Rigoberta Menchú Tum: elegir la paz

Rigoberta Menchú fue reconocida con el Premio Nobel de la Paz en 1992. Desde su experiencia después del genocidio en Guatemala, de su participación en la búsqueda de la justicia para ella y para su comunidad, de su incansable esfuerzo por términanr con los crímenes de lesa humanidad, nos comparte sus reflexiones sobre el papel del derecho en la construcción de la paz y la importancia de seguir eligiendo ésta incluso en terriotiros azotados por la violencia.


Usted eligió la paz durante la guerra civil en Guatemala, ¿por qué elegirla ahí o en el México de hoy azotado por la violencia feminicida, la del crimen organizado, la que golpea a las comunidades originarias? 

Rigoberta Menchú – Yo provengo de un contexto pacífico, que es lo más hermoso, porque nací en la orilla de un bosque nuboso, en una montaña donde no llegaba luz eléctrica, donde no había carreteras y donde uno quería venir al pueblo, pues vendría caminando nueve horas. Esa otra dimensión de la vida es una paz extraordinaria, porque allí es donde está totalmente la armonía de las personas, la naturaleza, la espiritualidad personal y colectiva, donde son indispensables los abuelos y las abuelas, y tanto la protección que uno necesita como lo que uno sueña.

Estuve ahí hasta los 16 años y no conocí otros misterios más que los de la naturaleza y la fuerza del trabajo. Los que hemos nacido en el campo hacemos todo lo posible por desarrollar la creatividad. Cuando me vine a la jungla urbana me encontré con una enorme cantidad de situaciones, unas desconocidas por mí, inimaginables en mi mundo, y otras impactantes. Una de las grandes situaciones que cambiaron por completo mi esencia, mi vida, fue la violencia (no sólo la verbal —porque todo lo que escuchamos llega hasta el fondo de nosotros o nosotras—, sino todas sus manifestaciones gestuales, de incomprensión, de actitudes). Me encantó muchísimo observar lo irracional que llega ser el hombre cuando no sabe que su actitud es una herramienta tan profunda que puede usar.

Me costó trabajo entender la violencia verbal. Los maltratos en mi pueblo no eran lo mismo. Allí quizá te comparan con un cerro, con un río, con un perro o con un animalito —y casi es un honor recibir un insulto en el que te comparan con otro ser vivo—; pero cuando uno llega a la capital, el insulto te toca directo en la dignidad. 

Mi escuela es esa. Yo fui trabajadora doméstica, limpiando casas, corredores, baños. Después de eso tuve la oportunidad de aprender a leer y a escribir, de soñar como estudiante. Pues en mi tierra, ¿cómo iba a ser estudiante? Ahí es otro el esquema de aprendizaje. Que me dieran la oportunidad de clasificar mis conocimientos por grados, por materias, fue algo que me cambió la vida: el acercamiento con el mundo sistematizado y de conocimientos escritos. Viéndolo ahora, a mis 66 años, todo lo que ha pasado por mí no es necesariamente difícil o negativo, sino que son momentos constantes, intensos, que modificaron muchos escenarios para mí.

Cuando veo las violencias, primero identifico cuáles son las causas que la originaron. Y cuando uno ve las causas, puede encontrar las que son ideológicas, como las creencias, pero a veces es también es la humillación. 

Mis abuelos decían que si veía a una serpiente en el camino, no la molestara, porque si la molestaba me podía picar. Ese tipo de situaciones son difíciles de entender, pero los 44 años que he estado en los procesos de diálogo, de negociación, han sido para mí de muchas enseñanzas cotidianas y de mucho criterio. Por ejemplo, yo no conocía las dimensiones de la guerra en Guatemala: 36 años de conflicto armado, durante el cual se reclutó a jóvenes para la guerra, donde lloraron novias porque nunca volvieron los jóvenes que fueron a morir en una trinchera, donde se llegó a la irracionalidad de convertir a la población civil en víctima de una guerra. La profundidad de las guerras es impresionante.

