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Francisco Fernández Cueto

Francisco Fernández Cueto

Francisco Fernández Cueto | Foto: David F. Uriegas©

Reflexiones sobre el oficio del notario público

En abril de 2021 Francisco Fernández Cueto se retiró del ejercicio profesional, renunciando a la titularidad de la notaría 16 de la Ciudad de México, actividad a la que dedicó más de medio siglo. Durante ese tiempo pudo atestiguar numerosos cambios culturales y sociales, así como el desarrollo de adelantos tecnológicos que indudablemente tuvieron un gran impacto en la función notarial. De estos cambios, de sus aprendizajes y experiencias, y de lo que hoy se debe esperar de un notario, nos habla en esta entrevista.


Me gustaría comenzar preguntándole sobre la vida de la persona detrás del notario. ¿Cómo decidió que quería dedicarse al derecho?

Francisco Fernández Cueto – Influyó mucho en mí el ejemplo de mi padre, que fue un próspero y muy reconocido abogado. Esa influencia, pero sobre todo los principios éticos que él me inculcó, me ayudaron en el desempeño del notariado. Lo veía trabajar, escuchaba las pláticas que sostenía sobre su práctica profesional con sus amigos abogados y por eso opté por seguir la misma carrera que él.

Así fue como en 1962 ingresé a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México y, gracias al buen número de amigos que ahí conocí y que me brindaron su apoyo, colaboración y amistad (entre quienes siempre destacaron Carlos de Pablo Serna, Tomás Lozano Molina y Fernando Ysita del Hoyo), y a los grupos que se formaron con decenas conocidos (hoy muy cercanos y queridos amigos), me convencí de no haberme equivocado al escoger la carrera de derecho para mi ejercicio profesional.

¿Qué maestros le inspiraron la decisión de dedicarse al derecho civil?

Francisco Fernández Cueto – Primero tuve el gusto de haber cursado el primer año de derecho civil con aquel gran hombre que fue Néstor de Buen Lozano, inolvidable, dotado de un envidiable don de exposición de su materia. Nos invitaba a reaccionar y a meditar sobre sus enseñanzas, inculcando en nosotros el amor al derecho civil.

Durante dos años Guillermo Floris Margadant nos condujo a través del derecho romano, llenándonos de comentarios y anécdotas inolvidables. Fue un maestro excepcional.

Pero sobre cualquiera otros de mis profesores destacó la presencia de mi gran maestro, guía, consejero y después amigo inolvidable y colega notario Manuel Borja Martínez, de quien me sentí privilegiado por haberme tratado de una manera muy especial cuando yo era estudiante. Además de haber dirigido mi tesis profesional, me llamó para colaborar con él como encargado de lo que llamó el Laboratorio de Contratos de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México en la cual, poco después, me designó como su profesor suplente en el curso de primer año de Contratos.

Nadie que haya conocido al maestro Borja Martínez me dejará mentir cuando afirmo que estuvo dotado de una mente clara muy especial, de una envidiable capacidad de juicio y de síntesis, de habilidad de explicación de cualquier tema jurídico y de un trato amable (aunque a veces un tanto sarcástico, lo que lo hacía más humano, pero menos asequible a terceros).

¿Con quién se formó en el Notariado?

Francisco Fernández Cueto – Mis primeros “pininos” los llevé a cabo cuando estudiaba el segundo año de la carrera, “trabajando” (si así se le puede llamar a cotejar escrituras para sobrevivir) con don Carlos Ramírez Zetina, entonces titular de la Notaría 132 de esta ciudad.

Posteriormente, en mayo de 1967, una vez recibido como licenciado en derecho, colaboré con don Humberto Hassey Cadena, titular de la Notaría 105 de esta ciudad, donde me recibió siempre con los brazos abiertos, hasta la fecha de presentación de mi examen de oposición, el 14 de febrero de 1970.

Después de recibir mi título profesional, decidí ingresar al notariado. Alrededor de esta figura profesional se movían grandes personajes, magníficos abogados cuyo ejemplo a seguir quise imitar: profesionales del derecho dedicados a la labor notarial y dotados de una capacidad intelectual envidiable y de una personalidad y una sencillez profesional excepcionales; entre otros, principalmente Francisco Lozano Noriega, Mario Monroy Estrada, Graciano Contreras, Eugenio Ibarrola Santoyo, Alberto Pacheco Escobedo, Javier Prieto Aguilera, Carlos Prieto Aceves, Juan Manuel García de Quevedo (padre e hijo), Fernando y Javier Arce, Joaquín Oseguera Iturbide, Francisco Villalón Igartúa, etcétera. ¡Grandes hombres, grandes notarios!

¿Cuáles han sido sus mayores logros en el notariado?

