Durante siglos, hacernos amigas fue una acción vigilada y sospechosa: una desobediencia. El mundo siempre nos ha querido separadas, competitivas y hostiles entre nosotras, pero al final siempre terminamos buscándonos unas a otras. En lo personal, he sido extremadamente afortunada de tener amigas. Para muchos será un acto simple, los hombres siempre han sido amigos entre sí, pero hay algo que vuelve el acto de ser amigas en extremo trascendental, distinto y disruptivo, precisamente porque a lo largo de la historia no se nos ha permitido.
Jill Johnston fue una feminista separatista angloestadounidense que acuñó el término “lesbiana política” por primera vez, definiéndola como aquella mujer que no necesariamente se relacionaba de manera sexoafectiva con otra mujer, pero que no tenía relaciones sexuales con hombres. No obstante, este concepto hoy se reconoce como cargado de connotaciones bifóbicas y transfóbicas. Su célebre frase: “todas las mujeres son lesbianas, excepto las que aún no lo saben”, puede resultar muy controvertida hoy en día; sin embargo, contiene un matiz pertinente. A mi parecer, ser amigas entre nosotras no es tan sólo un acto político, sino algo más visceral: entre mujeres siempre habrá una amistad erótica que no necesariamente se refiere a lo sexual, sino a la combinación de cultura-intelectualidad-sexualidad que, por ende, es experiencial. Es fácil identificarnos entre nosotras, es fácil entendernos porque hay algo natural, histórico y social que nos une. Imagino este erotismo amistoso como una figura casi enigmática y poco estudiada, pues estoy convencida de que jamás podríamos experimentarlo en una relación heterosexual, donde las condiciones no son horizontales. Recientemente, dentro del aula, con un grupo conformado sólo por mujeres, discutimos si era posible construir vínculos afectivos que no recayeran en dinámicas de poder violentas. Es muy probable que no, pues las dinámicas de poder siempre están presentes, pero sí podemos debilitarlas amándonos entre nosotras y siendo políticamente conscientes de todo lo que eso implica.
Según Ana Lau Jaiven, en el libro Conceptos clave en los estudios de género. Volumen 1,1 durante la Segunda Guerra Mundial las mujeres se apropiaron, por supervivencia, del espacio público mientras sus maridos estaban en combate, lo que les dio la oportunidad de conocerse en un entorno que no las supervigilaba y que les permitía desarrollarse con mayor libertad. Al acabar la guerra, los hombres se reapropiaron de ese espacio y las relegaron al ámbito privado, a sus hogares, de manera forzosa, para que disfrutaran las nuevas tecnologías que la catástrofe había dejado y, obviamente, para que se dedicaran el cuidado de los hijos. En el segundo capítulo de El patriarcado del salario,2 Silvia Federici señala que en los tomos de El capital3 de Marx no existe una mención clara acerca del trabajo de las mujeres ni de cómo éste sostiene a la sociedad de manera decisiva pero sistemáticamente invisibilizada. Casi un siglo después de la publicación de esa obra, numerosas feministas, incluida Federici, trataron de acercarse a su trabajo en busca de respuestas a la opresión mediante la lucha de clases; no encontraron mucho, en particular en los volúmenes mencionados. En El capital se naturalizaba el trabajo doméstico; además, tanto el racismo como el género son tratados como problemáticas “culturales”, que presumiblemente desaparecerían bajo el orden comunista. En definitiva, la teoría completa de Marx ha impulsado de manera brutal el feminismo socialista; sin embargo, la omisión de las mujeres en su obra no fue casual, sino estructural e intencional. Esto resulta relevante para este escrito, pues las mujeres hemos constituido un componente fundamental en el funcionamiento del espacio público. Fuimos y somos el eje en el que recae gira el peso del sistema capitalista-patriarcal, sosteniéndolo incluso desde lugares en los que históricamente se nos ha negado el reconocimiento. Las mujeres que se atrevían a salir al espacio público y reconocerse entre sí, desde la década de 1840 hasta los años cincuenta del siglo xx, no están muy alejadas entre sí. En la primera etapa, las fábricas y la explotación laboral representaban, paradójicamente, una forma de libertad para las mujeres; en la segunda, éstas no eran consideradas sujetos políticos capaces de integrarse a los espacios institucionalizados de pensamiento. De hecho, Marx acuñó el término “lumpemproletariado” para referirse a aquellos sujetos o sectores sin valor político para la Revolución, uno de los cuales era el sector de las trabajadoras sexuales, quienes ejercen el trabajo más antiguo que conoce el ser humano y es el protagonista de la historia de las mujeres.