Las causas profundas a mí me impresionan. Una de esas causas es la pobreza, por supuesto. En mi mundo no comemos lo que se come en la ciudad (lo que necesitamos de la ciudad es sal; azúcar no, porque en mi tierra pasan comerciantes que venden piloncillo y si no hay dulce de productos fabricados, vamos a la montaña donde hay un bejuco que da dulce). Entonces nosotros teníamos distintas opciones, pero con una guerra deja de haberlas. La violencia no te da oportunidad de salir. Simplemente sos una víctima, o te escapas; sos un migrante, sos un desplazado, o agarras fuerza y defendés tu espacio. 

En resumen, respondo la pregunta: ¿por qué la paz? Pues para mí la paz sigue siendo la armonía, el respeto mutuo, la racionalidad de nosotros mismos, la conducta que uno puede tomar en los mejores momentos o en los peores momentos. Está en manos de uno tomar una conducta: correr o quedarse. Y si corres es por algo. Soy una persona que ha escuchado mucho y para mí la paz sigue siendo un valor, una cultura, una identidad… armonía y espiritualidad. Lo que nunca perdí de mi tierra es la espiritualidad que me enseñaron mis abuelos. Cuando hay un tiempo duro es porque uno debe poner lo mejor de sí para superar esa dificultad. Es una barrera que tiene solución. Eso cambia un poco el sentido de la utopía y el sentido de la esperanza.

En Guatemala, en México, en el continente, ¿qué falta para acabar con el racismo contra las comunidades originarias? ¿Y qué le falta al sistema jurídico para garantizar su autonomía y su dignidad? 

Rigoberta Menchú – Las normas se hicieron para castigar, no para armonizar ni para prevenir. No se previno el delito, sino se castigó; el sistema castiga al que no se acopla. Donde hay derecho positivo, a veces la comunidad no lo entiende. Esto ocurre en la mayoría de las civilizaciones, tanto en las ancestrales como en las culturas universales actuales. El derecho vigente, sistematizado, ha hecho todo lo posible por priorizar la dignidad humana, el bien común, por dejar de castigar solamente por castigar.

Pero al hacer lo posible, suelen colarse otro tipo de intereses —económicos y políticos—, disfrazados de distintas formas. El racismo y la discriminación son teorías paralelas al derecho fundamental para castigar; de manera que se volvieron cultura, identidad, ideología, convicción propia; son, además, delitos. En tanto que no se juzgan como delitos, nadie los impide. Ésta es una de las discusiones que más me ha tocado poner en los expedientes penales, desde cuestionar si se trata de justicia o impunidad cuando a una persona indígena se le acusa de un delito, pero no se le pone un intérprete, porque de antemano hay una correlación de fuerza que no es igual y se viola su dignidad.

La doctrina jurídica inicia muy bien poniendo un orden superior a cada uno porque debemos respetar ciertos códigos de complementación y de convivencia pacífica entre los seres humanos, pero a la larga éstos van perdiendo peso a medida que ese orden no es completo, y no es que no nos sirva la doctrina jurídica sino es que hay que actualizarla permanentemente en todos los casos. Por eso yo tampoco generalizo a partir de casos. Me encanta investigar cuál es la naturaleza de un determinado caso para ver efectivamente si se procede de manera correcta o no. Los seres humanos podemos hacer eso; no necesitamos mucho estudio, pero sí necesitamos mucha inteligencia y mucha sensibilidad personal cada vez que toquemos un expediente, ya hablando de la parte institucional.

