Raúl Arroyo: la empatía no puede estar alejada del lenguaje


Me parece muy importante que se visibilice, a través de la revista, esta presencia de la abogacía en una institución tan importante para la ciencia y la cultura mexicanas como es la Academia Mexicana de la Lengua, sobre todo en ocasión de estos 150 años que cumple. Los lectores se preguntarán cuál es el motivo de que la abogacía tenga un sitio en el seno de la Academia. Quizá de momento no se entienda cuál es la relación entre la lengua y el ejercicio del derecho. Y esto nos da la oportunidad de hacer esa precisión, porque en estos 150 años de la Academia la abogacía ha tenido una presencia muy importante a través de personajes del mundo del conocimiento jurídico que han dejado una huella importante. Y pues esto parte de un hecho que es el uso del lenguaje precisamente para el trabajo de la abogacía.

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¿Cómo está compuesta la Academia?

Raúl Arroyo – La percepción general es que en la Academia sólo hay personas vinculadas al lenguaje; es decir, escritores, poetas, dramaturgos, lexicógrafos, literatos. Pero no es así. La Academia tiene un universo mucho más amplio en su composición: hay hombres y mujeres que se han destacado en cada una de las áreas del conocimiento a las que se dedican; por ejemplo, se encuentran tanto un notable músico como una destacada geógrafa; hay lexicógrafos, médicos y abogados también. El seno de la Academia está integrado por esa diversidad del conocimiento. Esto es lo que marca la diferencia respecto de otras corporaciones, donde solamente se admiten personas que atienden o se desempeñan en la disciplina específica que da motivo a la conformación de esas agrupaciones. Este detalle es muy importante porque la riqueza que genera el conocimiento permite observar que, siendo la lengua el medio de comunicación fundamental de los seres humanos, tiene que ver con todas las disciplinas del conocimiento.

¿Cuántos abogados hay actualmente en la Academia Mexicana de la Lengua? 

Raúl Arroyo – Son cinco. Cuatro de ellos tienen la condición de miembros de número: don Fernando Serrano Migallón, don Diego Valades, don Jesús Silva Herzog y don Jorge Ruiz Dueñas. Hay un correspondiente, categoría pensada para quienes representan las entidades federativas de la República. Somos cinco abogados. Cabe decir, y esto es importante, que hasta este momento todavía no hay una mujer en la Academia que tenga esa disciplina profesional del derecho. 

¿Qué busca la Academia Mexicana de la Lengua para las abogacías? 

Raúl Arroyo – Hoy, al arribar a estos 150 años, tiene una perspectiva muy interesante: la utilización del lenguaje claro y accesible. Éste es un proyecto al que se ha sumado la Academia Mexicana de la Lengua, que proviene de la asociación de Academias de la Lengua de Iberoamérica (la española con todas las del continente americano, incluida la de Estados Unidos). ¿Cuál es la perspectiva? Hacer ver que el lenguaje claro y accesible no es solamente un tema de comunicación, sino que va mucho más allá: su importancia fundamental es que es un derecho, el derecho a comprender, que tenemos todas y todos los gobernados, lo que la autoridad nos está diciendo. Por ejemplo, yo tengo, tú tienes, todos tenemos, necesidad de comprender una sentencia que haya emitido un tribunal; también tenemos el derecho de comprender qué dijo la municipalidad acerca de una disposición para la vida en la demarcación; tenemos derecho a entender una convocatoria del gobierno para participar en algo; tenemos derecho a entender qué quiere decir la ley que emitió el Poder Legislativo; tenemos derecho a entender lo que nos está vendiendo una compañía de seguros; tenemos derecho a entender aquello a lo que nos está obligando una institución de educación a la que vamos a inscribir a nuestras hijas y a nuestros hijos. En ese sentido, éste es uno de los proyectos que hoy están ocupando más en las líneas de trabajo de todas las Academias de la Lengua de América y de España. 

En esa tesitura, habiendo abordado algunas líneas que necesitan un trabajo profundo, ¿a qué se ha enfrentado la Academia, cuáles son los retos que ha tenido que superar o que está por superar? 

Raúl Arroyo – Hay dos tipos de retos que hoy tiene la Academia. El primero es tener mayor presencia, no solamente en la Ciudad de México, sino en el país, como un espacio de difusión y de investigación de la cultura, fundamentalmente de todo lo que se refiere al lenguaje.