Francisco Fernández Cueto – En mi desempeño como titular de la Notaría 16 de esta capital destaca el hecho de que, siendo presidente del Colegio de Notarios don Joaquín Oseguera Iturbide, recibí la patente de notario a los tres meses de haber cumplido 26 años de edad. Así, me convertí en el más joven de los notarios de entonces —por escasos cinco meses, pues inmediatamente después ingresaron como notarios mis colegas y grandes amigos Ignacio Soto Borja y de Anda y Tomás Lozano Molina, quienes obtuvieron sus respectivas patentes a los 25 años—.

Después de los dos primeros años tuvieron lugar mis participaciones en los consejos del colegio presididos, respectivamente, por Francisco Villalón Igartúa, Alejandro Soberón Alonso, Manuel Borja Martínez, Carlos Prieto Aceves y Mario Pérez Salinas. A Carlos Prieto me tocó seguirlo, honrosamente, en la presidencia durante 1986 y 1987.

El gran beneficio que obtuve al haber sido invitado a participar en todos esos consejos fue que me di cuenta de la importante labor social que un notario debe desempeñar pues, éticamente hablando, él se debe a la sociedad —en su concepto más amplio— en la que se desarrolla y vive y para la cual debe trabajar.

En su trayectoria destaca la función que ejerció como presidente del Colegio de Notarios del Distrito Federal. ¿Qué desafíos enfrentó?

Francisco Fernández Cueto – Mi primer desafío lo tuve cuando el Colegio de Notarios puso sobre mis hombros la responsabilidad de su dirección. Yo tenía apenas 42 años de edad; era muy joven y recaía en mí una gran responsabilidad.

Mi primer reto y obligación fue hacer frente al problema social derivado de la ausencia de vivienda que se presentó en el Distrito Federal derivada del sismo del 19 de septiembre de 1985, entre cuyos tristes efectos destacó el hecho de que miles de personas, en un solo día, tuvieron el estatus de damnificados por haber perdido sus viviendas. En un solo día.

Entonces, bajo la regencia de Ramón Aguirre Velázquez, Manuel Aguilera Gómez —quien años después sería regente de la ciudad—, junto con su director general jurídico, Fernando Serrano Migallón, en conjunto con el Colegio de Notarios y demás autoridades del gobierno de la ciudad, logramos poner en marcha lo que se denominó “Programa de Renovación Habitacional Popular”, el cual benefició a miles de familias a quienes dotó de los medios necesarios para formar un patrimonio al acceder a una vivienda y contar con un título de propiedad válido y auténtico sobre ella.

El apoyo, la actitud, el trabajo y la entrega del notariado de esta ciudad a ese programa fue maravilloso. Logramos una gran unidad que motivó que las relaciones notariado-gobierno recuperaran e incrementaran el nivel de colaboración que por una causa desafortunada se había deteriorado, y que el respeto de nuestros gobernantes hacia el notariado se incrementase y se reconociera su labor todavía más aún.

Otro mérito del Consejo que me correspondió presidir fue el hecho de haber creado, por primera vez en la historia del notariado de nuestra ciudad, la Guía del aspirante al notariado que, como su nombre lo indica, pretendía servir de base al estudiante (aspirante) con el fin de que se preparara para el siempre temido examen de oposición. Desafortunadamente, dada la gran dificultad que suponía mantenerla actualizada, año con año, la guía se dejó de lado algunos años después y quedó en el olvido.

Por cierto, debo agregar que en ese bienio el Consejo que me honraba presidir concibió la idea de tener un símbolo externo que nos identificase social, pública y físicamente a los notarios. Así nació nuestra “roseta” que, con los colores verde (símbolo de la esperanza) y azul (representativo de la fe), quiso dar forma objetiva a la esperanza que nuestra sociedad tiene depositada en la fe notarial que, por ley, es delegada al notario.

¿Cuál es su visión del notariado?

Francisco Fernández Cueto – Percibo un notariado que ha venido cambiando con el paso de los años, como es de esperarse, pero que desafortunadamente está dejando a un lado la responsabilidad que tiene frente a la sociedad de conservar, mantener y mejorar el bienestar social como meta de la profesión. Ya lo señalé antes: el notario debe pensar primero en el bien común y, después, en su bienestar particular (que, aunque es algo normal, en sí es algo efímero).

Si el notariado ignora cuál es esa meta, la profesión tarde o temprano sufrirá grandes embates al grado de que podría llegar a desaparecer o, por lo menos, sufrir cambios radicales durante las siguiente generaciones.

¿Qué cambios destacaría en el notariado a lo largo de su práctica profesional?

