Mónica Mayer: arte que cuestiona y agita

Mónica Mayer utiliza performance, archivo y tecnología para construir un arte feminista que cuestiona la desigualdad y amplía la voz de la mujer. Sus obras integran al público, transforman experiencias cotidianas en reflexiones colectivas y resignifican espacios públicos y museísticos como lugares de diálogo y aprendizaje compartido.


El performance ha sido clave para tu obra. ¿Qué posibilita el cuerpo como soporte dentro del arte feminista en tu trabajo?

Mónica Mayer – Todas son herramientas, formas de hacer trabajo. Para mí es tan interesante hacer un video para TikTok con inteligencia artificial como una pieza que requiere el cuerpo. Algunas piezas que requieren el cuerpo; otras, no. Hay diferentes maneras de utilizar el cuerpo también, porque para el arte se usa para todo; es difícil no usarlo. El se ahce con el cuerpo. Tiene un aspecto de la presencia muy fuerte, a diferencia de un cuadro. La presencia de una persona siempre es diferente a solo una representación o una imagen. En este setnido, depende de qué requiere la obra, qué tipo de presencia o qué tipo de trabajo esté haciendo.

¿El arte es siempre político o cómo ocurre esta transición de un gesto artístico a una acción política?

Mónica Mayer – Siempre se puede analizar el arte desde cuestiones políticas, sin duda alguna; pero no pienso en qué voy a lograr políticamente con mi trabajo. Hay planteamientos que se hacen, pero son ámbitos diferentes. Hay quienes tienen un objetivo más claro al hablar de ciertas temáticas, trabajar de cierta manera, que plantean un cambio de política en el arte que quizá no sea tan clara. Con el arte feminista, por ejemplo, no nada más se trata de hablar de mujeres, sino que se tiene que cuestionar la relación con el público y con el trabajo colectivo, para que no sea tenga la tradicional idea de genio en el arte.

Entonces, a partir de lo que se produce también se hacen planteamientos sobre otras formas de ver el mundo y de entender las relaciones humanas. Pero eso sale ahí, no es como hacer un cartel político con un mensaje claro. Lo bonito del arte es que los mensajes son matizados, sutiles, involucran la empatía y otros niveles que no necesariamente son propaganda.

Sobre el tendedero, ¿qué te provoca que esta pieza se haya convertido en un lenguaje que las mujeres usan hoy para nombrar la violencia en contextos diferentes, como en universidades?

Mónica Mayer – La historia del tendedero es muy bonita. Empezó en 1978, cuando lo hice por primera vez en el Museo de Arte Moderno; estaba yo harta del transporte público y no pensaba en hacer arte necesariamente político –aunque era artista en el movimiento feminista–. Estaba pensando en cuestiones de arte conceptual y de lo que yo sentía profundamente, que era la molestia de estar en el espacio público y que siempre hubiera acoso, violencia y miedo.

Planteé, como mujer, lo que más detesto de la ciudad. Ni siquiera teníamos el vocabulario de acoso que tenemos hoy en día, y el movimiento feminista era tan chiquito que sólo hablábamos de aborto y de violación porque éramos muy pocas como para abordar tantísimas cosas.

Cuando lo hice, las mujeres empezaron a responder; me decían que lo que más les molestaba era la contaminación, y yo les preguntaba: ¿no te choca que te agarren la nalga en el camión? Pónganlo.  Eso no era una encuesta sociológica, sino pintar una imagen de una realidad en la cual las voces individuales planteaban lo que estaba sucediendo socialmente. Se veía que se trata de problemas estructurales, no personales.

Eso sucedió en un momento en el que, si la obra era un performance o una instalación, nunca se repetía. Esto cambió con el tiempo; en este milenio, este tipo de arte empezó a hacerse y a rehacerse. En el 2007 se reativó, la presenté en varios museos, en diversas circunstancias, como una mezcla entre el MeToo, el anarcofeminismo y el escrache argentino, y resultaron los tendederos de denuncia. A mí eso me encanta porque se convirtió en una herramienta que para mí es como el MeToo analógico, porque, por ejemplo, si alguien está en prepa, de nada le sirve denunciar una violencia en Twitter al momento de sufrirla, sino ahí mismo para visibilizar la situación.

Mis tendederos nunca han sido de denuncia y parten del trabajo con una comunidad. Yo no llego a un lugar y hago un tendedero; me invitan quienes quieren hacerlo y yo les comparto lo que yo he visto y aprendido, y trabajamos las preguntas en conjunto, preguntas amplias para trazar situaciones sociales. Sin embargo, una generación diferente lo utiliza como herramienta: como arte, como activismo y como pedagogía –pues lo han usado distintas maestras y maestros para abrir la discusión en sus grupos… u hasta en una telenovela salió–. Me encanta que haya llegado una pieza del mundo del arte de museo a la cultura popular.