El racismo y la discriminación son actitudes. Si podemos tipificarlas como delitos posiblemente podremos prevenirlas. La prevención no sólo es tarea de un juzgado, sino de la política educativa. La educación pública tiene que invertir para que una actitud racista y discriminatoria, que ofende la conciencia y la dignidad de la otra persona, sea castigada. Si la castiga un tribunal, probablemente más gente sepa que es un delito. Cuando sabemos que es un delito, muchos pensamos que es mejor no cometerlo. Entonces, junto a la norma nace la conciencia. Eso es lo que yo trabajo: que nuestra conciencia esté en sintonía con la norma y que la doctrina jurídica se enriquezca con la vida cotidiana de las personas, para que la norma no quede intacta y sea letra muerta. Yo conozco muchos tratados que firmaron los pueblos indígenas con los primeros colonizadores de América. Los acuerdos que hicieron tenían la esencia de una alianza y procuraban la reivindicación del territorio de los pueblos indígenas. Esos acuerdos eran una oferta de conciliación que no se produjo y derivó en guerras como las que hemos visto, con fosas comunes, desapariciones forzadas, tortura y mecanismos para aplacar al otro. Parecía algo del pasado, pero no. ¿Por qué no lo hemos evitado a estas alturas? No hemos encontrado la forma de convivencia que haga que más gente entienda que ese no es el camino correcto para impartir una justicia propia.

En 2013, durante el juicio contra el genocidio promovido por la comunidad Ixil en Guatemala, usted se pronunció contra este crimen. En 2025, ¿qué llamado hace contra los genocidios en Guatemala y en el mundo?

Rigoberta Menchú – A mí me sorprende muchísimo la batalla que se libró contra los crímenes de lesa humanidad después de la Segunda Guerra Mundial. Valoro muchísimo el testimonio de las víctimas que no permitieron que ese crimen quedara impune en la conciencia humana, o sea, en los campos judíos en Alemania. Todo eso fue lo primero que quise entender en los corredores de la Organización de las Naciones Unidas. Tuve la suerte de estar en las Naciones Unidas en los tiempos más jugosos de interpretación de nuevas normas, de nuevos convenios y de nuevos tratados; pero fueron limitados, porque se trabajó con los crímenes de lesa humanidad que se cometieron después de la Segunda Guerra Mundial, pero no se miró qué tipo de características tenían los crímenes de lesa humanidad que se seguían cometiendo en cada uno de los países de África, Asia, América Latina.

América Latina fue un ensayo práctico de genocidas, de militares, de dictaduras, para realizar crímenes de lesa humanidad en sus propios territorios. Allí no llegó la norma internacional, allí el genocidio no fue tipificado. Entonces, ¿qué se tuvo que hacer? Pues se tuvo que trabajar uno por uno. Por eso, desde que el destino y las personas me llevaron a Naciones Unidas, en 1982, comparecí ante la Organización de las Naciones Unidas en Ginebra y me involucré con la Alianza Mundial. Apoyé el trabajo de Amnistía Internacional, de las Madres y de las Abuelas de Plaza de Mayo, de las Madres del Salvador: apoyé cualquier lucha donde había gente denunciando lo mismo que yo. Porque yo fui allá porque quería que apareciera mi madre, a quien se llevaron. Dicen que la torturaron, que está en la fosa común, y yo no quiero creer eso; yo quiero creer lo que las Abuelas de la Plaza de Mayo: que sus nietos están vivos en algún rincón del mundo, o lo que las Abuelas de El Salvador: que sus hijos no están en una cárcel o retenidos o humillados en algún lugar del mundo.

La desaparición forzada es un crimen de lesa humanidad que no debe permitirse en la conciencia humana. Yo aprendí mucho de otras personas en los campos de batalla. Mucha gente no sabe por qué yo apoyaba a Timor del Este, las luchas de los timorenses, el descolonialismo que se estaba soñando en algún rincón del mundo.

Yo quería entender mejor al ser humano y a mi realidad. También deseaba compensar un poco la impotencia, el abandono, todo lo que te hace reaccionar, lo que te hace indignar; quería compensarlo haciendo cosas, aprendiendo más. A mí me dio mucho la Organización de las Naciones Unidas, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial —sobre todo en países coloniales—, la lucha contra la tortura y la desaparición forzada, las abuelas, las madres.