Mi lectura de Irene Fridman ha sido una base importante para la elaboración de este escrito. En el libro de Psicoanálisis y género, de Irene Meler,4 Fridman reflexiona acerca de cómo las relaciones erótico-amorosas que establecemos con los hombres también configuran dinámicas de poder que requieren ser examinadas. Describe a la mujer como “ser para otros” y a los hombres como “ser para sí”, una situación en la que a final de cuentas las mujeres son explotadas de manera afectiva para sostener emocionalmente a los hombres. Las mujeres cuidamos a los varones para que ellos estén bien con su entorno, en su trabajo y con el Estado, pero ¿quién nos cuida a nosotras?
En un seminario de posgrado sobre psicoanálisis y género, impartido por la Universidad Nacional Autónoma de México, que cursé hace poco tiempo, fue presentado este libro. Tras un breve diálogo con una de las ponentes, concluí que es posible reflexionar sobre una extravagante vía alterna para interpretar lo señalado antes. Así que imaginé un “ser para otras”. Desde mi punto de vista, las mujeres de nuestras comunidades, con las que convivimos y maquinamos cotidianamente, nos han cuidado y acompañado: han sido para nosotras y nosotras para ellas. Entre nosotras somos capaces de entender las injusticias que nos suceden y comprender cómo se siente cuando te atraviesan el cuerpo.
María Galindo, en su libro Feminismo bastardo,5 describe varias veces nuestras amistades como insólitas. Por supuesto que nos querían separadas, porque evidentemente éramos más vulnerables frente a un ente supremo con el monopolio de la violencia que nos amenazaba y una sociedad misógina como su principal cómplice. En el momento en que empezamos a tejer los hilos rojos que nos unían este ente estatal-patriarcal, que parecía invencible, entró en crisis. Un claro ejemplo son las précieuses.6 Aunque eran burguesas y aristócratas francesas, hubo algo en su modo de organizarse y de expresarse que resulta muy relevante: mientras se reunían para hablar de sus pensamientos a través de la literatura —un campo que aún hoy sigue dominado casi por completo por los hombres— reivindicaban sus vínculos personales y buscaban pensarse a sí mismas a través de un lenguaje poético y refinado que socialmente no se consideraba “apropiado” para mujeres. En 1695 Molière estrenó la obra de teatro Les Précieuses ridicules (Las preciosas ridículas),7 inspirada en las précieuses, donde las protagonistas son retratadas como pretenciosas y estúpidas por querer ser cultas y por pretender tener acceso a la vida intelectual y cultural, convirtiendo un deseo legítimo de estas mujeres en un objeto de burla pública. Esta obra, que en la actualidad sigue siendo aclamada en todo el mundo, reafirma que los hombres detentan la autoridad sobre “el gusto”, la razón y la cultura y borra por completo la verdadera historia de las précieuses: mujeres que querían decidir su pensar. Ciertamente, los hombres entraron en pánico al descubrir que las mujeres podíamos construir relaciones íntimas entre nosotras, porque sabían que cuando nos uniéramos seríamos inquebrantables y peligrosas; sabían que reconoceríamos el sabotaje violento al que nos tienen sometidas y empezaríamos a romper las cadenas.
Me gustaría retomar el concepto de la autonomía en esta discusión. Es fundamental contar con la libertad de elegir con quién relacionarnos pues la amistad no puede imponerse. La sororidad ha sido sobreutilizada y empleada de manera equívoca por los feminismos blancos para fabricar una idea ficticia de “igualdad entre mujeres”. Desde mi perspectiva, la sororidad debe ser selectiva, puesto que ni siquiera entre mujeres somos iguales. Existen mujeres en el Norte Global que nos explotan, nos oprimen y nos domestican; mujeres que, en muchos casos, son directamente nuestras agresoras. Nosotras somos del Sur Global, latinoamericanas y periféricas. Es imposible que podamos identificarnos con aquéllas, porque ni siquiera compartimos el mismo sujeto político de “mujer”. Es urgente que el feminismo abandone la idea de que es la “madre” de todos los movimientos —es decir, que deje de blanquearse— y comience a reconocer nuestras diferencias, para distinguirnos, y cuando lo logremos, ser capaces de discrepar con las otras. El feminismo será con perspectiva de clase y de raza, o simplemente no será. Confrontar estas dos vertientes es una cuestión polémica, pero igualmente necesaria. Asumo que no todas las mujeres son mis hermanas, ni yo soy hermana de otras mujeres, y eso, precisamente, es autonomía. La sororidad no es sinónimo de amistad universal entre mujeres (tampoco necesitamos ser amigas para querernos vivas).
