Fernando Serrano Migallón: justicia y lenguaje


¿Cuál es la importancia de que haya abogados en la Academia Mexicana de la Lengua? 

Fernando Serrano – Tendríamos primero que hacer un poco de historia de la Facultad, de los abogados en México y de la Academia Mexicana de la Lengua en México. Mire usted, la Universidad [Nacional] se creó en 1551 como Real Universidad de México y la primera clase fue de Derecho. Durante el siglo XIX hubo tres grandes escuelas nacionales: la de Medicina, la de Derecho y la de Minería (que era ingeniería); a finales de la época de Porfirio Díaz se creó la Escuela Nacional Preparatoria con Gabino Barreda, y después la Escuela de Altos Estudios que incluía ciencias, filosofía y letras. Así se fundó la Universidad Nacional de México en 1910.

La Academia surgió hace 150 años; la gran mayoría de sus integrantes fueron abogados, desde el final del siglo XIX hasta prácticamente el primer tercio del siglo XX. Salvador Novo, que no se recibió de derecho, tiene una frase en sus memorias, en unos escritos, donde afirma “yo estudié los ineludibles dos años de Derecho”; o sea, la carrera de Derecho era el eje de quienes se dedicaban a las humanidades. Posteriormente lo fueron también filosofía y letras, y todo esto se fue ampliando. La idea de la Academia es que todas las profesiones, todas las artes y todas las inquietudes intelectuales estén representadas. Escritores, lingüistas, abogados, científicos, médicos… Pero a lo largo de la historia, el peso intelectual profesional han sido los licenciados en derecho.

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Actualmente hay cuatro abogados en la Academia Mexicana de la Lengua. ¿Qué están haciendo por la lengua desde ahí?

Fernando Serrano – Una de  las múltiples cualidades del Derecho, se la pide a un abogado yo sólo voy a hablar bien del derecho es que hay pocas profesiones en el mundo, en la actividad intelectual, que ofrezcan una grama tan amplia de posibilidades de desarrollo personal. Si uno estudia Derecho, se puede dedicar a la academia, a la investigación, a la diplomacia, a la administración pública, a la política, al periodismo, a todo. Entonces, los abogados que hay en la academia, no todos somos litigantes o hemos sido litigantes, muchos hemos practicado el derecho desde otras facetas del ejercicio profesional y hay otros que nunca se han dedicado al derecho y no se consideran abogados, aunque también creo que no hay ninguna carrera que dé una estructura humanista más seria, con un mayor criterio para determinar el juicio que el derecho. Yo creo que no hay una rama de la… Esta revista es para abogados, entonces espero que los que no sean abogados no la vean. No hay ninguna carrera que dé una estructura mental que analice la sociedad como el derecho. Ni la sociología, ni la política, ni nada. El derecho tiene una estructura de funcionamiento desde el origen de la norma jurídica hasta su desarrollo que explica perfectamente el funcionamiento de la sociedad. Y en eso, bueno, tenemos eminentes abogados de profesión que no han litigado, como puede ser con Jesús Silva-Herzog. Podemos tener a quienes han sido fundamentalmente poetas, en este caso como Jorge, y otros que se han dedicado solamente a la escritura y al análisis científico o político de la sociedad, pero que sí tienen el título de licenciado en Derecho.

Sabemos que desde la Academia Mexicana de la Lengua, los abogados están trabajando por aclarar el lenguaje jurídico. ¿Nos puede platicar al respecto?

Fernando Serrano – Este es un tema muy interesante. Miren ustedes, el lenguaje surge cuando el Pithecanthropus erectus tiene conciencia de que está en la Tierra y tiene necesidad de comunicarse con su pareja y la sociedad; el lenguaje tiene esa finalidad esencial. Esa primera pareja va cambiando de una sociedad nómada a una sedentaria, de la cazadora y recolectora a la del cultivo. La necesidad de comunicarse se va enriqueciendo y ampliando, y con ello la finalidad de transmitir se va enriqueciendo. 