Si yo hubiera sido la desaparecida, estoy segura de que mi madre habría hecho hasta lo imposible por buscarme. La vi dejar lo que hacía —era comadrona— cuando desapareció mi hermano Patrocinio y se fue a los destacamentos a preguntar, a arriesgarse.

No quise renunciar no obstante lo que también me decía la sociedad: que quizá mi madre ya estaba muerta. El poder vigente me llamaba resentida. Decía que mentía. No saben la cantidad de detractores que tuve, que decían: “Rigoberta Menchú se victimiza”.  Si no me victimizara, no sé qué otro camino tendría que tomar; para mí nunca hubo otro camino más que la defensa de la verdad legítima. Esto me vincula al derecho: el alma del derecho es la verdad legítima, no la verdad fabricada; desde ahí empecé a involucrarme con todos los temas del derecho a través de extraordinarios maestros de derecho. Hice lobbying con un conjunto de personajes penalistas que ganaron sentencias importantes en Argentina.

Cuando se dio la oportunidad en Guatemala, la primera meta que tuve fue usar la ciencia y la tecnología al servicio de la verdad legítima de las víctimas del conflicto armado en el país. ¿Qué tengo que hacer para que la verdad legítima de las víctimas se acredite con la ciencia y la tecnología? El Creador me llevó por el camino: conocí al doctor Clyde Snow —a quien le rindo homenaje por todos los tiempos— de la Universidad de Oklahoma, que abrió la puerta para el uso del adn al servicio de las víctimas. Fui a Oklahoma. luché, y me dieron un reconocimiento, antes de que me concedieran el Premio Nobel de la Paz. Este segundo premio fue la cosecha de aquel momento. Le dije al doctor que teníamos que usar el adn al servicio de las víctimas en Guatemala. Según datos estadísticos, en mi país hay aproximadamente 200,000 víctimas del conflicto armado; 50,000 están desaparecidas. Si entre esas 50,000 personas desaparecidas está mi madre, con más razón quiero que la ciencia y la tecnología estén al servicio la verdad legítima.

Me alié con la Iglesia católica de Guatemala y se creó la Oficina del Arzobispado de Derechos Humanos. El doctor Snow causó un expediente y convencimos a los tribunales guatemaltecos para que se autorizara la búsqueda de desaparecidos en Guatemala. Fueron momentos muy duros porque no toda la gente entiende estas causas; sólo aquella que tiene una causa profunda lo va a entender. Yo creo que llegando a Guatemala solamente era cosa de documentar los hechos, porque yo sabía que se cometieron; yo tenía la verdad legítima de las víctimas y ya habíamos elaborado una memoria histórica. Nos pusimos de acuerdo con muchos familiares, incluidos los de la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala, y los del Grupo de Apoyo Mutuo, organizaciones no gubernamentales muy buenas que trabajaron muchos años. Con ellas nos pusimos de acuerdo para preservar las evidencias (por ejemplo, la evidencia de la vestimenta que llevaba mi madre el día que desapareció, el color de su blusa, el color de sus cosas, con lo cual posiblemente algún día la encontraríamos).

El trabajo que hicimos fue histórico, muy sacrificado, pero exitosísimo, porque logramos incorporar en la negociación de los acuerdos de paz un punto que dejaba abierta la puerta a juzgamientos de delitos de lesa humanidad, que no se iban a negociar los crímenes de lesa humanidad ni los ataques a los derechos humanos.