De eso deriva un reto muy interesante: adaptarse a una época en la que la tecnología está avanzando de manera impresionante. Si nos descuidamos, lo que aprendimos ayer lo tenemos rebasado mañana. Y esa es una de las condiciones que hoy tiene que asumir la Academia para que su trabajo sea acorde al desarrollo social; de otra manera, correrá el riesgo de quedar absolutamente rebasada y de que la sociedad pierda el interés en lo que hace, porque además su trabajo resultaría inútil. En ese sentido, la Academia va caminando, emparejándose con rutas innovadoras a las que la obligan la ciencia, la política, la economía, la vida social, las relaciones internacionales y los fenómenos climáticos.

Hay que acceder a todos los lenguajes que hoy se manejan en el mundo del dinero, de los negocios, de la ciencia y de la cultura, y aportar desde la ideología científica (no la política). Ese reto es importantísimo, porque es la manera de conectar a la Academia con la sociedad, sobre todo con la gente más joven, que debe preservar la calidad del lenguaje y trabajar para expresarse, de tal suerte que quienes escuchan el mensaje entiendan de qué se habla, y que  se haga con calidad, actualidad, con términos que todos podamos entender.

También tiene que hacer estudios acerca de estas formas de comunicación, de cómo el lenguaje influye de una u otra manera en los cambios sociales y en el entendimiento de los grupos sociales. Todo esto es lo que puede trabajar y trabaja la Academia.

El otro reto es subsistir, porque la Academia recibe un subsidio oficial que siempre resulta insuficiente para todas las posibilidades que hay; tiene que generar recursos propios. Y esto lo hace a través del desarrollo de su trabajo, la elaboración de diccionarios, la emisión de opiniones técnicas, la crítica de documentos que llegan a presentarse para que los califique o dé su opinión. En fin, esto es un desafío porque las y los académicos no perciben ningún salario, pero sí hay que sostener un aparato administrativo mínimo que permita el desarrollo de su trabajo, de su difusión y de las relaciones que lleva a cabo. 

¿Qué le espera a la Academia Mexicana de la Lengua en el futuro? 

Raúl Arroyo – Yo deseo que el futuro de la Academia sea promisorio. Voy a ser más enfático en lo que, como abogado, veo hacia su interior: que se concentre en la Academia la posibilidad de desarrollar el lenguaje claro y accesible para llegar a que se entienda, se acepte y se regule; pues esto es lo más importante, que se regule la fórmula para hacer real y accesible el derecho que todas y todos tenemos a comprender.

En el momento en que la sociedad en su conjunto comprenda mejor el mensaje gubernamental, el mensaje científico, el mensaje empresarial, el mensaje comercial, habrá mayor posibilidad de que tengamos una convivencia menos complicada y más armónica.

Al final, este derecho debe concretarse en las leyes; tiene que aceptarse, reconocerse y después regularse. Esto no es sencillo, porque no estamos en esa órbita del lenguaje claro, aunque no es nada nuevo.

Dentro de un par de meses habrá en Perú el Congreso Anual de la Lengua Española, una de cuyas mesas principales abordará este tema.

Mi perspectiva personal sobr la Academia es que siga siendo un receptorio de conocimiento multidisciplinario, difusora de ese conocimiento, y que una de las líneas principales que desarrolle en los próximos años sea el lenguaje claro para concretar y extender el respeto del derecho que tenemos todas y todos a comprender.

¿La sociedad se encuentra preparada para asumir la responsabilidad de preservar la calidad del lenguaje?

Raúl Arroyo – Hay muchas ocasiones en las que desdeñamos la capacidad de la sociedad. Pensamos que hay temas que no están ahí, que a la sociedad no le interesa una serie de cosas que suceden en torno de ella. Muchas veces nos equivocamos. Sí hay una sociedad que además no puede ser homogénea, pero sí hay segmentos grandes de esa sociedad que se interesan en temas como el que estamos hablando. Lo importante es encontrar las vías de acceso, identificar esos nichos de oportunidad, para que este conocimiento se vaya expandiendo. 

