Ana María Kudisch: liderazgo y retos en el derecho familiar


¿Quién es Ana María? 

Ana Kudisch – Tengo el privilegio de haber estudiado una carrera que me apasiona. Ser abogada es algo que me llena de gozo. Tengo la fortuna de trabajar en lo que estudié, de ser una abogada próspera en el ámbito del derecho de familia. El área me escogió a mí, porque con 66 años de edad, en aquel entonces a las mujeres nadie nos iba a encargar un pagaré de dos millones de dólares, pero sí nos encargaban una pérdida de patria potestad.

De alguna manera, el área de familia me fue encontrando. Es algo que me gusta mucho. Estudié mucha psicología. Soy mamá de dos niños, una niña y un niño; hoy ella es diseñadora gráfica, habla cinco idiomas; él es médico oftalmólogo con una subespecialidad en oculoplástica. Me siento muy orgullosa de ambos, de lo bien que han salido, a pesar de que su mamá ha trabajado toda la vida. Creo que fui mamá de tiempo completo solamente cinco años, porque el litigio y los bebés no se llevan.

El resto del tiempo siempre he trabajado y siempre he hecho muchas cosas muy productivas. Al darme cuenta de que el área de familia era para lo que yo tenía clientela, estudié la maestría en derecho familiar, para no ser una abogada improvisada en la materia. Por esa razón todo mi equipo de trabajo cuenta con una maestría en derecho de familia. Somos un despacho especializado en la materia de familia.

Litigué civil-mercantil durante 15 años de mi vida en un despacho que llevaba esa materia y temas de familia. Aprendí mucho; entre otros temas, a administrar un despacho, lo que hizo que hoy pueda dirigir el mío, y también a la Barra Mexicana, Colegio de Abogados, que, aunque no lo parezca, es un despacho con muchísimos abogados y abogadas muy listos.

Usted cuenta con más de 30 años de experiencia como litigante y mediadora. Desde su perspectiva, ¿cuáles han sido los principales cambios en el derecho familiar en México y qué retos son los más urgentes de atender en la actualidad?

Ana Kudisch – El derecho familiar ha tenido muchísimos cambios, como también los ha tenido la familia. Cuando yo estudié, había causales de divorcio; hoy en día el divorcio es un derecho humano y ya no existen esas causales. Evidentemente, el derecho de familia es mucho más humano y está más dirigido hacia los grupos vulnerables: los niños son considerados sujetos de derecho, por ejemplo; cuando yo estudié no era así, pues quienes ejercían la patria potestad eran los que tomaban todas las decisiones respecto de los niños. La figura del interés superior del menor es algo nuevo con lo que hemos tenido que trabajar.

El derecho de familia ha evolucionado muchísimo, no sólo el divorcio y la guardia y la custodia. Hoy existe la maternidad por subrogación, la transformación sexogenérica y el derecho a la no discriminación y a la inclusión. En la actualidad ya no hay juicios de interdicción como tales, sino que se señala a un grupo familiar para atender a la persona que tiene necesidades especiales.

Para bien, se han tomado en consideración todas las transformaciones sociales que ha habido, haciendo del derecho familiar algo más humano, pero a la vez un derecho muy complicado porque involucra los sentimientos de las personas —en una sociedad muy violenta—, lo que dificulta lograr que las familias negocien y se entiendan.

Los medios alternos de solución de controversias constituyen la justicia del futuro. Debemos tomarlos muy en serio. Con la reforma judicial, los juzgados han colapsado. Si la familia quiere retomar un camino saludable después del divorcio, del fallecimiento de un ser querido, de una transformación sexogenérica, del nacimiento de un niño o una niña a través de un vientre de matriz, tenemos que pensar en los convenios, en las mediaciones y en los medios alternos de solución de controversia que están a nuestro alcance para que sean la familia y los involucrados los que decidan cómo debe funcionar de aquí en adelante y después de las controversias surgidas en el seno del grupo familiar.