Pensaba descansar después del Premio Nobel, dedicarme al mundo, a los pueblos indígenas del planeta, a ver dónde viven los pueblos. Y por eso acepté ser embajadora de buena voluntad del Año Internacional de los Pueblos Indígenas en 1993. Fui a 29 países del mundo donde hay pueblos indígenas para oír testimonios, verlos, sentirlos: Me dieron esa oportunidad. Pero nunca pude dejar Guatemala porque ahí nunca terminó —y no va a terminar— la lucha por los derechos humanos. Va a continuar hasta que ocurra otra masacre. Yo me sentía un poquito más alejada, pues se había cumplido la misión: se firmaron los acuerdos de paz, había nuevos actores en el escenario y nuevos partidos políticos que harían posible que la paz firme y duradera en nuestro país tuviera éxito. Muchas víctimas tomaron el micrófono en sus manos y pusieron sus demandas en los tribunales. Yo le dije a la gente que fuera a los tribunales, que se preparara, que investigara, que entendieran y que buscara a los juristas más humildes para que les dieran asesoría gratis. Yo hice lo mío: busqué los expedientes de mi papá, de mi mamá y de mis hermanos. Formulé una demanda para despertar las leyes que estaban dormidas.

Ese fue mi propósito, hasta que ocurrió la masacre de Xamán el 5 de octubre de 1995. Yo estaba en Estados Unidos y desperté con la noticia de que habían asesinado a las personas a quienes yo convencí para que regresaran a Guatemala cuando se refugiaron en México; yo podía haberles sugerido que se quedaran más tiempo en ese país, pero no lo hice porque creí en la paz firme y duradera, porque había habido un cese al fuego y porque ya estábamos en franco proceso de reconciliación. Por eso yo luché por hacer que retornaran y así fue como llevé la primera caravana a Guatemala en enero de 1993. Y poco tiempo después, mientras celebraban un aniversario de retorno después del conflicto armado, los mataron.

Tomé un avión de regreso a Guatemala y fui hasta la comunidad de Xamán, en Alta Verapaz, contacté a la gente y les dije que eso no se iba a quedar así. Emprenderíamos una batalla jurídica a través de una reforma constitucional y cambios al Código Procesal Penal, y por medio de los tribunales. Así formulé la primera demanda contra 26 militares, incluyendo a sus jefes, en el caso Xamán. Me enviaron a un tribunal militar —entonces funcionaban los tribunales militares—. No me importó; cuando una es joven, no ve el peligro. Saqué el caso del tribunal militar y lo validé en un tribunal civil, por tratarse de delitos comunes: esa ejecución extrajudicial no era un delito militar; con ese antecedente empezamos a tipificar qué sí lo era y qué no lo era. Finalmente, este caso duró 14 años. Todos aprendimos: las víctimas y los propios victimarios. Logré que mi expediente tuviera 12 idiomas con intérpretes, porque los muertos eran mayas, y varios de los victimarios, también, y tanto el victimario como la víctima tienen derecho a contar con un intérprete idóneo en ese tribunal.

Hasta que me cansé, porque llevar un proceso jurídico por tanto tiempo es muy difícil, y más cuando uno no es abogado. Yo fui querellante, pero no tengo la acreditación de profesional jurista; entonces tuve que trabajar con el equipo jurídico, con los testigos, con las víctimas, con la comunidad; con los idiomas mayenses, con los intérpretes. Fue un trabajo muy bonito que sentó un precedente muy firme en Guatemala.

