Notas sobre un Carrió literario


En septiembre del año pasado, en el auditorio del posgrado de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, el profesor Martín Böhmer dictó una conferencia sobre la traducción de El concepto del derecho de H. L. A. Hart. Al inicio comentó que el traductor de Hart al español, Genaro R. Carrió (1922-1997), era un gran escritor y que existían “rumores de que Borges le daba sus textos antes de publicarlos”. No me interesa aquí confirmar este rumor ni mucho menos sopesar cuestiones de traductología expuestas por Böhmer. Basta tener en cuenta que todo aquel que haya leído el libro de Hart en español muy probablemente fue a través de los lentes del argentino. Lo que busco ofrecer al lector son algunas consideraciones que visibilicen la formación literaria de este jurista; es decir, identificar hallazgos en el estilo y reconocer la proximidad con la creación literaria que brinda la prosa “carriana”.

Tendríamos que iniciar con la lectura borgiana. No sé si Borges y Carrió eran amigo o si el segundo llevaba a cabo una labor de “tallereo” literario a favor del primero. Lo que se sabe o se deduce es que Carrió leyó con cuidado la literatura de Borges. En Notas sobre derecho y lenguaje (1964-1990) —un clásico que debería circular más en las academias jurídicas latinoamericanas— se cita una oración sobre un juez proveniente de Historia universal de la infamia y se menciona el caso del protagonista de “Funes el memorioso”. Generalmente Carrió trae a colación en su prosa alguna anécdota, escena de cierta película francesa de los años treinta o personaje de un cuento de Chamico, para ilustrar determinado concepto o situación social. La literatura o los elementos culturales funcionan para salir de la aridez teorética y volver a vitalizar el pensamiento jurídico. Entiendo aquí vitalizar no como dotar de fuerza o energía, sino como una cualidad relativa a la vida que llega del latín vitalitas.

Se pueden apuntar ciertas bondades del estilo de Genaro R. Carrió. Sobresale su capacidad de síntesis y su economía en el lenguaje, donde la claridad —lo que los antiguos llamaban perspicuitas— es el elemento cardinal, acompañado de cierta elegancia que a veces conduce a culteranismos y al abandono de un proceder excesivamente explicativo en el que pecan muchos profesores. Hay, de vez en cuando, un uso pertinente de la primera persona que imprime fuerza retórica. Además, el discurso se nutre de analogías con cuestiones comunes como el juego. En el estilo de Carrió se asoma un Homo ludens que tiene en el futbol, como buen argentino, el elemento esencial para comprender de mejor manera los problemas de la filosofía del derecho. 

En general, hay una preocupación por producir una narrativa persuasiva que ilustre, ofrezca ejemplos y, en última instancia, dote de una dimensión literaria a la escritura académica, en clara correspondencia con la tradición anglófona. En Cómo estudiar y cómo argumentar un caso (1987), pensado para los jóvenes litigantes, se presenta el caso del abogado recién egresado que recibe a su primer cliente, quien “empieza a narrar sus cuitas. Cuenta una historia que a éste le suena heterogénea y confusa; un borbollón de hechos. El destinatario del relato guarda un azorado silencio. Como buen alumno que fue, dispone de un prolijo casillero de instituciones y conceptos jurídicos nítidamente separados. Lo que el cliente le cuenta no entra en ninguno de los casilleros”. Por otro lado, se encuentra la “extraña” consulta realizada al Doctor K —nótese la intertextualidad y la salutación al universo kafkiano— por parte de un grupo de militares, quienes desean saber si tienen atribuciones legales para sustituir al actual gobierno y si pueden realizar reformas constitucionales. En este punto se trata de una ficcionalización de la historia institucional de la Argentina y, en buena medida, de los golpes de Estado y los movimientos “revolucionarios” liderados por cabezas castrenses padecidos en la región. El Doctor K debe asesorar con objetividad y apoyándose en doctrinarios constitucionalistas. Al final, “le resulta intuitivamente chocante dictaminar que no vale la pena que sus nuevos clientes se tomen el trabajo de hacer la revolución porque todo cuanto hagan, aunque triunfen, será irremediablemente nulo”.

