José Antonio Calderón Magdaleno reflexiona sobre la escritura como acto de resistencia y traza un puente entre la ficción y la empatía social.
Antes que nada, me presento. Soy mexicano, y eso es evidente por muchos factores: por el acento, por el color de mi piel, por el cabello rizado, por el bigote sinvergüenza. Soy mexicano y eso debería bastar. Soy escritor. Pretendo ser escritor, pero a veces me cuesta trabajo escribir; a veces las palabras no surgen como yo quisiera. A veces uno se estriñe de palabras, sufre constipación de poesía, y las palabras no salen. Por más que se administren remedios o infusiones cada doce horas por quince días, ni por más libros que se lean y por más descarado que sea el plagio de estilos a los autores que se admira, uno se mantiene, a secas, estreñido de letras.
Pues eso me pasó al momento de recibir el correo en el que me invitaban a participar en el primer encuentro de autores y autoras de la Facultad de Derecho. Un mensaje concreto, institucional, redactado de forma clara explicando la dinámica de la presentación de cada autor y autora con su respectiva publicación. Ignoro, aunque como buen mexicano soy muy curioso (o muy metiche), cómo mis colegas pasaron por la desafiante tarea que se nos presentó en el correo. Cito: “Despertar la inquietud de la escritura y la lectura entre las alumnas y alumnos”. No es poca cosa, y menos cuando uno pasa por esas rachas de sequía literaria.
Bien, antes de abordar el libro Hueseros, el libro que he venido a presentarles, quisiera intentar cumplir con aquella asignación. ¿Por qué escribimos? ¿Por qué la humanidad le dedica tanto tiempo, tanto dinero, tanta pasión, al consumo y a la creación de ficciones? Y cuando digo ficciones lo digo no de forma limitativa a la literatura escrita, que en particular es la que más me apasiona, sino en relación a todas las manifestaciones de la ficción: las películas, las series, el teatro, los videojuegos.
Para ejemplificar la respuesta quisiera contarles una anécdota que sucedió en mi casa. El pasado domingo, terminando de comer, nos dio por ver El Dorado, una película animada que aborda la mítica ciudad y la llegada de los españoles a América. En la cocina estábamos mis hermanas, mi madre y yo. En un punto de la película, nuestros protagonistas, Miguel y Tulio, escaparon del barco de Cortés en un bote de remos; el caballo, que había ayudado a estos personajes a huir de la celda, hizo un escándalo que alertó a la tripulación; Miguel arrojó una manzana que distraería al animal, pero siendo una película animada y el caballo tan adorable, la manzana rebotó incontrolablemente hasta caer al mar. El potro retrocedió sólo para tomar vuelo y saltar fuera del barco en pos de la manzana, por lo que terminó siendo arrastrado por las olas, con el riesgo de ahogarse, lo que, para fortuna de las infancias, no ocurre. Para este punto mi madre, ajena a su alrededor, absorbida por la película, comentó en voz alta: “Pobre caballito”. Esto, más que un acto enternecedor de mi amada madre, es la evidencia más contundente de la importancia de la ficción, y tiene una explicación científica. En la década de 1990, el neurobiólogo italiano Giacomo Rizzolati, junto a sus colegas, descubrió en las partes motoras del cerebro un tipo de neuronas a las que denominó neuronas espejo; dichas neuronas, a grandes rasgos, son las responsables de que lloremos cuando matan a la madre Bambi y de que padezcamos el sufrimiento de un amigo como si fuera propio. Pero van más allá todavía; las neuronas espejo son una suerte de adivinas, ya que reaccionan a los movimientos de entes externos incluso antes de que éstos ocurran, en fracción de segundos, y en algunos casos preparan al cuerpo en caso de que se encuentren en peligro. Por ellas nos retorcemos en nuestros asientos cuando los trapecistas comienzan a balancearse en el circo o cuando nuestro protagonista está en peligro. Jorge Volpi, escritor mexicano, desglosa todo este tema de manera magistral en su libro Leer la mente.