Después interpuse una demanda contra la masacre de la embajada de España, donde mi padre fue quemado vivo. Empecé desde cero. ¿Dónde está el expediente de Vicente Menchú? ¿Dónde está el expediente de la masacre de la embajada de España? Buscando, encontramos que el expediente de esa masacre, que ocurrió el 31 de enero de 1980, estaba archivado. Solamente tuvo 33 días de vida en el tribunal el expediente de esa masacre que impactó al mundo; luego fue archivado. Esa es la manifestación más grosera de la impunidad. Y esa es la evidencia más clara de la burla a cualquier doctrina de justicia, y no sólo la justicia penal, sino a la justicia humana en el planeta. Con base en todo eso, encaré una investigación por 10 años de genocidio en Guatemala. Fui a buscar a los familiares de las víctimas españolas que murieron en la embajada de España, y a las víctimas españolas que perdieron la vida en el conflicto armado en Guatemala. Revisamos los expedientes de cada una de las víctimas que perdieron la vida: si tenían a sus papás y a sus mamás; su situación en general. Me involucré en la investigación. Una de mis cualidades es que soy investigadora innata. Me gusta la investigación extraordinaria. Invito a la juventud a que haga investigaciones extraordinarias todos los momentos de su vida. Que no se conforme con lo que encuentra en un expediente sino que lo corrobore. Fue así como me perdí entre papeles, testigos y personas, hasta que formulé una demanda: contaba con una documentación bastante sostenible desde el punto de vista técnico-jurídico y desde el punto de vista político —porque la política y la justicia no están separadas en mi país; es muy común la politización de la justicia y la justicialización de la política—. No debería ser así: yo sostengo que la doctrina jurídica es sagrada, que no debe ser politizada, pero en la práctica es inevitable la politización de la justicia.

Sostuvimos este expediente cuando hubo un caso en América Latina, referente de delitos de lesa humanidad: el caso Pinochet. Se produjo la captura de Pinochet en Londres, por un tribunal que se llamaba Audiencia Nacional en España. Todos sabían que yo iba a ir a esa audiencia, por lo cual empecé a recibir intimidaciones y amenazas de muerte en Guatemala. Yo ya tenía familia entonces. Pero tener un esposo y un hijo es muy triste en condiciones de crisis, en condiciones de guerra. Agarré todos mis expedientes y todo lo que tenía y me regresé a México a vivir, sin ningún plan de retorno. Si volvía, lo haría sola, no con mi familia.

Eso fue algo muy lindo, porque aquí mi familia se sentía segura aunque me amenazaran en Guatemala. Poco tiempo después regresé a mi país, cuando asesinaron a mi amigo y compañero Guillermo Valle. Lo acribillaron en la puerta de mi fundación —la que erigí con el dinero del Premio Nobel de la Paz para tener una plataforma institucional—. A través de la fundación interpuse una demanda en España (acabo de recuperar ese expediente, es inmenso). Fui primero a España como tribunal externo. Todos me criticaron porque decían que la preeminencia del delito se juzga a nivel nacional y con el derecho interno; no con el derecho internacional, porque no existe un tribunal internacional que nos proteja a todos los ciudadanos del mundo. Pero si había una ventana, podía utilizarla. Fui a la Audiencia Nacional en España donde afortunadamente se conservó el expediente, porque en Guatemala a lo mejor lo hubieran quemado o desaparecido. Los victimarios se encargaron de borrar evidencias de los crímenes y de vulnerar las sentencias de los tribunales. Cada vez que me acerco a un caso me da escalofrío, porque sé que si toca al Estado, a políticos, a personas poderosas, se trata de un asunto de vida o muerte, y vida o muerte también significa la muerte de los expedientes. Esa fue la experiencia más triste que he tenido en todo el tema del derecho: la negación permanente de justicia. Se niega la justicia una y otra vez.

Las fobias, el racismo, la discriminación, el odio, la violencia y los crímenes aislados se han usado como distractores de los crímenes. Se afirmaba que lo que merecía un criminal era la pena de muerte. En Guatemala discutieron, durante siete años, si procedía ese castigo. Al final se legisló que sí. ¿Se imaginan la exhibición que podría haber con la pena de muerte en una población en la que hubo masacres colectivas que exterminaron a 46 pueblos del mapa de Guatemala?

Me tocó vivir una vida muy intensa; pero eso no implica que yo ya no tenga fe. Al contrario, sé que la doctrina jurídica sí se puede enriquecer, que sí puede tomar caminos para ser más equilibrada, que sí se puede reconocer el derecho positivo, que sí puede haber lugar a nuevas reflexiones humanas y se puede crear un sistema más útil para todos. Yo lucho por eso porque yo creo en eso.

