado–, nos daremos cuenta de que normalmente estamos ante emergencias obstétricas y que la construcción narrativa no tiene nada que ver con lo que ocurrió. 

Cada vez más hay una conciencia mucho mayor sobre el tema y en muchas ocasiones también los medios y también obviamente las colectivas, los grupos de mujeres y la sociedad en general ejercen presión y logran ciertos avances. Por ejemplo, pienso en la adolescente de Querétaro que fue abusada sexualmente y, producto de esa violación, tuvo un embarazo, luego una emergencia obstétrica, y que además vivía con una discapacidad; estaba siendo juzgada por homicidio. Ese caso cobró relevancia en los medios de comunicación, hubo una presión brutal contra las autoridades y la Secretaría de las Mujeres logró este diálogo con la Fiscalía de Querétaro, y se alcanzó un acuerdo. Esos casos pasan todo el tiempo, no siempre llegan a los medios de comunicación y no siempre llegan con la información suficiente para terminar de entender qué es lo que realmente ocurrió. Porque hay algo más de lo cultural que también opera y que tiene que ver con que muchas veces estas mujeres –esto me lo han dicho ellas– piensan, en primera instancia, antes de llegar con las colectivas de mujeres o con las activistas, que sí hicieron mal. Con la criminalización y la revictimización, con el repudio muchas veces de su círculo cercano, llegan a los centros penitenciarios y todas sabían lo que supuestamente había hecho, “haber asesinado a su bebé”, y entonces recibían más violencia desde ese lugar, por lo que en algún momento terminaban pensando que sí eran culpables. Eso aunado a un factor médico relacionado con el shock, con la situación traumática, con la pérdida de sangre. Es decir, el momento de un parto fortuito en un lugar que no está preparado para eso y cuando una no está preparada porque no sabía que estaba embarazada, tiene una carga extra que, con la presión cultural y con la revictimización y con la criminalización, hacen sentir a las mujeres culpables. 

Repito, cada vez más estamos un poco más atentos a eso, pero estamos lejos de tener una concepción completa sobre cómo opera la criminalización de las mujeres y cómo opera el sistema de justicia con las mujeres más pobres o que han sufrido violencia o que están en lugares remotos o que no han podido acceder a servicios de salud. Al final México son varios Méxicos.

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A la luz la complejidad material de acceder a los expedientes de muchas de estas historias sin conocer a las mujeres víctimas que han sido sentenciadas, y de lo útil que podía resultar el acceso a cierta información a través de solicitudes de información, ¿qué retos identificas que habrá ahora que las autonomías de los organismos de acceso a la información pública están siendo eliminadas?

Luciana Wainer – Yo no podía acceder a los expedientes si no era a través de la familia, de ellas mismas, de sus abogadas o de las colectivas. Lo que hizo Equis Justicia para Mujeres [justicia abierta] es importantísimo y nos dio muchísima luz a muchos periodistas. Muchas veces he pedido la versión pública de los expedientes, pero es mucho más difícil así llegar a un caso. En estos casos en particular, al expediente yo accedía por estas personas.

El tema de las solicitudes de información, bueno, el reto creo que es grandísimo. Lo que pasaba en este caso –esta investigación fue antes de la desaparición del INAI–, era que, al ser una tipificación tramposa, no había manera de explicar lo que yo necesitaba, no había manera de ver los detalles de las sentencias por homicidio en razón de parentesco, pero contra productos en gestación, porque el organismo respondía que no podían hacer búsquedas específicas con base en una petición específica. El problema ahí está en la tipificación, en pensar que una emergencia obstétrica es lo mismo que un homicidio. Si seguimos teniendo jueces que dictan sentencia de esa manera, no va a haber forma de hacer otra cosa. Ahora, a partir de la desaparición del INAI, todo se vuelve mucho más complejo, porque si bien la transparencia sigue existiendo y seguimos mandando nuestras solicitudes, todo se traba en el caso de que las instituciones no brindan la información; antes teníamos al INAI para irnos a quejar y éste podía obligar a la institución a entregar la información. Ahora lo que pasa es que el Gobierno se pide a sí mismo entregar la información; hay ahí un conflicto de interés evidente que vuelve todo mucho más complejo. De todas formas, yo creo que hay que seguir utilizando el Sistema de Transparencia y seguir exigiendo a la Secretaría de Anticorrupción y Buen Gobierno que nos brinden la información porque es un derecho.