Francisco Fernández Cueto – La tecnología moderna es uno de nuestros peores enemigos. El avance de las comunicaciones y de la cibernética es tan rápido y tan variado que ha logrado un desarrollo que hace 10, 20, 30 años no se consideraba en absoluto. Quiéralo o no, el actual notario depende de la cibernética, por lo que si un notario trabaja hoy en día sin un sistema de computación (que cada vez es más complejo), su labor se volverá mucho muy difícil, casi imposible.

Ya se escuchan voces, actitudes y estudios que abogan por la desaparición del notariado, al que se ha llegado a considerar, inclusive, innecesario. El blockchain, por ejemplo, es un arma muy peligrosa para la supervivencia del notariado, pues su fuerza tiende a excluirlo tarde o temprano.

Forzosamente, el notario debe darse cuenta de esa circunstancia y actualizarse, modernizándose y adelántandose al cambio. Podré ser tachado de fatalista, pero de otra manera no veo cómo podrá subsistir el notariado sin esa actualización de todas las actividades del quehacer humano, sean del derecho o no.

¿Cómo se ha modificado su práctica profesional con estos cambios?

Francisco Fernández Cueto – Tomando en cuenta que la tecnología actúa con un certero y severo embate contra mi profesión, decidí —pensando en mi clientela y en la inminente disminución de mi futura capacidad mental (consecuencia de mi progresiva mayor edad)— que había llegado el momento de optar por el retiro voluntario. Y aquí se me presentó lo que es a todas luces evidente: vivimos una época en la que se legisla no sólo mediante nuevos ordenamientos legales, sino por medio de decretos, circulares y resoluciones de autoridades que son emitidos y puestos en marcha día a día y que, sin lugar a dudas, exigen mentes brillantes que puedan absorberlos, recordarlos y aplicarlos consuetudinariamente.

Nuestas vidas y nuestra actuación notarial se ven afectadas inmisericordemente (y créame que no exagero), y los errores y las omisiones se pueden presentar sin que el notario se dé cuenta. Y las sanciones que se aplican no sólo recaen sobre la conducta de la persona, sino también sobre su patrimonio, y son múltiples, tremendas en muchos casos, y deben ser tomadas con mucha seriedad.

¿Cómo logró combinar su práctica profesional con su vida familiar? ¿Sus hijos siguieron sus pasos?

Francisco Fernández Cueto – Gracias a Dios, siempre traté, y seguramente lo logré, que mi práctica profesional nunca interviniese con mi familia. Mi esposa, mis hijos y mis nietos me pueden desmentir, pero siempre aprendí (gracias a Sandra, mi esposa) a respetar los horarios y los tiempos familiares y a separarlos de los concernientes a mi trabajo. Siempre hemos convivido en paz y en concordia somos felices.

Tengo cinco hijos, de los cuales son licenciados el mayor (Francisco) y el menor (Santiago). Ambos prefirieron tomar otros caminos dentro del derecho, pero ninguno optó por el notariado. Respeté, respeto y siempre respetaré su decisión, lo mismo que la de mis otros hijos: Alejandra, Javier y Diego.

Un padre siempre podrá influir en una decisión que deban tomar sus hijos, pero jamás deberá imponer su criterio o su voluntad sobre ellos. A los hijos les debemos el respeto que ellos nos deben como padres.

¿Qué retos representa esta nueva etapa de su vida?

Francisco Fernández Cueto – Gracias a Dios, mi esposa y mi familia entera gozamos de muy buena salud. Quiero aprovechar ese hecho para disfrutar mis tiempos, a mi esposa, a mis amigos, a mis hijos y a mis nietos. En ese orden.

Mi reto consiste en alcanzar esa meta, combinándola con mi trabajo de abogado, al cual me dedico ahora. Me gusta trabajar, al grado de que siempre digo que el trabajo para mí es un hobby. Y viajar, leer, escuchar música y estar con mis amigos también son actividades que deseo conservar y practicar.

¿Qué consejo les daría a las nuevas generaciones de notarios?

Francisco Fernández Cueto – Primero, que estudien. El estudio es esencial para los notarios; si lo dejan, corren el riesgo de anquilosarse y de ser simples fedatarios “a medias”.

Segundo, que consideren siempre la labor social del notariado como una parte esencial de su profesión; que cumplan con la sociedad, que ayuden a los necesitados, que apliquen correctamente el arancel, que no se consideren indispensables.

Tercero, que mantengan la unidad gremial para luchar por la mejoría de la imagen del notario y por el respeto a la profesión que tan demeritada se ha visto en la actualidad, precisamente por notarios que no se han preocupado por defender esa imagen a carta cabal. Y que reflejen, guarden y conserven una imagen profesional correcta, gremialmente sólida y de alto nivel intelectual y competente, haciendo a un lado el boato y la presunción.

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