Las mujeres no tienen la responsabilidad de la paz, como culturalmente se piensa. Sin embargo, desde su agencia, pueden jugar un rol importante en la pacificación. ¿Cómo pueden contribuir a la paz?

Rigoberta Menchú – La permanencia de valores, principios y prácticas, en todas las comunidades que conozco, debe principalmente a  las mujeres. Hubo un punto en el que —hasta ustedes se van a reír— me sentía orgullosa de que no fuera responsabilidad de las mujeres la tarea de limpiar armas nucleares, entrenar a unos soldados fuertes para ir a la guerra o manejar un cañón; son pocas mujeres que han hecho la guerra, pero no son las mujeres las que han dictado la orden para matar. La mayoría de las dictaduras que conozco no son de mujeres. Lo anterior no quiere decir que una mujer no tenga la capacidad de ser dictadora; pero la mayoría de las mujeres tienen una sensibilidad muy sólida y mucho sentido común; suelen ver las cosas desde diversos ángulos para tomar decisiones más integrales.

Hay sistemas sociales que hasta hace poco no permitían que las mujeres tomaran decisiones, porque “no pueden”, “no están preparadas para ser fuertes”, “se empeñan más en su belleza personal”. Es cierto, a las mujeres nos gusta ser guapas y muy bonitas, pero se esgrimen esos argumentos para minimizar nuestra fuerza. Las mujeres siempre hemos estado presentes. 

Yo allí siempre apuesto por la educación. Si el sistema permite que tengamos una educación integral, espiritual y ética, no hay una diferencia entre una mujer y un hombre. La diversidad es muy linda, pero también muy compleja; la vivimos todos los días. Siempre hago un llamado a los investigadores, a quienes definen las políticas, a los científicos cuyas conclusiones se esparcen por las mentes humanas en general, para que no exageren tanto las cualidades de las mujeres. Somos seres humanos que podemos indignarnos —y no saben con quién se meten, dicen las mujeres—, porque somos corajudas. Aunque paz no se hace con coraje, sino mucho conocimiento, empeño e información.

La ciencia y la tecnología pueden facilitar el trabajo siempre y cuando lo conozcamos; tenemos la oportunidad de aprender y saber que no todo depende de la decisión de una máquina sino de la propia —quiero hacerlo o no —. Nada nos hace mal. Lo que sí recomiendo es que no hay que pensar que, por lo que uno posee, es más grande su dignidad que la del otro; eso es pobreza. Yo he trabajado un poquito sobre lo que es la pobreza material, la pobreza social y la pobreza espiritual. Esas carencias son enfermedades que, si las superamos, seguramente a cambio tendremos mucho equilibrio, mucha felicidad y mucha satisfacción personal.

Nuestras emociones son muy frágiles y eso funciona en todos los niveles. Las mujeres tienen que poner mucho de su parte. Nunca deben victimizarse. Yo podría victimizarme porque ya soy una adulta de la tercera edad a la que los jóvenes tendrían la obligación de tolerar; pero no lo hago porque yo me siento muy bien porque soy una anciana integral que quisiera seguir enseñando lo que pueda, y aprender y disfrutar lo que hay.

Cuando recibió el Premio Nobel de la Paz, ¿tocó éste alguna fibra de justicia para su caso en particular o para el caso de Guatemala en general? 