Eso es algo que ofrece mi despacho. Podemos negociar, mediar, pelear, hacer todo lo que la familia requiera y que le resulte mejor. Siempre buscamos una solución alterna, alcanzar acuerdos, aunque hay veces en que esto último no es posible —por la postura que tiene la otra parte o por la postura de nuestro propio cliente—. Entonces tenemos que asesorar a la gente, pero al final de cuentas hacemos lo que nos pide la clientela. Esta es la que conoce mejor a sus hijos, a la familia que ha conformado. Y tenemos que hacer caso a lo que han vivido por años y buscar una solución que les acomode. Siempre hay alguien que tiene que ceder, porque al final de cuentas en esta materia, si no se cede, los que siempre pierden son los hijos. Esto es algo que tenemos que tomar en consideración, que no se trata de un acreedor que nos debe dinero y al que no vamos a volver a ver por haberle embargado su coche. Son nuestros hijos a los que vamos a limitar en su pensión, en su educación y en su salud. Además, son las personas a las que queremos más en nuestra vida.

Tenemos una serie de peritos y de personas afines a nosotros con las que hacemos alianzas estratégicas: peritos psicólogos, psiquiátricos, toxicológicos y de todo tipo para ofrecer un servicio mejor; desde evaluar el domicilio conyugal, hasta realizar una valoración emocional de los hijos, de cómo perciben a su mamá, de cómo perciben a su papá; qué hacer mejor, qué otra cosa es posible instrumentar cómo mejorar la situación de la familia y de qué manera hacer que pasen un trago amargo.

Las personas que atendemos vienen en el peor momento de su vida y, en ese estado, no suelen ser su mejor compañía ni los mejores asesores de sí mismos. Les tenemos paciencia y nos apoyamos en expertos que los ayudan a tomar las decisiones más asertivas y más congruentes para su futuro, alejándolos de un pasado que no los ayuda. Valoramos lo que pasará y lo que será lo mejor para la familia que representamos.

Su firma se distingue por priorizar la protección de niñas, niños y personas en situación de vulnerabilidad. ¿Qué papel juega el abogado familiar en la estabilidad social y en la prevención de daños irreversibles en el seno familiar?

Ana Kudisch – Hoy los abogados debemos ser socialmente responsables, no importa desde qué trinchera estemos trabajando; tenemos un deber de servicio con nuestra comunidad. No importa dónde estemos: siempre nos hallamos cerca del dolor humano. Desde luego, no es lo mismo nuestro trabajo que el de un notario, que ve a la persona contenta porque vendió su casa o porque compró una casa o porque heredó algo. Nosotros trabajamos con las personas que tienen una pérdida en su proyecto de vida o que están tomando decisiones complicadas, como la ausencia de un ser querido, la actualización sexogenérica, el duelo de una maternidad por subrogación.

Lo anterior implica tener sensibilidad social y de servicio; por lo mismo, no es sano que un verdadero abogado de familia busque la manera de alejar a los hijos de sus padres, o que los padres no proporcionen dinero a las madres y se abra un abismo todavía más grande entre ellos. Tenemos que buscar la manera de conciliar, de ver cómo se puede seguir apoyando a esta familia a pesar de lo que haya sucedido en su seno. No obstante, no todos los abogados de familia tienen esta misma visión. Hay abogados de familia que recomiendan lo opuesto: no dar dinero, no pagar la colegiatura, no cumplir con la pensión alimenticia que fijó el juez, entre otras cosas que hacen que la familia se resquebraje aún más y el dolor se haga mayor.

Es un avance del siglo XXI que uno ya no está obligado a permanecer en una mala relación, pero sí a pedir ayuda emocional y asesoría para saber cómo afrontar una situación de pérdida de proyecto de vida y saber cuáles son los mejores beneficios para los hijos y cómo llevar una separación de la mejor manera. La gente se divorcia y tiene un desastre en su vida, pero no va a terapia porque considera que al hacerlo acepta que está loca, aunque no sea así.