Yo entiendo a las chavas que lo hacen en las universidades, está bien si es la herramienta que han requerido. Cuando me invita una institución a hacer un tendedero, tengo que hacerlo con las chavas, tenemos que propociar que se sepa cuáles son sus problemas, si cuentan con protocolos, si hay silencio, si la universidad tiene suficientes recursos para atender temas de género. He seguido muy de cerca todo lo que pasa también con las universitarias y muchos otros tipos de grupos que han utilizado el tendedero.

En una exposición interactiva que has tenido en la Universidad del Claustro de Sor Juana, Hablando se entiende la gente, en la que se representa un archivo vivo, ¿qué papel juega la interacción directa del público en la construcción política y afectiva de tu obra?

Mónica Mayer – Para mí es muy importante. Ese sí es un planteamiento desde el feminismo: la relación con el público. Todos los proyectos se hicieron en colaboración; ahí estuvieron Yuruen Lerma, Brenda Hernández, Natalí Olac Farfán y Tonantzin Arreola. Trabajamos en equipo y hacemos diferentes proyectos. Es difícil porque siempre aparezco yo como artista, pero hay muchas personas y a mí me interesa la colaboración y trabajar con el público.

Por ejemplo, muchos de los proyectos que están en la exposición empezaron en redes sociales. Hay uno, Soy tan pero tan vieja, que es participativo en el que la gente se lleva los cachitos de la instalación hasta que ésta quede vacía, se muera. Ese empezó porque me invitaron a hacer un performance sobre la vejez cuando tenía yo sesenta y tantos. Yo nunca había tratado el tema. Empecé por compartir frases en Facebook y tuve muchas respuestas sobre las cosas que tenemos en común, desde cuestiones como cuando no existía Periférico cuando yo era chiquita, o cuando la televisión era en blanco y negro, hasta cuestiones más de trazar la historia y la geografía, y los cambios físicos. Esto lo empecé a compartir y la gente respondía, hablábamos, se hacía un diálogo, y seguí, seguí…

Empecé la pieza en 2018 y ahí sigue, porque se trata de ir aprendiendo qué es envejecer. Voy aprendiendo todo. Todas, todos y todes, diario, vamos aprendiendo cómo envejecer y cómo crecer. Hay que prestar particular atención a eso. Esa pieza se hizo, de alguna manera, colectivamente: aunque yo escriba las frases en ese diálogo, ahora ya está participando el público en este deshacer la pieza.

Has incorporado tecnología en algunas piezas de la exposición. ¿Qué posibilidades y límites encuentras en estas mismas como herramientas para expandir o reinterpretar tu archivo feminista?

Mónica Mayer – A mí me interesa el público. Escribí 20 años en el periódico. En Pinto mi raya empezamos de los primeros proyectos de gráfica digital que tenían que ver con tecnología que acababa de llegar al país. Hice performances para televisión de los años 80. Tuve programa de radio. Me interesa la tecnología y me interesa el público. Es lógico que ahora la mayor parte de los proyectos de esta exposición están en TikTok, Instagram, Facebook, y todas las redes sociales. Me interesa jugar con estas herramientas, hasta con la inteligencia artificial; Natalí y yo nos la pasamos muy divertidas ahí, viendo para dónde va el video y cómo le hacemos.

En el contexto de un México conservador en el que no mucha gente habla de violencia y desigualdad, como lo decías hace un ratito, ¿qué fue lo que te llevó a tomar la decisión de hacer un arte que cuestionara y agitara?

Mónica Mayer – Estando en San Carlos ahí hay una pieza en la exposición que es Hablando con el Archivo, que tiene ahí diferentes fotografías y es un video que pueden encontrar en YouTube.

Cuando estaba en San Carlos, a una compañera se le ocurrió hablar de mujeres artistas. No había. En las clases de Historia del Arte nunca nos mencionaron ni a Frida Kahlo –era la esposa de Diego Rivera y no lo que es hoy en día, la mujer artista cuya obra se ha vendido más cara–. Yo estaba en la escuela a principios de los años 70, la generación que venía del 68 y que vivió toda la inquietud del 71, las matanzas de estudiantes, nos dijeron que las mujeres éramos menos creativas porque la creatividad se nos iba en la maternidad. Yo ya había oído del feminismo anteriormente pero no me hacía sentido porque hablaban de igual salario pero yo no trabajaba, hablaban de hijos y yo no tenía… Pero en ese momento me di cuenta de que si no me dedicaba a tratar de cambiar las cosas y hablar sobre eso, mi trabajo, por el simple hecho de ser mujer, no sería visto igual. Lo mismo sucede como artista latinoamericana. Hay una relación de poder con Estados Unidos y Europa en la que parece que lo que se ha hecho allá es lo único válido y lo que marca el canon, y no lo que hacemos en nuestros países.

Estoy muy consciente de las desigualdades que existen en el arte y la que a mí me corresponde por el momento, porque es la que entiendo y la que he vivido, es la de mujer artista.

Newsletter

Recibe contenidos e información adicional en tu bandeja de entrada.

Carina Gómez Fröde: justicia universitaria restaurativa

Carina Gómez Fröde rompe paradigmas en la UNAM al liderar el Tribunal Universitario, impulsando justicia restaurativa frente a conflictos y violencia estudiantil.