Rigoberta Menchú – Sí. Primero, para mí el Premio Nobel de la Paz abrió un túnel oscuro en el que sólo se victimizaba a los pueblos indígenas, a los que colocaba como memoria del pasado o ruinas de algo que ya no existía. Y el Premio Nobel evidencia que los indígenas están allí y sí existen. No hablan el idioma que habla el otro; la diversidad étnica, cultural, lingüística, espiritual y natural, que es lo que simbolizan los pueblos indígenas, de repente está en nuestra agenda. Eso me encanta porque a mí me dieron el Premio Nobel porque simbolizo una memoria colectiva, una herencia ancestral y el gran poder de las mujeres —y no sólo de las mujeres indígenas—. Simbolizo lo que nadie quiere reconocer: la existencia de crímenes de lesa humanidad. Esos crímenes están tatuados en mi piel. Yo le he demostrado al mundo que las víctimas tienen derecho a la verdad legítima. A pesar de que hubo algunos antropólogos que se quedaron frustrados porque querían convencer a la gente de que yo era una farsante y de que lo que escribí en mi libro no era verdad, por lo cual pedían que se me quitara el Premio Nobel. Todo ese bullying prevaleció durante algún tiempo, pero el Premio Nobel abrió un túnel y rompió el silencio. Aquel Año Internacional al que me referí antes, fue un regalo muy grande de la vida. Con mi esposo Ángel y con un equipo de la Organización de las Naciones Unidad fuimos a 29 países donde hay pueblos indígenas para decir: “Aquí están mis hermanos”. No les fui a dejar nada material, porque a mí lo que me dieron fue una medalla y un pergamino. Es como si yo les dijera a los jóvenes, de broma: “Les doy una medalla y tienen que ir a salvar a su pueblo”. ¿Creen que van a salvar su pueblo con una medalla? No. Pero el premio sí simbolizó algo muy grande.

Desde un principio tuve consejeros, porque conté con un colectivo muy grande, tanto en Guatemala como en México y en América Latina. En esos años éramos muy jóvenes, pero encabezamos una campaña continental de los 500 Años de Resistencia Indígena Negra y Popular, así la llamábamos. Eso hicimos con el Premio Nobel: le dimos un enfoque y yo nunca tomé una decisión personal. Si México no hubiera estado para acoger con dignidad nuestra medalla, el premio no habría tenido el alcance que ha tenido. México lo acogió con beneplácito en el lugar más sagrado para mí, que es el Templo Mayor, donde reposa la ciencia y la sabiduría de mis grandes ancestros aztecas, y por donde seguramente pasaron los mayas y todas las civilizaciones que existían en este continente. Lo que yo hice no fue sólo exiliar a México el Premio Nobel de la Paz, sino exiliar un premio que dignifica a los mayas con mis hermanos aztecas, con mis hermanos ancestros. Fue muy simbólico que se quedara en este lugar. Con mucho amor, elegimos a México, al pasado, a las generaciones venideras, para que la medalla se quedara aquí hasta que en Guatemala hubiera paz —no de la guerra, sino de la vida, de la cultura, de las civilizaciones—.

Esté donde esté nuestra medalla, nuestra memoria es universal, y por eso yo me siento feliz. Si hubiera habido las condiciones, estaría en Guatemala, y también me sentiría feliz y lo entendería como una presea universal. Yo soy una mujer universal y quiero que todo lo que hagamos tenga una huella universal. Yo no me siento ni de allá ni de aquí. Ahora soy mexicana por naturalización. Muchos me preguntan por qué. Porque desde hace 44 años soy un pedazo mexicano, no en papel pero sí en el corazón, por tanta gente que conozco a la que he tenido la oportunidad de acompañar en sus esfuerzos; soy guatemalteca porque nací allá, en el bosque nuboso de Chimel, de donde es mi familia. Y de aquí en adelante soy mexicana/guatemalteca y haré todo lo posible por que la amistad entre Guatemala y México sea espléndida hasta que sus volcanes se sientan parte de una historia común.

Yo siempre valoré lo que México hizo por todos los refugiados del mundo. los de la Guerra Civil en España y los de los conflictos de América Latina… Cuarenta y cuatro años de mi vida he estado en este México plural y me da el mismo placer bajar el volcán Popocatépetl en México que bajar el volcán Tajumulco o el Volcán del Fuego en Guatemala.

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