Hoy los avances de la ciencia para poder tener un hijo a través de la renta de un vientre también permiten que se pueda acudir con un psiquiatra, con un psicólogo, con alguna persona que brinde asesoría familiar sobre cómo tratar a los hijos y a la ex pareja. Pero las personas no acuden a este tipo de asesorías emocionales, como sí lo hacen con un abogado. Nosotros, como profesionales del derecho, tenemos que asesorar a nuestros clientes para que acudan con personas más experimentadas en temas emocionales para atender a sus hijos y a ellas mismas.

Usted ha sido nombrada perito en derecho familiar mexicano en México y en Canadá, además de gran experiencia en restitución internacional de niños, niñas y adolescentes. ¿Qué tan preparado está el sistema jurídico mexicano para enfrentar litigios familiares en el ámbito internacional?

Ana Kudisch – Hay una pobre preparación por parte de los juzgadores en este tema, empezando porque muy pocos hablan idiomas y no se pueden comunicar con las partes a las que tienen que juzgar. Desde luego tenemos jueces que hablan inglés, pero son 10 los que están señalados como jueces internacionales. Tener 10 jueces internacionales para una población de 130 millones de habitantes en todo México —más los que puedan provenir del exterior— es muy poquito, no por una cuestión de preparación, sino de desbordamiento de trabajo y de insuficiencia de personal. La falta de presupuesto impide que los juzgados puedan atender el gran cúmulo de expedientes que se tienen en una restitución internacional, donde todo debería tratarse en 60 días. No hay forma de que el juzgado pueda acordar promociones y ordenar la publicación de los acuerdos a tiempo, lo cual hace que la justicia sea muy lenta y que las restituciones y los asuntos internacionales se atrasen. Y esto también pasa en otros países, no sólo en México.

La familia se ha descompuesto. En la actualidad las personas no tienen el compromiso de mantener un matrimonio que tenían antes. Se benefician de la cultura del siglo xxi, como unirse y luego separarse —sin carga valorativa—, pero no se benefician de los mecanismos que ofrece este siglo, como la mediación o la asesoría familiar para tratar de dirimir sus controversias de otra forma. Aunado a ello, hay problemas económicos que las familias están teniendo por la falta de trabajo de alguna de las partes, o porque las mujeres no están trabajando y únicamente dependen de un proveedor económico, proveedor que no tiene sólo una familia, sino dos o tres, y no le alcanza para mantener a sus familias. Eso hace que la gente busque pelearse y vengarse a través del sistema judicial. Por eso éste está colapsado.

¿Qué significa para usted encabezar una firma conformada principalmente por mujeres y cómo ha influido ese liderazgo en la forma de ejercer el derecho?

Ana Kudisch – Me siento muy orgullosa de las abogadas que colaboran conmigo. Sandra Pérez Palma, Jocelyn Cortés y Cristina Bernabé son abogadas de primer nivel. Tienen maestría en derecho familiar y llevan 18 años trabajando conmigo. Me llena de orgullo haberlas entrenado en el ejercicio de la abogacía en materia de familia. Su lealtad para mí es muy importante y esto hace que mi firma tenga la operatividad que requiere para que nuestros clientes se sientan mejor atendidos. Cada una de ellas cuenta con un equipo de trabajo integrado por abogadas júniors y pasantes. Los clientes saben que no solamente están siendo atendidos por mí, sino también por ellas, que operan el día a día. 

Somos puras mujeres porque a los hombres no les gusta el derecho de familia. A los hombres les gusta ganar dinero, cobrar pagarés de dos millones de dólares y no estar con la lágrima de la pérdida de patria potestad, cobrar pensiones alimenticias caídas, reclamar el nivel de vida que una familia ha tenido. Son juicios muy elaborados, de mucho trabajo. Tenemos que narrar la historia de la vida de las personas para que el juez pueda tener una visión clara acerca de cómo es la familia que va a juzgar. No es lo mismo que una demanda mercantil de un pagaré que tiene el 1 por ciento de interés de dos hojitas y enseguida tienes un embargo precautorio y puedes sacar tu juicio adelante. 