Mencionabas también los hechos, que en el campo jurídico son tan importantes. Estos hechos estaban reconstruidos a partir de la visión de alguien que era de la persona que lo había vivido, pero además habían sido extirpados de su contexto, y eso era determinante para los casos. Si una mujer sufrió violencia sexual, o violencia física, o está en una situación de que no ha acudido a una sola consulta de médico durante 9 meses, ¿cómo esa información no forma parte  del expediente, ni del juicio, ni de la defensa de los abogados? No quiero señalar en particular a nadie. La otra cara de la moneda es que había muchísimos abogados de oficio y cuando hablé con ellos me di cuenta de que tenían una cantidad de trabajo que hacían imposible abordar esos casos responsablemente, leyendo el expediente, comprometiéndose con la defensa, etcétera. 

El contexto lo es todo. Por eso desde el periodismo es importante que contemos estas historias. No es lo mismo comunicar que una mujer que tuvo una emergencia obstétrica y está presa, a comunicar que una mujer que estaba trabajando y se empezó a sentir mal, sin saber que estaba embarazada, que vivía con tiroides y entonces subía y bajaba de peso, que fue al baño, tuvo una emergencia obstétrica, empezó a sangrar, no sabía lo que pasaba, entró en shock, tardó en llegar la atención médica, no dejaron entrar a la Cruz Roja en el centro comercial, se la llevaron a un centro de salud a donde llegaron las autoridades a buscarla porque la habían denunciado. Con ese contexto cambia la percepción que se tiene sobre las cosas. Sin ello, entonces las mujeres pierden. 

¿Qué consideras que deberían estar haciendo las abogacías con la información que has hecho pública con tu investigación? 

Luciana Wainer – Lo primero es informarse, tener ganas de entender y de saber. Todavía hay un gran desconocimiento –y quizás falta de interés– sobre este tema en particular, que no es exclusivo del mundo de la abogacía. La cultura opera ahí de una forma muy extraña. Dafne me contó que su abogada, en algún momento le dijo que era culpable; la persona que la estaba acompañando legalmente le dijo eso.

Los legisladores no pueden legislar con su con su sentido ideológico, con su creencia religiosa… las abogacías tampoco pueden trabajar así. 

No sé si el camino para que estos casos dejen de pasar está tan solo en las leyes, creería que no, porque no hay ninguna forma de modificar la ley para no hacer que alguien tipifique una emergencia obstétrica como un homicidio. Lo que sí pienso es que si todos estamos completamente de la aberración cada vez va a pasar menos, y si alguien sigue juzgando de esa forma, todos y todas podemos gritar fuerte para que no pase y ejercer la presión necesaria para detenerlo. 

Es fundamentalmente una cuestión de conocimiento, de interés y de trabajo. Al final las abogacías son quienes buscan el resquicio legal para hacer que estas mujeres salgan de prisión. Me acuerdo mucho del caso de un grupo de mujeres en Guanajuato que estaban en la misma prisión y que tenían todas sentencias por homicidio en razón de parentesco con historias muy similares; ya tenían sentencias firmes y estaban en la cárcel. No sabían cómo hacer para sacarlas, lo que terminaban pidiendo y logrando era reducir la cantidad de la pena por el homicidio en razón de parentesco, y cumpliendo la pena menor salían. Al final no modifica la situación de base, solo reduce la pena. Pero son abogadas y abogados quienes están chambeando para encontrar ese resquicio, para sacar a esas mujeres de algo que a todas luces es una injusticia. Y así en todos los casos. Una mujer del Estado de México salió por un gris en la ley de amnistía local, y porque le cuentan la historia a la gente que termina convencida. Lo mismo pasa en Guerrero, cuando salió Aurelia, una mujer indígena que fue sentenciada tras una emergencia obstétrica después de haber sido violada por un policía municipal, cuando la jueza argumenta que, como no había nadie en el momento de la emergencia obstétrica, no podía comprobar que Aurelia hubiera matado al producto. Estas victorias grises, agridulces, porque evidentemente se le hace justicia a una mujer, pero no se puede lograr ni el antecedente ni la reforma necesaria para que eso no vuelva a pasar. ¿Cómo garantizamos la no repetición? Las abogacías, ojalá pudieran… 

Pensemos todos juntos en cómo hacer para garantizar la no repetición y no solamente estar atendiendo los casos en particular y sacando a las mujeres como se puede en el momento que se pueda.

