Los albañiles y los motivos del crimen

Jaime Vázquez observa en Los albañiles (Jorge Fons, 1976) un mundo donde la violencia surge sin testigos visibles y la culpa se diluye entre prejuicios y silencios.


Don Jesús es el velador en un conjunto de edificios en una unidad habitacional en construcción en Xochimilco. Una noche, en uno de los departamentos en obra, don Jesús es atacado brutalmente. Miramos la expresión de pánico del velador, pero no a su agresor. Somos testigos de la violencia con la que le propinan la golpiza. Él no grita. En silencio cae sobre el piso de cemento, entre las paredes desnudas, en la oscuridad de la noche del crimen. 

En ese pequeño mundo urbano, con personajes arquetípicos, realidades contrastantes, en medio de la pobreza, el machismo, los rencores y los abusos, la policía entra en acción para esclarecer el asesinato.

El crimen es el hilo conductor de Los albañiles, película dirigida por Jorge Fons, basada en la novela homónima de Vicente Leñero.

Con esta obra Leñero obtuvo en 1963 el Premio Biblioteca Breve promovido por la editorial Seix Barral. Ignacio Retes dirigió en 1969 la puesta en escena, con un guión adaptado al teatro por el propio Leñero.

En 1976 Jorge Fons filma su versión de la obra, premiada con el Oso de Plata en el Festival Internacional de Cine de Berlín.

Fons había explorado el mundo de la pobreza y del barrio: un pleito de niños termina en una tragedia de adultos en el espléndido episodio de Caridad, en Fe, esperanza y caridad.

En Los albañiles el cineasta regresa al universo de los personajes marginados planteado por Leñero en la literatura. Vuelve para explorar no sólo los resortes que impulsaron un asesinato, sino también para construir un fresco que pinta un tiempo y una identidad urbana. Es el mundo de los trabajadores de la construcción, con su celebración del Día de la Santa Cruz, la cara sonriente y burlona de la fiesta frente al gesto de la explotación y la feroz lucha diaria por el sustento, la trágica condena de los desamparados, las grietas en el corazón y el alma con las que cada personaje vive todos los días.

Ese mundo desigual se dibuja en la actuación de la policía y en la impartición de justicia. El asesinato de don Jesús (Ignacio López Tarso) lleva a los trabajadores de la obra en construcción al banquillo de los interrogatorios, en los separos, en la delegación. 

Todos parecen tener motivos para cometer el crimen: Chapo Álvarez, el jefe de los albañiles (Salvador Sánchez), amante de la esposa de don Jesús (la gran Katy Jurado); el Patotas, uno de los trabajadores (Adalberto Martínez Resortes); el joven Isidro (José Luis Zuvire), porque el velador abusó de su novia; Sergio, el plomero y frustrado seminarista (Salvador Garcini); Jacinto, otro albañil, que lleva en la conciencia la muerte de un hijo (José Carlos Ruiz), o el Nene Federico (José Alonso), hijo del dueño y empresario de la obra, que roba materiales de construcción en complicidad con don Jesús y el Chapo Álvarez para venderlos por su cuenta.  

Los albañiles tienen sus historias, pero la policía tiene sus métodos. La tortura es parte de la rutina para obtener la confesión de los pobres. La muy particular justicia de los investigadores selecciona el método, los tiempos, las preguntas y el dolor aplicado al castigo.

¿Quién mató a don Jesús? La ley se lo pregunta en voz de los agentes policiacos. Cada personaje tiene su razón y su coartada. ¿Quién asesinó al viejo velador, en ese microcosmos social en el que la pobreza parece matar lenta y eficazmente a los personajes?

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