Un caso que vale la pena transcribir y analizar por su valor literario, extraído de Notas sobre derecho y lenguaje, es el siguiente:

Supongamos que el Jardín Zoológico de Buenos Aires adquiere de un explorador un curioso espécimen de figura simiesca que durante las primeras semanas de cautiverio se comporta como sus congéneres. Con el transcurso del tiempo el primate va mostrando una admirable capacidad de imitación. La admiración llega al colmo cuando se comprueba que, aunque en forma rudimentaria, ha aprendido a imitar el habla de los empleados que limpian su cubículo. El simio no sólo repite lo que sus cuidadores habitualmente dicen, sino que comienza a armar frases por su cuenta, la mayor parte de ellas incomprensibles o incoherentes, pero otras dotadas de sentido. Claro está que su dicción dista mucho de ser impecable; es una media lengua contaminada de gruñidos, aunque en muchos aspectos se asemeja al habla humana. Su temática es monocorde, pero en lo que le interesa consigue darse a entender. Sus modales siguen siendo zafios; difícilmente sería aceptado como socio por el Círculo de Armas. Con todo, es posible mantener una conversación con él sobre aspectos muy elementales del mundo que lo rodea. Así, por ejemplo, no expresa convicciones políticas, pero suele tener duras palabras de crítica para la comida que se le suministra.

Enterado de todas estas sorprendentes novedades el explorador que vendió el simio pide la nulidad de la venta, alegando que lo vendido no fue una cosa sino un ejemplar de hombre primitivo. Al mismo tiempo, y sobre la base de consideraciones similares, un abogado de esta capital, que se ha hecho merecidamente famoso por su activa defensa de los derechos humanos, interpone un habeas corpus en favor del extraño cautivo. 

El fragmento anterior se podría enmarcar sin problemas dentro de la tradición de la ciencia ficción, explorando las dicotomías humano-animal o natural-artificial, a través de situaciones inusuales que incitan a la reflexión sobre la identidad, la naturaleza humana y los límites de la civilización. El relato plantea la paradójica historia de un simio que, mediante un proceso de imitación, empieza a desarrollar características que lo acercan peligrosamente a la humanidad. La progresiva adquisición de capacidad lingüística introduce un conflicto profundo que se articula en torno de la categoría de “lo humano”. En realidad, la premisa del relato es una reflexión clásica en la ciencia ficción, pues cuestiona las fronteras entre diferentes formas de vida y sus implicaciones éticas.

Estilísticamente, Carrió utiliza un tono irónico y algo despectivo al describir al simio con frases clasistas como “difícilmente sería aceptado como socio por el Círculo de Armas” o “sus modales siguen siendo zafios”. Esta situación ofrece un aire de humor negro a la narración, mientras que al mismo tiempo señala las tensiones entre civilización y barbarie, un tema que, cómo se sabe, ha sido trabajado ampliamente en la cultura argentina con la obra de Sarmiento. A pesar de ello, el narrador no deja de mostrar un atisbo de simpatía por el sujeto cautivo, especialmente cuando se menciona que “consigue darse a entender” y se comunica sobre “aspectos muy elementales del mundo que lo rodea”. A través de estos juicios, lo humaniza parcialmente. La ambigüedad en la caracterización del simio refleja una de las preocupaciones centrales de la ciencia ficción: el interrogante sobre qué elementos definen a la humanidad, donde el lenguaje y la conciencia de sí mismo son fundamentales para abordar estas cuestiones. Finalmente, el giro narrativo ocasionado por la intervención del abogado y el reclamo del explorador plantea una situación que mezcla lo absurdo con lo reflexivo. La idea de que un defensor de los derechos humanos se involucre en el litigio con un habeas corpus en favor del simio-hombre sugiere una crítica a las convenciones culturales de una sociedad tradicional y al formalismo legal que trata de clasificar a los sujetos según categorías rígidas y, a menudo, arbitrarias. También involucra una cultura de los derechos humanos que estaba en disputa durante los regímenes militares del país sudamericano. Existe un conflicto moral que se amplifica, pues el simio, por medio de su capacidad de comunicación y su evolución parcial, trasciende su condición animal, lo que obliga a los personajes —y al lector— a replantearse lo que significa ser humano.

Newsletter

Recibe contenidos e información adicional en tu bandeja de entrada.

Tito Garza y Javier Martín Reyes: En defensa de una educación pública de excelencia

Javier Martín Reyes y Juan Jesús “Tito” Garza Onofre —la dupla que lo mismo publica en reconocidos diarios de circulación nacional que tuitea, escribe...