No es que no haya querido tener varones en mi firma; de hecho, muchos han trabajado para mí, pero todos acaban por irse al área civil, mercantil, corporativa o penal, porque ahí es donde se gana buen dinero.

Hoy usted es la presidenta de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados, una de las instituciones más influyentes de América Latina. ¿Cuál debe ser el papel de las barras de abogados frente a los retos del país, como el acceso a la justicia, el fortalecimiento institucional y la protección de los derechos humanos?

Ana Kudisch – Las barras de abogados estamos, en primer lugar, para aglutinar a la abogacía mexicana que quiera pertenecer a ellas. Al no haber una colegiación obligatoria, se hace voluntariamente. Formar parte de este colegio de abogados, que tengo el honor de presidir, hace toda la diferencia de que, una como abogada, tendrá educación jurídica continua, comprometida con su profesión, y acudirá a todas las sesiones de estudio y ejercicio profesional. Nosotros tenemos 40 comisiones de diferentes materias y sesionamos una vez al mes. Nuestros capítulos ya son 28. Tenemos una representatividad de la barra mexicana en casi toda la República mexicana. Los capítulos replican nuestra educación jurídica continua y, además, tienen conexión vía Zoom a todas las sesiones que organizamos a nivel nacional, es decir, a nuestras 40 comisiones. Asimismo, tenemos un código de ética profesional. Si no lo seguimos, hay una junta de honor que sanciona a los abogados.

Tenemos la obligación, a través de la Fundación Barra Mexicana, de prestar trabajo pro bono, que es el servicio social que cualquier abogacía tiene obligación de proporcionar a grupos en situación de vulnerabilidad y a las personas que más lo necesitan. Para poder presidir este colegio, para ser consejeros o coordinadores, necesitamos certificarnos. Y el trabajo pro bono es un requisito para conseguirlo.

Para tener la certificación necesitamos tomar cursos, por lo menos una vez al año, de ética, de igualdad, de género y de inclusión, y realizar trabajo pro bono. Es un compromiso que uno voluntariamente adquiere para ser un mejor abogado, para dar un mejor servicio a nuestros clientes y para cumplir con un código de ética.

Esta roseta que llevamos todos es el símbolo de que reunimos tres compromisos con nuestro colegio: seguir un código de ética, hacer trabajo pro bono y tener una educación jurídica continua. Esto es lo que nos distingue como barristas y lo que distingue a todos los colegios.

Después de muchos años de haber trabajado para mi colegio estoy convencida de que pertenecer a la Barra Mexicana, Colegio de Abogados, es la mejor opción. Somos un colegio con 9,000 agremiados, con presencia en toda la República mexicana. Todos los que estamos en la cúpula directiva de esta institución trabajamos con mucho entusiasmo. Hacerlo nos llena de júbilo.

Yo quisiera atraer a toda la abogacía mexicana a mi colegio y mostrarles lo orgullosa que una puede sentirse de pertenecer a un colegio que tiene 104 años de prestigio.

Soy la segunda mujer presidenta de esta barra. Es algo que me enaltece porque parte de mi compromiso es atraer a más mujeres a este colegio y que se sepa que los hombres y las mujeres trabajamos juntos y nos apoyamos mutuamente. Atraer a más mujeres al colegio y lograr que vengan otras muchas más detrás de mí —porque las mujeres llegamos para quedarnos— es parte de mi compromiso y de lo que la Barra Mexicana, Colegio de Abogados, está mostrando hacia fuera. Hoy tenemos a muchísimas mujeres presidentas de capítulo. En nuestro congreso nacional que se celebrará en Monterrey tomará protesta Abril, quien será la presidenta del capítulo Nuevo León.