Entonces, el lenguaje deja de ser solamente un medio de comunicación, y se vuelve mucho más que eso. Con ello surgen otras necesidades por parte de determinados grupos, por la diversidad de actividades que realizan, de expresarse de maneras particulares que los demás no entienden; así surge el argot, el caló de ciertos grupos mafiosos, o con características religiosas específicas, que emplean términos para que los demás no los entiendan.  Esto va complicando el lenguaje, y deja de tener esa finalidad exclusiva de transmitir conocimiento, ahora ya también sentimientos, ideas y pasiones. Esto hace que con esta evolución el lenguaje se haya ido enriqueciendo notablemente, pero también haya perdido nitidez en la expresión; pensemos, por ejemplo, en la interpretación de una radiografía de un médico, parece que nos habla en marciano, con términos inexplicables, lo mismo pasa con los abogados.

Lo que hay que fortalecer es la finalidad primera de comunicar, hay que clarificar el lenguaje del mensaje, hacerlo preciso, para que se sepa bien qué se quiere decir, a quién se quiere decir, por qué se quiere decir y para qué fin. Para eso hay que desbrozar el derecho. Hay dificultades específicas y otras finalidades del lenguaje. Una dificultad específica, por ejemplo, que ha surgido en los últimos tiempos, es el lenguaje inclusivo, que ni aclara, ni precisa, ni enriquece, ni da belleza a lo que se quiere. En materia poética, por el contrario, hay una serie de frases crípticas de belleza inusual –que solo pone de manifiesto lo que es la lengua castellana–, con una riqueza verdaderamente descomunal y que no tiene como finalidad transmitir una idea en sí, sino la belleza; tenemos muchísimos ejemplos de poetas mexicanos y extranjeros que se han expresado en castellano: López Vedarde y “los veneros del petróleo el diablo”, una figura poética hermosísima, pero que no es clara; García Lorca y su “verde que te quiero verde”, un mensaje críptico, verdaderamente inexplicable –cuando a él le preguntan qué quiso decir con eso, respondió “yo quise decir eso y mucho más”; Machado y sus versos «En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día / ya no siento el corazón». Estos son ejemplos de lenguaje que no es claro pero que sí representa una emoción y una belleza verdaderamente notables. 

¿Cómo se vinculan la justicia y el lenguaje? 

Fernando Serrano – Está usted tocando uno de los problemas más graves de la filosofía del derecho. ¿Qué es la justicia? Nunca se ha logrado definir, porque desde las definiciones romanas, “dar a cada quien lo suyo”, ¿qué es lo suyo y quién es cada quien? Tratar igual a los iguales y tratar desigual a los desiguales. Lo que sí es verdad, y esto pasa en todos los términos absolutos, belleza, justicia, bondad, es que todos los seres humanos, en todos los rincones del mundo y en todas las épocas, tienen un sentimiento innato para buscar lo bello, lo justo, para buscar lo adecuado, y para rechazar los contrarios. Entonces, partiendo que no hay un concepto de justicia, lo que sí hay es una tendencia a buscarla. Y como tendencia a buscarla, en cada lugar y en cada momento se tiene que usar eficiente y corrientemente el lenguaje.

Hay una frase muy común que circula por todo el mundo: “una imagen vale más que mil palabras”. Sin conceder, vamos a pensar que es verdad. Eso usted no lo puede decir con imágenes, lo tiene que decir con palabras. Entonces, el lenguaje hablado o escrito es mucho más preciso,es mucho más claro, mucho más conciso que cualquier imagen que podamos hacer para comunicar mensajes. La justicia, como todo lo demás –una novela, un verso– tiene que ser evidentemente a través de un lenguaje y para eso necesitamos un lenguaje claro, preciso y lo más conciso posible. 

¿Cómo puede un abogado acercarse a trabajar con un lenguaje más claro en el mundo jurídico? 

Fernando Serrano – Es su principal obligación. Y en dos sentidos. Primero, en el origen, en su relación con el cliente. ¿Qué es lo que necesita el cliente? ¿Por qué se acude a un abogado? ¿Qué problema jurídico tiene? Los legisladores que, por desgracia, cada vez hablan peor y son menos claros en la expresión, hacen textos verdaderamente ininteligibles. Segundo, tenemos un origen diverso de normas; entre otros, los tratados internacionales, bilaterales y multilaterales con grupos de países, y una gran cantidad de normas que se convierten en derecho interno, que a la larga hacen un bosque en el que el particular no puede acceder; el abogado es el que le tiene que decir a los particulares qué es, saber qué es lo que quieren y hacia dónde tiene que ir, y una vez que lo concibe y lo entiende, tiene que enfocarse en que los derechos o las pretensiones de los particular sean defendidas coherentemente, jurídicamente y con un lenguaje claro frente a quienes tienen que decidir.

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