Ya se podrán imaginar a donde voy con todo esto. Pues sí. Las ficciones nos brindan eso. Un gimnasio para la empatía. Un constante y rico proceso neuronal por el que nos enfrentamos a las preguntas: ¿Qué pasaría si yo estuviera en tal o cual situación? ¿Qué sentiría si, estando frente al pelotón de fusilamiento, lo único que pudiera evocar fuera la tarde remota en que mi padre me llevó a conocer el hielo? ¿Cómo sería llegar a Comala porque me enteré que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo? O, por ejemplo, ¿cómo ir a la casa de mi amigo Jim sabiendo que estoy perdidamente enamorado de su mamá? O, también, por qué no, ¿qué se sentirá gritar: “Ay, Gaviota”, en medio de un campo de agaves en Tequila Jalisco?
Voy más allá todavía. Dejemos claro algo: para empezar, la ficción no es precisamente una mentira, pero tampoco es una verdad. Digamos que la ficción es más que eso. La ficción es como uno de esos dulces de piñata envueltos en papel celofán de un color chillón; es lo que cubre y protege el caramelo. El caramelo, en este caso, es el mensaje del autor. Los animales que hablan, que se organizan y que derrocan al granjero en Rebelión en la granja de George Orwell constituyen la ficción, pero el meollo de esa ficción es la crítica a los totalitarismos y a la corrupción de nuestros gobiernos. Aclarado este punto, las ficciones nos instalan en mundos hipotéticos, fantásticos, utópicos o distópicos —dependiendo del humor de cada quien— y nos permiten convertirnos en otros, sentir lo que viven y son otros. Cuando consumimos ficciones, historias, no es “como” si fuéramos; en realidad somos. Tomás Eloy Martínez, escritor argentino, autor de Santa Evita, decía: “Somos lo que hemos leído, o, por el contrario, seremos la ausencia que los libros han dejado en nuestras vidas”. Así que, instalado en la ficción, el cerebro le indica a mi cuerpo que se asuma como el coronel Aureliano Buendía, Juan Preciado, Carlitos, o Eduardo Yáñez en Fuego en la sangre (no recuerdo el nombre de su personaje). Somos seres ficcionales. Habitamos historias y ellas, a su vez, nos habitan a nosotros.
Podrán, ustedes, avispadas y avispados escuchas, preguntarse: “¿Y eso cómo afecta a mi vida profesional como operadora u operador del derecho o como profesionista de cualquier otra carrera?” Da la casualidad de que vivimos en épocas extrañas. A nuestra generación, a nuestros veintes, se nos está yendo la vida entre el Rancho Izaguirre y el genocidio en Palestina. Una época tan violenta e incierta, no sólo para el mexicano, sino para cualquier ser humano. El capitalismo nunca había sido tan feroz y descarado; y el individualismo, tan aspiracional como lo es en Tik Tok. Los totalitarismos se han algo normal. ¿Por qué nuestra generación está volviendo a un conservadurismo tan agresivo? Mi padre, después de una larga jornada haciendo bilis mientras escucha las nuevas políticas del gobierno en turno, constantemente me pregunta, más en un ejercicio de monólogo que de mayéutica: “¿Cómo lograr un cambio, Toño?” Bien, no dudo que haya respuestas para tan compleja pregunta, pero en lo que a mí respecta, con lo que he aprendido con todo esto que les acabo de compartir, creo que las historias sí pueden hacer cambios. Más todavía: las ficciones y la poesía sí pueden hacer cambios.
¿Por qué escribimos? ¿Por qué ustedes deberían escribir? Porque escribir es resistir. Porque hacerlo nos ayuda a saber cómo pulsan nuestros corazones ante la injusticia. Porque implica imaginar. Porque es ser en los otros. Porque leer y escribir son actos de profunda rebeldía en un sistema en el que uno sólo vale por lo que produce y donde nada importa a qué saben las lágrimas y a qué sabe el coraje. Los cambios sociales se dan por medio de las revoluciones culturales. Lean y escriban, no para saber más ni para ser mejores personas, sino para contener multitudes. Lean y escriban, porque nunca fue tan urgente hacerlo.
Ponencia presentada durante el Primer Encuentro de Autores para alumnos, personal administrativo y de base de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Septiembre de 2025.


