Hay libros jurídicos que son como los pósters motivacionales de oficina: una especie de placebo emocional para quien no puede con la realidad. Tienen frases rimbombantes, apelan al alma del abogado como si fuera una especie de redención moral, y están construidos con la lógica de la estampita de papelería. Los mandamientos del abogado de Couture. El jurista y el simulador del derecho de Burgoa. Obras que hoy circulan como si fueran santos óleos, aunque en el fondo son puro kitsch de foro.
Y lo kitsch, cuando se disfraza de grandeza, es doblemente ridículo.
Aclaremos algo: Couture y Burgoa fueron juristas finísimos. Nadie con dos neuronas y un mínimo de lecturas puede negar el peso técnico de Fundamentos del Derecho Procesal Civil o del Juicio de Amparo. Pero también es verdad que ciertos textos suyos —los de tono moralista, los que quieren pontificar más que argumentar— envejecieron mal. Muy mal. Son textos que se usan más como banderas que como instrumentos. Y como toda bandera ondeada por hipócritas, sirven para tapar miserias.
Pienso esto porque en una especialidad coincidí con un magistrado. No uno cualquiera. Uno que se imagina que es el juez Hércules de Dworkin, pero que en privado decía de mí “¿y este qué se cree?”. Nunca me lo dijo de frente. No le alcanzó para eso. Prefirió fingir cortesía, lo que ya dice bastante.
Años después, sigue con su show. Conferencias, charlas, entrevistas en donde habla del “trato humano”, de la “excelencia en las sentencias”, del “compromiso ético del juzgador”. Y claro, cita el libro más cursi y polarizante de Burgoa como si fuera canon: El jurista y el simulador del derecho. Porque si algo le gusta a un fariseo con toga es usar la Biblia para golpear al otro, no para examinarse a sí mismo.
Y ese es el punto. El magistrado en cuestión se asume como jurista, y coloca a los demás —los que no le aplauden, los que no lo imitan, los que no se cuadran— en la categoría del simulador. Lo hace desde una supuesta superioridad intelectual y ética. Y lo hace, por supuesto, desde la comodidad de no estar en riesgo: no es un juez federal sujeto a elección popular, no lo van a tirar por tómbola ni por linchamiento público. Tiene sus relaciones, su padrinazgo, su pasaporte al circuito de los eventos y los micrófonos. Se cree un mirlo blanco, pero lo cierto es que para llegar a magistrado necesitó, además de saber derecho, una poca de gracia y otra cosita —ya sabes cuál—, como dice La Bamba.
No es Zagrebelsky. No es Barak. Ni de cerca. Es apenas un cuate aplicado con buenos contactos, que administra su capital político entre sentencias medianamente cuidadas y giras de conferencista. ¿Y qué más da? En el país del simulacro, basta parecer.
Pero que no se equivoque: uno puede recitar a Burgoa y aún así ser el simulador que Burgoa detestaba. La impostura no se borra con citas, ni con selfies desde la tribuna.
Así que cada vez que lo veo citar con vehemencia ese panfleto maniqueo que es El jurista y el simulador del derecho, me acuerdo de la parábola del fariseo y el publicano. El fariseo que ora diciendo: “Gracias, Señor, por no ser como los demás”. El publicano que, sin levantar la vista, reconoce su culpa. Y me pregunto, con una media sonrisa: ¿de verdad no se da cuenta de qué lado está?