La amistad entre mujeres es la que nos ha permitido descubrir que podemos crear vínculos estrechos más allá de nuestros hogares; nos ayuda a trazar límites con nuestras parejas y con nuestras familias y nos acompaña a instituir lazos desde un lugar completamente distinto. Galindo habla de la emancipación frente a una representación distorsionada de la familia, esa figura consanguínea impuesta que, con frecuencia, nos discrimina y nos relega. Ella propone empezar a buscar a nuestras verdaderas familias en las personas que nos cobijan, nos cuidan y nos aman. Considero que el acto de hermanarnos con mujeres es un gesto de curación. Nos permite sanar las violencias que atraviesan las relaciones patriarcales-heterosexuales-binarias y nos proporciona la posibilidad de establecer vínculos no sólo amorosos sino también amistosos y significativos. Las mujeres no podemos seguir creyendo en la ilusión de que la única manera legítima de recibir amor es mediante una unión sexoafectiva con un hombre; también podemos recibirlo de nuestras compañeras. La amistad entre mujeres es, cabalmente, el lugar en el que una reaprende el amor y el afecto. Nos desprendemos del delirio colectivo del amor romántico y somos capaces, por primera vez, de sostener sin sacrificar. Descubrimos que somos algo más que “la novia de…”, “la hermana de…”, “la mamá de…” o “la hija de…” Somos, tan sólo y finalmente, nosotras mismas.
Para finalizar, hoy en día el tema de género está presente en la agenda pública de la mayoría de los países. Fenómenos como el feminicidio, las violaciones sexuales o la violencia política de género están siendo atendidos con urgencia, pero surge una pregunta ineludible: ¿dónde quedan las dinámicas patriarcales arraigadas que se originan en los afectos que sostienen estos problemas? ¿Por qué no se Abordan? Yo me desenvuelvo en el seno del gremio del derecho y de los derechos humanos y soy una crítica severa de esos contextos. El derecho no contempla la epistemología de las emociones ni de los sentires; incluso los ridiculiza. Pero los abogados no advierten que allí reside, precisamente, la raíz de las carencias estructurales de su disciplina. Las emociones son formas legítimas de conocimiento y constituyen el modo más puro de comprender el origen de las problemáticas sociales. Nos hacen falta teorías del amor, de las amistades y de la ternura para poder tener herramientas políticas sólidas y realmente efectivas. Incluso, dentro del feminismo se ha filtrado cierta centralización de los hombres: aunque ellos son, sin duda, nuestros opresores directos, tendemos a olvidar a las mujeres que nos acompañan en los círculos en los que nombramos estas violencias; olvidamos que somos nosotras quienes sostenemos estas conversaciones, que son nuestros cuerpos los que reciben el gas lacrimógeno en las marchas y son nuestras amigas quienes nos ponen leche en los ojos. Para mí, la desobediencia de tener amigas implica traición al Estado patriarcal. Mis amigas y yo somos impostoras dentro de un sistema violento que nos quiere calladas o muertas. Con ellas confabulo y pienso distinto; me pienso a mí misma y las pienso a ellas. Politizamos nuestro amor y nuestro intelecto. Somos mujeres un poco más libres cuando nos hacemos amigas.
Fuentes
Bonavitta, Paola, “Cartografía feminista: una apuesta desde la epistemología de las emociones”, Entre Diversidades, vol. 21, 2024, pp. 1-18, en https://doi.org/10.31644/ED.IEI.V21.2024.E02.
Federici, Silvia, El patriarcado del salario: críticas feministas al marxismo, Madrid, Traficantes de Sueños, 2018.
Fridman, Irene, “Entre la autonomía y la soledad”, en Irene Meler et al. (eds.), Psicoanálisis y género: escritos sobre el amor, el trabajo, la sexualidad y la violencia, Buenos Aires, Paidós, 2017.
Galindo, María, Feminismo bastardo, México, Mantis/Canal Press, 2022.Jaiven, Ana Lau, “Feminismos”, en Hortensia Moreno y Eva Alcántara (coords.), Conceptos clave en los estudios de género. Volumen 1, México, Centro de Investigaciones y Estudios de Género-UNAM.
Notas:- Ana Lau Jaiven, “Feminismos”, en Hortensia Moreno y Eva Alcántara (coords.), Conceptos clave en los estudios de género. Volumen 1, México, Centro de Investigaciones y Estudios de Género-UNAM, p. 171.[↩]
- Silvia Federici, El patriarcado del salario: críticas feministas al marxismo, Madrid, Traficantes de Sueños, 2018, pp. 27-45.[↩]
- Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política, vol. 1, México, Fondo de Cultura Económica, 2014.[↩]
- Irene Fridman, “Entre la autonomía y la soledad”, en Irene Meler et al. (eds.), Psicoanálisis y género: escritos sobre el amor, el trabajo, la sexualidad y la violencia, Buenos Aires, Paidós, 2017.[↩]
- María Galindo, Feminismo bastardo, México, Mantis/Canal Press, 2022.[↩]
- Las précieuses fueron mujeres de la aristocracia y la burguesía francesa del siglo XVII que impulsaron salones literarios y formas de sociabilidad femenina, buscando refinamiento y autonomía intelectual.[↩]
- Molière, Las preciosas ridículas, trad y adaptación de Carlos Bolaños, Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000, en https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/las-preciosas-ridiculas–0/html/ff326ae4-82b1-11df-acc7-002185ce6064_1.htm. Consultado el 26 de noviembre de 2025.[↩]