Una de las líneas de esta Red Panhispánica de Lenguaje Claro y Accesible, que es el proyecto que te platico que se ha creado en la Asociación de Academias de la Lengua, va en ese sentido: llegar a instituciones públicas, gubernamentales, educativas, jurisdiccionales, a las asociaciones de carácter privado, a las empresas, a las instituciones científicas y a la educación privada. Si es así, esta red se va a ir alimentando. Ese es el mecanismo para que vayamos llegando a todos los sectores de la población. Y te puedo asegurar, porque lo vemos cuando recibimos las adhesiones a la red, que sí hay interés, que sí hay una necesidad de construir un lenguaje —no quiero decir que sea el único— que tenga mínimos que a todas y a todos nos sirvan. 

Sucede lo mismo que ha pasado, por ejemplo, con la aceptación del lenguaje incluyente. No a toda la gente le gusta que nos refiramos a mujeres y a varones, no a todos ni a todas les gusta que estemos segmentando el lenguaje, y llega a ser cansado. Pero también para esto hay formas, hay conocimiento. Por eso la Academia Mexicana de la Lengua ha dicho que ni rechaza ni acepta el uso del lenguaje incluyente, sino que éste se tiene que ir generando justamente conforme la sociedad lo va aceptando y lo va moviendo y lo va utilizando.

Como abogado debo decir que tengo un interés especial en que esto permee fundamentalmente en el ámbito jurídico. Las y los abogados tenemos una muy añeja costumbre de hablar de manera que nadie nos entienda y lo logramos con una gran facilidad. Esto es un proceso que va cambiando por muchas razones. Primero, porque tenemos que aceptar, y lo hemos aceptado ya en muchos sectores de la abogacía, que no nos damos a entender, y eso no se queda en la nada. Hoy hay un reclamo tanto del cliente en el despacho que va a solicitar nuestros servicios, como del justiciable que quiere entender lo que el juez le está diciendo. Esa necesidad nos está llevando, en muchos casos obligadamente, a este ambiente del lenguaje claro. Frente a ese reclamo tiene que haber una actitud y un compromiso de la abogacía: que ya no hablemos abogañol, sino que hablemos como habla la gran mayoría de la gente, sin que esto quiera decir que vulgaricemos el lenguaje, pero sí que no lo hagamos inentendible: no hablar con la gente del ius puniendi, la norma pacta sunt servanda, cónyuge supérstite, de cujus… Eso que parece trivial tenemos que modificarlo. La empatía no puede estar alejada del lenguaje, no podemos comunicarnos de otra manera. Tenemos que despojar un poco a la abogacía de esas ínfulas de sabiduría al momento de hablar. Debemos que generar empatía entre el emisor y el receptor del lenguaje jurídico. 

¿Cómo pueden las abogacías involucrarse en el estudio de la lengua?

Raúl Arroyo – No me atrevería a dar consejos, pero sí me permito hacer una petición a mis colegas: acérquense al lenguaje claro y accesible, pero no solamente para aprenderlo o para desarrollarlo, sino también para aportar a su construcción. Tenemos que aceptar cuáles son los términos de los que debemos irnos alejando, pero también debemos ver cómo los vamos a sustituir, de tal forma que no nos alejemos del sentido de la norma y la transmitamos de manera entendible.

La abogacía tiene ese compromiso social. Y, desde luego, lo tengo que subrayar: eso no quiere decir que trivialicemos el lenguaje que usamos; al contrario, tenemos que seguir usando un lenguaje de calidad, porque estamos hablando de normas jurídicas. Hombre, si los chefs hablan y se comunican hasta con elegancia, pero de manera entendible cuando transmiten sus recetas, bueno, pues yo no veo la diferencia entre una comunicación entre un chef y un comensal y un abogado y un justiciable o un cliente. Lo tenemos que hacer con calidad y para eso tenemos que esmerarnos y bajar el nivel de nuestro ego hasta que entendamos que nos van a  apreciar más en la medida en que nos entiendan todo.

Si logramos ver la diversidad de nuestros auditorios, en nuestra interlocución, bueno, vamos a convencernos cada vez más de que es bueno, útil e importante. Va a llegar el momento en que va a ser imprescindible que hagamos más fluida la comunicación con un lenguaje claro, de calidad, que no se aleje de lo técnico, pero que sea accesible, comprensible y que no genere —porque este es el otro extremo— una barrera infranqueable entre la abogacía y la sociedad en general.

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