Nuestro colegio tiene un reglamento de igualdad, de uso ético de la inteligencia artificial, de ética profesional y del sigilo profesional que debemos tener todos los abogados. Somos un colegio que está a la vanguardia y que propicia la diversidad de pensamientos y la apertura al diálogo y al debate respetuoso.

Tenemos dos actos emblemáticos al año: la Comida de la Amistad (mayo) y el Premio Nacional de Jurisprudencia (diciembre). El año pasado el licenciado José Luis Nassar fue nuestro abogado condecorado.

En el marco del Día Internacional de la Mujer, ¿qué mensaje les daría a las jóvenes abogadas que buscan abrirse camino en un ámbito históricamente competitivo? ¿Qué cree que aún falta transformar en la profesión jurídica para que el liderazgo femenino sea reconocido con plena justicia y sin obstáculos invisibles?

Ana Kudisch – Las mujeres hemos evolucionado muchísimo. Imagínate que empecé a trabajar a los 20 años en un despacho con puros varones. Hoy, las mujeres tenemos una posición privilegiada pues hemos sido visibilizadas de una forma muy importante. En la actualidad también existen nuevas masculinidades. Los varones ya no entienden la vida sin el compañerismo y la parte que las mujeres aportamos en el trabajo y en las empresas. A las mujeres se nos está reconociendo mucho más hoy por nuestro trabajo y por nuestro liderazgo que por el solo hecho de arrastrar el lápiz. Todas hemos logrado posicionarnos en una muy buena forma y tenemos que reconocer que este posicionamiento se debe a que los hombres también lo han reconocido al colaborar con nosotras en el trabajo.

Las mujeres jóvenes tienen la gran ventaja de que las mujeres como yo les hemos abierto el camino y de ese modo están en una posición de muchísima mayor ventaja. Lo que tienen que hacer es seguir exigiendo lo que hemos logrado, no perder lo que hemos obtenido y seguir dando impulso a la igualdad, pero sin llevar el péndulo al otro lado. Esto es, no queremos movernos hacia un feminismo a ultranza —eso ya pasó—, ni debemos abusar de las leyes que nos benefician, con falsas acusaciones que pueden dañar la vida de un hombre para siempre. Eso es algo que no debemos permitir; es algo que no nos enaltece; es algo que lastima mucho los derechos que hemos obtenido hasta ahora. Hoy hay muchas mujeres que tienen la oportunidad de acceder a una vida libre de violencia, pero también hay muchas mujeres que están abusando de esa circunstancia. Y eso nos perjudica, porque no se trata de utilizar todas estas reformas y todas estas leyes que se han dictado en beneficio de las mujeres más vulnerables para obtener una venganza personal hacia algún varón por la razón que sea.

Tenemos que ser cuidadosas acerca de cómo utilizamos los derechos para conservarlos, para que cada vez que acusemos a alguien se nos crea por ser verdaderas, no falsas, porque de lo contrario también las autoridades no creerán en lo que las mujeres tengamos que decir. Hay que ser agradecidas y auténticas y aceptar con mucha responsabilidad los derechos que hemos adquirido hasta ahora para poder conservarlos con la mayor credibilidad y con la mayor dignidad que corresponde a mujeres que trabajamos y que estamos en igualdad de condiciones tanto en el ámbito laboral como en el ámbito familiar.

Las mujeres jóvenes ya no van a permitir que sus maridos no cambien pañales, no vayan al súper, no las suplan en una junta y no se queden a cuidar a los niños mientras ellas tienen que ir a trabajar. Las nuevas masculinidades y las nuevas mujeres van a tener un dinamismo familiar también distinto y eso va a ser en beneficio de los hijos, que no sólo son responsabilidad de la mujer. Las jóvenes tienen que conservar todo lo que hemos adquirido y seguir logrando lo que haga falta, de una mejor manera, con honestidad, sin mentir ni perjudicar a otras personas, para generar una verdadera igualdad entre los hombres y las mujeres.

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