Dentro del feminismo existe cierta jerarquía, mucha legitimación por parte de feministas grandes, y cierta monopolización de la experiencia; es decir, a una le pasó y le dice a todas cómo se deberían sentir. En cierta medida pienso que a veces una necesita validar su experiencia mediante otras grandes. Lo que me parece muy especial de este libro es la manera en la que retoma esta historia oral, al ser ellas quienes cuentan su historia. Es muy significativo que las víctimas, por fin, dentro del mismo feminismo, puedan tomar las riendas de su propia historia. Estoy segura que muchas de esas mujeres nunca se habían acercado completamente al movimiento, o no estaban militando activamente; sino que tenían un feminismo intuitivo (María Galindo), una raíz, no por algo leído, sino por la experiencia de una injusticia que les atraviesa. ¿Cómo cambió tu visión dentro del movimiento después de este libro?

Luciana Wainer – Es el gran desafío del periodismo, cómo contar una historia que no es la propia –y que al mismo tiempo fue el tema de todo el libro–. Yo tenía miedo de monopolizar las historias o de extirparlas. Hay un tema ético en el periodismo sobre cómo utilizamos las vivencias ajenas; con una buena intención pero muchas veces es difícil retribuir lo que nos dan que sobre todo es una confianza inmensa y el tiempo y las ganas de volver a vivir todo eso a pesar de que uno no vuelva sobre ese tema pero inevitablemente el tema sale y es un gran desafío. Es una pregunta que sigue abierta para mí sobre cómo hacer para que a nuestras fuentes –sobre todo cuando hablamos de víctimas o sobrevivientes– les podamos devolver algo de lo que nos dan, y que no se reduzca al momento en el cual su historia funciona para algo y después nos olvidamos del tema. Es muy complejo.

Muchas de estas mujeres sí tienen una transición en la cual se asumen como feministas y trabajan en organizaciones o forman parte de acompañamientos de abortos. Pero no sé si todas terminan llamándose feministas. Pero creo que volvemos un poco al tema del cuerpo. Lo que me queda claro es que todas saben que si hubieran sido hombres eso no les hubiera pasado, porque en todas esas historias hay hombres que son exculpados de inicio; todos hablamos del aborto y del embarazo, pero nadie habla de la otra parte: ningún juez pregunta. Hay violentadores que están libres mientras las mujeres están presas por un delito que no cometieron, hay abogados que violentan a las mujeres… Es decir, en todas las historias hay algún hombre exculpado automáticamente. Me queda claro, reitero, es que todas saben que hay una justicia diferenciada entre hombres y mujeres porque lo han vivido y porque les ha atravesado el cuerpo. Una vez más el cuerpo se vuelve el primer territorio tangible a través del cual la injusticia, la violencia, el machismo y el patriarcado violentan.

En mi visión del feminismo, siempre intento escuchar –aunque me paguen por hablar–. Yo creo en la escucha porque los contextos de esas mujeres son muy diferentes al mío. Yo empecé el libro sabiéndolo y atormentándome por lo mismo no queriendo ir a contar historias de un contexto completamente diferente al mío, desde el privilegio que yo vivo. Sin embargo, confío absolutamente en la escucha y en entender. No puedo sacarme mi privilegio encima y dejarlo en un sofá, pero puedo entenderlo y estudiarlo y, a partir de eso, seguir contando las historias que quiero contar. No tenemos que vivir todo para reportearlo, para cubrirlo; sí tenemos que escuchar más de lo que hablamos. 

¿Por qué la despenalización del aborto, y los derechos sexuales y reproductivos en general, deberían preocuparnos en nuestro país?

Luciana Wainer – Este momento histórico que estamos viviendo nos recuerda constantemente que los derechos ganados se pueden revertir; donde pensamos que estábamos seguras hoy, mañana quizás no. Las mujeres terminamos siendo normalmente las primeras perjudicadas con gobiernos de ultraderecha y gobiernos autoritarios que retroceden en términos de derechos y en términos narrativos.

Es una respuesta al auge del movimiento feminista y nos tiene que dar ese impulso de entender que tenemos que ir más allá, que no hay que aflojar, que no se puede ceder ni medio centímetro. Tengo una visión quizás ingenuamente optimista, pero creo que es más fácil volver a recorrer los caminos que ya se han recorrido. Incluso en los lugares donde se revocan las leyes, incluso en Estados Unidos con la revocación de Roe vs. Wade o en Argentina con el cierre del Ministerio de Género. Así como decimos que la experiencia del cuerpo es intransferible, la experiencia recorrida no hay manera de que te la quite nadie. Vamos a volver por ese camino –como el curso del agua, aunque esté seco el surco, se vuelve a llenar–. Tenemos que ser conscientes de las reacciones mundiales que ha suscitado que queremos tener derechos básicos y tratar de subsanar ciertas en equidades históricas, y que todo lo que pensamos que ya hemos ganado, tiene un grado de riesgo e incertidumbre.

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Ignacio Soto Borja: 55 años de notariado

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