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Testigo de cargo: manipular la justicia

Testigo de Cargo

Jaime Vázquez explora en Testigo de cargo la tensión entre justicia y manipulación, una trama donde el juicio se convierte en un espejo inquietante.


Agatha Christie, la escritora de la literatura policiaca, la “reina del crimen”, publicó en 1948 el libro de relatos breves Testigo de cargo y otras historias (The Witness for the Prosecution and Other Stories). El volumen reunió 11 cuentos, entre los que destacaba, apenas con una veintena de páginas, el que le daba título a la obra: la historia de Leonard Vole, acusado de asesinato, un hombre común quien, para probar su inocencia, dependía del testimonio de su esposa, testigo de cargo.

En el Winter Garden Theatre de Londres se estrenó en 1953 la versión de Testigo de cargo que la propia Agatha Christie adaptó para la escena.

La versión para el cine de esta obra literaria se realizó en 1957, dirigida por el maestro Billy Wilder. Marlene Dietrich, además de protagonizar a Christine Vole, esposa de Leonard, tuvo un papel relevante en la producción del proyecto.

En el libro Conversaciones con Billy Wilder de Cameron Crowe, el cineasta apuntó sobre Marlene: “Dijo que lo haría, pero tenía que dirigirla yo. No sé por qué. Así que me contrataron”.

El resultado: una de las obras maestras de Wilder quien, en su oficina, en el pizarrón de corcho en la pared, colocó una foto de Marlene, otra de Kurosawa, una más de Federico Fellini, además de las imágenes familiares con su esposa Audrey. Wilder afirmó que Marlene era una mujer muy preocupada por sus semejantes y ayudaba a quienes se enfermaban; era, dijo con su característica ironía políticamente incorrecta a los ojos de hoy, “una Madre Teresa con mejores piernas”.

Con un reparto por demás taquillero, Wilder emprendió la aventura.

Leonard Vole (Tyron Power) es acusado de asesinar a la acaudalada señora Emily French (Norma Varden). Vole, aparentemente despreocupado, por sugerencia de su esposa recurre al prestigioso abogado sir Wilfrid Roberts (Charles Laughton) para que se haga cargo de la defensa del caso.

Sir Wilfrid es un experimentado abogado que no entiende el mundo real sin el ejercicio de su profesión. No importa la salud, el reposo, las horas dedicadas al trabajo; lo realmente vital para él es la práctica consagrada y absoluta de la abogacía. Su casa es su despacho.

La relación profesional de sir Wildrid con su enfermera, la señorita Plimsoll (Elsa Lanchester), representa esa lucha entre la vida personal y la profesión y, también, el toque divertido que Wilder aporta a la película.

Laughton asume su papel cabalmente; su desempeño es magistral. Wilder lo menciona así: “Hay cosas que me conmueven. Alguien que podía conmigo era el mejor actor que ha existido, Charles Laughton […] Era todo lo que se podía soñar, multiplicado por diez”.

Testigo de cargo es, de algún modo, una película “hitchcockiana”, con los virajes argumentales, los finales insospechados, las “vueltas de tuerca” y el sentido del humor de Wilder, quien “filmaba dramas cuando se fatigaba un poco de hacer comedias”.

Al término de la película, la voz en off solicita atentamente al público, por respeto y consideración a quienes no la han visto, no revelar el final. Discreción y prudencia para no desvelar la sorpresa.

La cinta se desarrolla en su mayor parte durante el juicio a Leonard, frente al juez. Somos también jueces de los alegatos, de la visión de los testigos, de las grietas o las luces de los hechos relatados al jurado, de la búsqueda de argumentos y pruebas.

Entre muchas otras, hay una idea que queda flotando en la nube de argumentos, dichos y secretos de esta historia: si es posible que por intereses ocultos o inconfesables la justicia sea manipulada: ¿la ley tiene herramientas para corregirlo?

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